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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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A una hora de Bon Temps, cogimos una salida. Andábamos un poco escasos de gasolina y yo tenía que ir al servicio. Eric ya había empezado a llenar el tanque cuando saqué mi dolorido cuerpo del coche lentamente. Había desestimado mi oferta de ser yo quien echara la gasolina con un educado: «No, gracias». Había otro coche repostando, y la mujer, una rubia oxigenada de aproximadamente mi edad, sujetaba la manguera con la mano mientras yo salía del Lincoln.

A la una de la mañana, la estación de servicio y su tienda estaban prácticamente vacías, aparte de la mujer, que estaba muy maquillada y envuelta en un abrigo acolchado. Miré de soslayo una destartalada camioneta Toyota aparcada junto al surtidor, bajo la única sombra de todo el lugar. Dentro había dos hombres enzarzados en una acalorada discusión.

– Hace mucho frío para estar fuera de casa y en una camioneta -dijo la rubia de las raíces negras mientras pasábamos por las puertas acristaladas a la vez. Se estremeció de manera algo elaborada.

– Y tanto -comenté.

Estaba a medio camino del pasillo lateral de la tienda, cuando el trabajador que se encontraba al otro lado del alto mostrador apartó la mirada de un pequeño televisor que tenía para coger el dinero de la mujer.

Me costó cerrar la puerta del aseo tras de mí, dado que el marco de madera se había abombado debido a alguna fuga de agua pasada. De hecho, probablemente no se cerró del todo, dadas las prisas que tenía. Pero la puerta del cubículo sí se cerró bien, y éste estaba bastante limpio. No me apetecía demasiado volver al coche con el silencioso de Eric, así que me tomé mi tiempo para usar las instalaciones. Me miré al espejo sobre el lavabo esperando ver a alguien con un aspecto horrible. La imagen que vi no me contradijo.

La marca de mordisco de mi cuello tenía una pinta verdaderamente asquerosa, como si me hubiese atacado un perro. Mientras limpiaba la herida con jabón y toallas de papel, me pregunté si el hecho de haber ingerido sangre de vampiro me aportaría una cantidad específica de fuerza y capacidad curativa extra para más tarde agotarse o si sus efectos durarían cierto tiempo, como esos medicamentos de liberación controlada, o qué ocurriría. Tras tomar la sangre de Bill, me sentí genial durante un par de meses.

No contaba con un peine, cepillo ni nada parecido, y tenía el pelo como si un gato lo hubiera tomado con él. Tratar de domarlo con los dedos no hizo sino empeorarlo. Me lavé la cara y el cuello y volví a salir a la tienda. Apenas me di cuenta de que, una vez más, la puerta no se cerró del todo al salir, sino que se posaba silenciosamente contra el hinchado marco. Aparecí por el extremo de un pasillo de comestibles, atestado de bolsas de maíz Corn-Nuts, patatas Lays, galletas de crema Moon Pies, tabaco nasal y de liar…

Y dos atracadores armados frente al mostrador del encargado, junto a la puerta.

«Dios todopoderoso, ¿porqué no les darán a esos pobres dependientes una camiseta con una gran diana dibujada?» Aquél fue mi primer pensamiento, ajeno, como si estuviese viendo una película en la que se estuviera cometiendo un atraco. Luego me di cuenta de dónde me encontraba, ayudada por la cara de espanto del encargado. Era terriblemente joven (un adolescente lleno de acné). Y miraba de frente a los dos atracadores armados. Tenía las manos en alto y estaba como loco. Esperaba que hubiese lloriqueado para que le perdonaran la vida, o que dijese alguna incoherencia, pero el muchacho estaba furioso.

Era la cuarta vez que le atracaban, pude leer en su mente. Y la tercera con armas de fuego. Estaba deseando coger la escopeta que tenía debajo del asiento de su camioneta, que estaba aparcada en la parte de atrás, y reventarles los sesos a esos cabrones.

Nadie se dio cuenta de que yo estaba allí. No parecían saberlo.

Y no me estoy quejando esta vez, ¿eh?

