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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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Aquello me relajó un poco.

– He tenido que tomar prestado un coche -dije-. ¿Me puede facilitar una pegatina temporal? -lo miré de una manera que pudiera leerme las ideas. Mi mirada decía: «No me marees con el rollo de obtener la pegatina, y yo no diré nada sobre tu ausencia del puesto».

– Claro, señorita. ¿Era el apartamento 504?

– Tiene una memoria excelente -dije, y su correosa cara se sonrojó.

– Forma parte de mi trabajo -reconoció con despreocupación, y me extendió un número laminado que pegué en el salpicadero-. Si no le importa, devuélvamelo cuando se marche definitivamente. Si tiene pensado quedarse por más tiempo, tendrá que rellenar el correspondiente formulario y le asignaremos una pegatina. Lo cierto -dijo, un poco avergonzado- es que será el señor Herveaux quien tenga que rellenarlo, pues es él el propietario.

– Claro -dije-. No hay problema -le dediqué un alegre saludo con la mano mientras él iba hacia su cubículo para levantar la barrera.

Accedí al oscuro aparcamiento, envuelta en esa sensación de alivio que llega cuando se sortea un obstáculo importante.

Una vez asumido, no paré de temblar mientras saqué las llaves del contacto. Creí ver la camioneta de Alcide un par de filas más allá, pero aparqué en la parte más profunda del aparcamiento que me fue posible, en el rincón más oscuro, lejos de los demás coches. Hasta aquí llegaban mis planes. No sabía qué hacer a continuación. Lo cierto es que no creí que fuera a llegar tan lejos. Me recosté en el cómodo asiento durante un instante para relajarme y dejar de temblar antes de salir. Había llevado la calefacción al máximo durante la conducción desde la mansión, así que en el interior del coche hacía mucho calor.

Cuando desperté, supe que había dormido durante horas.

El coche estaba frío, y yo más aún, a pesar de la chaqueta acolchada. Salí con rigidez del asiento del conductor, estirándome para aliviar mis entumecidas articulaciones.

Quizá debería comprobar cómo estaba Bill. Seguro que se había movido en el maletero, y tenía que asegurarme de que seguía tapado.

Lo cierto es que sólo quería verle otra vez. El corazón se me aceleró con tan sólo pensarlo. Era una auténtica estúpida.

Comprobé la distancia hasta la débil luz del sol de la entrada; estaba bien lejos. Y había aparcado de modo que el maletero estuviera lejos de esa luz.

Sucumbiendo a la tentación, rodeé el coche hasta ponerme detrás. Giré la llave en la cerradura, la saqué y me la metí en el bolsillo de la chaqueta. Contemplé la tapa mientras se alzaba.

En la oscuridad del aparcamiento me costaba ver bien, y resultaba complicado divisar incluso la llamativa manta amarilla. Bill parecía muy bien escondido. Me incliné un poco más para taparle mejor la cabeza. Apenas tuve un segundo antes de escuchar el arrastrar de unos zapatos sobre el cemento y sentir un potente empujón por la espalda.

Caí en el maletero, encima de Bill.

Otro empujón acabó de meter mis piernas, y el maletero se cerró de un portazo.

Ahora, Bill y yo estábamos encerrados en el maletero del Lincoln.

12

Debbie. Supuse que había sido ella. Tras recuperarme del inicial acceso de pánico, que duró más de lo que estaba dispuesta a admitir, traté de revivir con detalle los últimos segundos. Capté el rastro de un patrón cerebral, lo suficiente para saber que mi agresor era un cambiante. Supuse que fue la ex novia de Alcide, no tan ex, al parecer, pues estaba en su aparcamiento.

¿Habría estado esperando a que volviera a la casa de Alcide desde la noche anterior? O ¿acaso se había encontrado con él durante el frenesí de la luna llena? Debbie se había molestado más de lo que imaginaba por el hecho de que acompañara a Alcide. O lo amaba, o era extremadamente posesiva.

Tampoco es que sus motivaciones me preocupasen demasiado en ese momento. Lo que sí me preocupaba era el aire. Por primera vez, me sentí afortunada por que Bill no respirara.

