El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
Eric le había quitado el Lincoln a un traficante de drogas, estaba dispuesta a apostar por ello. Y ese traficante había inhabilitado el mecanismo de apertura interior del maletero por razones en las que ni siquiera me apetecía pensar detenidamente.
«Oh, dame un respiro», pensé, indignada (en ese momento no era difícil olvidar la cantidad de respiros de los que había dispuesto ese día). A menos que obtuviera un respiro final y pudiese salir del maletero, ninguno de los anteriores habría servido de nada.
Era domingo y no quedaba ya casi nada para Navidad, por lo que el aparcamiento estaba en silencio. Puede que algunos de los inquilinos se hubiesen ido de vacaciones, que los congresistas hubiesen regresado a sus respectivos distritos electorales, y que los demás estuviesen ocupados con… cosas típicas de un domingo próximo a la Navidad. Oí salir un coche mientras yacía ahí, y, al cabo de un tiempo, unas voces; dos personas saliendo del ascensor. Grité y golpeé la tapa del maletero, pero el ruido se lo tragó el arranque de un potente motor. Paré enseguida, temerosa de usar demasiado aire.
Os diré una cosa: permanecer en una oscuridad casi absoluta en un espacio reducido a la espera de que ocurra algo es una experiencia horrible. No tenía reloj. Debería haber tenido uno de esos que se encienden en la oscuridad. En fin. No llegué a dormirme, pero fui derivando hacia un extraño estado de suspensión animada. Supongo que se debía especialmente al frío. Incluso con la chaqueta acolchada y la manta, hacía un frío tremendo en el maletero. Tranquilo, frío, inmóvil, oscuro, silencioso. Se me iba la cabeza.
Entonces me aterré.
Bill empezó a moverse. Se agitaba entre gemidos de dolor. De repente, su cuerpo pareció tensarse. Sabía que me había olido.
– Bill -dije con voz ronca, con los labios tan entumecidos y fríos que apenas podía moverlos-. Bill, soy yo, Sookie. ¿Estás bien? Hay dos botellas de sangre. Bébetelas ahora mismo.
Me mordió. En su hambre, no me tuvo en cuenta y su mordisco me dolió de forma inenarrable.
– Bill, soy yo -dije, empezando a llorar-. Bill, soy yo. No hagas esto, cielo. Bill, soy Sookie. Hay TrueBlood aquí mismo.
Pero no paraba. Seguí hablando mientras él seguía chupando. Empecé a sentir más frío aún, y cada vez estaba más débil. Sus brazos me aferraban contra él. De nada serviría resistirse, sólo conseguiría excitarlo más. Su pierna aprisionaba las mías.
– Bill -susurré, pensando que quizá ya sería demasiado tarde. Con la pizca de fuerza que me quedaba, le pellizqué la oreja con los dedos de la mano derecha-. Bill, escúchame por favor.
– Ay -dijo. Su voz sonaba áspera; tenía la garganta irritada. Había dejado de drenarme. Ahora sentía otra necesidad, una muy cercana a la de alimentarse. Sus manos me bajaron los pantalones y, al cabo de un rato de tantear con las manos, recolocaciones y contorsiones, me penetró sin preparación alguna. Grité, y él me tapó la boca con una mano. Lloraba y sollozaba, y tenía la nariz atascada, lo que me obligaba a respirar por la boca. Me abandonó toda abnegación y empecé a luchar como una gata salvaje. Mordí, arañé y pataleé, olvidándome del aire disponible o de si aquello lo encolerizaría más. Necesitaba respirar.
Al cabo de unos segundos, aflojó la mano. Y dejó de moverse. Di una profunda bocanada. Lloraba profusamente, sollozo tras sollozo.
– ¿Sookie? -dijo Bill con incertidumbre-. ¿Sookie?
No pude responder.
– Eres tú -dijo con voz ronca y extrañada-. Eres tú. ¿De verdad estuviste en la habitación?
Traté de recomponerme, pero me sentía mareada y temía que me fuera a marear en cualquier momento. Finalmente, pude decir en un susurro:
– Bill.
– Eres tú. ¿Estás bien?