Miré detrás de mí para comprobar que la puerta del aseo se había vuelto a quedar abierta, para que su sonido no me delatara. Lo mejor que podía hacer era salir por la puerta trasera de ese sitio, si era capaz de encontrarla, rodear el edifìcio, llegar hasta Eric y avisar a la policía.

Un momento. Ahora que pensaba en Eric, ¿dónde estaba? ¿Cómo es que no había entrado para pagar la gasolina?

Si era posible tener un presagio más ominoso que el que ya tenía, aquello acabó de arreglarlo. Si Eric no había aparecido todavía, es que no pensaba hacerlo. Quizá había decidido marcharse. Abandonarme.

Aquí.

Sola.

«Igual que te abandonó Bill», añadió mi mente. Pues muchas gracias por la ayuda, Mente.

O quizá le habían disparado. Si le habían dado en la cabeza… Tampoco había curación para un impacto de gran calibre en el corazón.

Aquélla era la típica tienda de paso. Se entra por la puerta delantera y te encuentras con el encargado tras un largo mostrador a la derecha, sobre una plataforma. Las bebidas frías estaban en las cámaras refrigeradoras que ocupaban la pared izquierda. Delante, las tres hileras de lineales que recorrían la longitud de la tienda, además de varias góndolas y podios especiales con tazas apartadas, pastillas de carbón vegetal y alpiste. Yo estaba en el fondo de la tienda y podía ver al encargado (fácilmente) y a los atracadores (sólo un poco) por encima de la mercancía de las estanterías. Tenía que salir de la tienda, inadvertida a ser posible. Más allá, en la misma pared del fondo, atisbé una destartalada puerta de madera sobre la cual había un cartel que ponía «SÓLO EMPLEADOS». De hecho, estaba detrás del mostrador del encargado. Había un espacio entre el final del mostrador y la pared, y entre el final de las estanterías cercanas a mí y el principio del mostrador, podrían verme.

Pero tampoco ganaba nada esperando.

Me eché al suelo y empecé a arrastrarme. Me movía muy despacio para poder escuchar mientras lo hacía.

– ¿Has visto entrar a una rubia más o menos de esta altura? -estaba diciendo el más corpulento de los atracadores y, de repente, me sentí mareada.

¿A qué rubia se referiría, a mí o a la oxigenada? Por supuesto, no pude ver la indicación de la altura que le estaba haciendo. ¿A quién buscaban? Bueno, tal vez yo no fuera la única mujer del mundo que podía meterse en problemas.

– Ha entrado una rubia hace cinco minutos, compró unos cigarrillos -dijo el chico malhumoradamente. ¡Tú sí que sabes, compañero!

– No, ésa se ha ido en su coche. Queremos a la que iba con el vampiro.

Vale, ésa sería yo.

– No he visto a nadie más -dijo el chico. Me incorporé para otear y vi el reflejo de un espejo montado en una esquina. Era uno de esos de seguridad para que el encargado pudiera ver si alguien robaba. «Puede ver que estoy aquí tirada, sabe que estoy aquí», pensé.

Que Dios lo bendiga. Me estaba haciendo un favor. Yo tenía que devolvérselo. De paso, si podíamos evitar recibir un tiro, todo sería perfecto. Pero ¿dónde demonios se había metido Eric?

Dando gracias a Dios por que mis pantalones y mis zapatillas prestadas fuesen tan silenciosos, me arrastré hacia la puerta del cartel. Me pregunté si chirriaría al abrirse. Los dos atracadores seguían hablando con el encargado, pero bloqueé sus voces para centrarme en alcanzar la puerta.

Ya había estado asustada antes, muchas veces, pero ése era uno de los acontecimientos mas aterradores de mi vida. Mi padre solía cazar, igual que Jason, y ya había presenciado una masacre en Dallas. Sabía de lo que eran capaces las balas. Una vez alcanzado el extremo de las estanterías, también había llegado al final de mi cobertura.

Me asomé para mirar el borde del mostrador. Tenía que recorrer algo más de un metro de espacio abierto antes de alcanzar la cobertura parcial que me daría éste, que se extendía ante la caja registradora. Me encontraría por debajo y bien oculta de la perspectiva de los atracadores en cuanto hubiese atravesado ese espacio.

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