Reduje mi propio ritmo respiratorio. Nada de bocanadas profundas y llenas de pánico. No podía desperdiciar el aire. Traté de aclararme las ideas. Bien, me metieron en el maletero a eso de, digamos, la una de la tarde. Bill se despertaría a las cinco, cuando empezase a oscurecer. Quizá dormiría un poco más, pues estaba muy agotado, pero no iría más allá de las seis y media, seguro. Cuando despertara, podría sacarnos de ahí a los dos. ¿O no? Se encontraba muy débil. Había sufrido unas heridas terribles que le llevaría un tiempo curar, incluso siendo un vampiro. Tendría que descansar y reponer sangre antes de estar en forma. Y no había tomado ninguna en una semana. Mientras ese pensamiento se abría paso en mi mente, empecé a sentir frío de repente.

Frío por todas partes.

Bill tendría hambre. Mucha, mucha hambre. Estaría frenéticamente famélico.

Y ahí estaba yo. Comida rápida.

¿Sabría quién era yo? ¿Se daría cuenta de que era yo, a tiempo para detenerse?

Me dolía incluso más pensar que tal vez yo ya no le importara tanto como para que siquiera se le ocurriera detenerse. Podría chupar y chupar sin parar, hasta dejarme seca. Después de todo, había tenido una aventura con Lorena. Me había visto matarla, justo delante de sus ojos. Vale que ella lo había traicionado y torturado, y eso debería mitigar su cólera. Pero ¿acaso no son las relaciones un cúmulo de locuras?

Incluso mi abuela habría dicho: «Oh, mierda».

Vale, tenía que mantener la calma. Tenía que respirar leve y lentamente para ahorrar aire. Y tenía que recolocarnos para estar más cómoda. Me alegré de que fuera el maletero más grande que había visto en mi vida; de lo contrario, aquella maniobra habría sido imposible. Bill estaba inerte. Bueno, estaba muerto, por supuesto. Así que lo empujé sin demasiado temor a las consecuencias. En el maletero también hacía frío. Desenrollé a Bill un poco de la manta para compartirla con él.

Estaba oscuro. Me dieron ganas de escribirle una carta al diseñador del coche para dar fe de que el aislamiento contra la luz era perfecto. Si salía de allí con vida, claro. Sentí la forma de las dos botellas de sangre. ¿Estaría Bill satisfecho con eso?

De repente, recordé un artículo que había leído en una revista mientras esperaba en el dentista. Era sobre una mujer a la que habían tomado como rehén y la habían obligado a meterse en el maletero de su propio coche. Desde entonces, había emprendido una campaña para que se incluyeran manillas de apertura en el interior de los maleteros para que los eventuales secuestrados pudieran liberarse por sí mismos. Me pregunté si habría surtido efecto en los fabricantes de los Lincoln. Palpé los extremos del maletero, al menos las partes que podía alcanzar, y lo cierto es que noté el activador de lo que podría haber sido una manilla de apertura; había un punto en el que unos alambres se adherían al maletero, pero la manilla, de haber existido, había desaparecido.

Intenté tirar de ellos, moverlos a la izquierda y a la derecha. Maldición, no era justo. Casi me volví loca metida en ese maletero. La llave de mi libertad estaba ahí, conmigo, pero no era capaz de hacerla funcionar. Paseé las puntas de los dedos sobre el mecanismo una y otra vez, pero no pasaba nada.

Habían inhabilitado el mecanismo.

Traté de imaginarme cómo habría sido posible. Me avergüenza confesar que llegué a pensar que Eric quizá sabría que acabaría encerrada en el maletero, y ésta era su forma de decir: «Esto es lo que te pasa por preferir a Bill». Pero no podía creérmelo. Aunque era evidente que Eric tenía muchas lagunas morales, no creía que fuese capaz de hacerme eso. Después de todo, aún no había logrado su principal objetivo, que era poseerme. Era el mejor consuelo que podía hallar.

Como no tenía nada que hacer aparte de pensar, lo cual no consumía oxígeno extra hasta donde yo sé, medité acerca del anterior propietario del coche. Se me ocurrió que el amigo de Eric le facilitaría un coche fácil de robar, el de alguien que estuviera fuera a altas horas de la noche, alguien que pudiera permitirse un buen coche y cuyo maletero estuviese lleno de papeles de fumar, polvos y bolsitas de hierba.

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