– No -dije, casi con aire de disculpa; después de todo, era Bill quien había sido hecho prisionero y torturado.
– ¿Te he…? -hizo una pausa y pareció aunar fuerzas para seguir-. ¿Te he quitado más sangre de la que debía?
No fui capaz de responder. Posé la cabeza sobre su hombro. Estaba demasiado destrozada como para hablar.
– Es como si estuviésemos haciendo el amor en un armario -dijo Bill con voz subyugada-. ¿Te has…, eh, prestado voluntariamente?
Meneé la cabeza de lado a lado, y la volví a dejar sobre su hombro.
– Oh, no -susurró-. Oh, no.
Salió de mí y se removió mucho por segunda vez. Estaba recomponiéndome, y supongo que a sí mismo también. Tocó los alrededores con las manos.
– Un maletero -susurró.
– Necesito aire -dije con una voz tan baja que apenas era audible.
– ¿Por qué no me lo dijiste? -Bill abrió un agujero en el maletero de un puñetazo. Estaba mucho más fuerte. Mejor para él.
Una fría brisa penetró en el espacio y la inhalé profundamente. Maravilloso oxígeno.
– ¿Dónde estamos? -preguntó al cabo de un momento.
– En un aparcamiento -dije sin aliento-. Edificio de apartamentos. Jackson -me encontraba tan débil que lo único que me apetecía era dejarme ir.
– ¿Por qué?
Traté de aunar energía para explicárselo.
– Alcide vive aquí -logré murmurar finalmente.
– ¿Qué Alcide? ¿Qué se supone que debemos hacer ahora?
– Eric… viene. Bébete la sangre embotellada.
– Sookie, ¿estás bien?
No pude responder. De haber podido, quizá hubiera dicho: «Y ¿a ti qué te importa? Me vas a dejar de todos modos», o «Te perdono», aunque eso no parecía lo más probable. Quizá sólo le hubiera dicho que lo echaba de menos y que su secreto seguía a salvo conmigo; fiel hasta la muerte, así era Sookie Stackhouse.
Oí cómo abría una botella.
Mientras me deslizaba en una barca corriente abajo y cada vez más deprisa, me di cuenta de que Bill nunca llegó a revelar mi nombre. Sabía que habían hecho todo lo posible por averiguarlo, para secuestrarme y torturarme delante de él, y así doblegarlo. Y él no se lo había dicho.
El maletero se abrió con un ruido de metal arrancado.
Eric apareció perfilado contra las luces fluorescentes del aparcamiento. Se habían encendido cuando anocheció.
– ¿Qué estáis haciendo los dos ahí dentro? -preguntó.
Pero la corriente me llevó con ella antes de poder responder.
– Creo que está volviendo en sí -observó Eric-. Puede que haya sido suficiente sangre -la cabeza me zumbó un instante y luego volvió el silencio-. Sí que está volviendo en sí -añadió, y mis ojos parpadearon hasta abrirse y contemplar las caras de tres hombres ansiosos sobre mí: Eric, Alcide y Bill. Por alguna razón, ese panorama me incitó a reírme. En casa eran tantos los hombres a los que les daba miedo o no querían saber nada de mí, y aquí estaban los únicos tres hombres del mundo que querían hacer el amor conmigo, o al menos habían pensado en ello seriamente; todos apilados alrededor de la cama. Reí nerviosamente por primera vez en lo que me había parecido un decenio.
– Los tres mosqueteros -dije.
– ¿Tiene alucinaciones? -preguntó Eric.
– Creo que se está riendo de nosotros -explicó Alcide. No parecía disgustarle. Puso una botella vacía de TrueBlood sobre la mesilla que tenía detrás. Había una gran jarra al lado, y también un vaso.
Bill entrelazó sus dedos helados con los míos.
– Sookie -dijo con esa voz baja que siempre me provocaba un escalofrío en la columna. Traté de centrarme en su cara. Estaba sentado sobre la cama, a mi derecha.
Tenía mejor aspecto. Los cortes más profundos se habían reducido a cicatrices en su cara, y las magulladuras se estaban desvaneciendo.
– Me preguntaron si volvería para la crucifixión -le dije.