El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
– ¿Así que los vampiros se pueden hacer fotografías? Quiero decir, ¿aparecen en las fotos?
– Claro. Nunca nos gustó que nos las hicieran cuando la fotografía empezó a extenderse por Estados Unidos, porque una foto era la prueba de que habíamos estado en un sitio concreto en un momento preciso, y si aparecíamos con el mismo aspecto veinte años después, bueno, sería obvio que éramos lo que éramos. Pero desde que hemos admitido nuestra existencia, no tiene ningún sentido aferrarse a las viejas tradiciones.
– Apuesto a que algunos vampiros no estarían de acuerdo con eso.
– Claro. Algunos siguen escondiéndose en las sombras y duermen en criptas todas las noches.
Y eso lo decía un tipo que dormía en el terreno de un cementerio de vez en cuando.
– ¿Te ayudaron otros vampiros con ello?
– Sí -dijo, sorprendido-. Sí, unos pocos me ayudaron. Algunos disfrutaron del ejercicio de memoria… Otros lo usaron como una razón para rastrear a viejos conocidos, recordar viejos lugares. Estoy seguro de que no tengo en la lista a todos los vampiros de Estados Unidos, sobre todo me faltarán los inmigrantes más recientes, pero creo que probablemente cuente con el ochenta por ciento de ellos.
– Vale, entonces, ¿por qué está tan ansiosa la reina por tener ese programa? ¿Por qué iban a quererlo los demás vampiros cuando supieran de él? Ellos mismos podrían reunir toda esa información, ¿no?
– Sí-dijo-. Pero sería mucho más fácil tomarla de mí. Y en cuanto a por qué el programa es tan deseable… ¿No te gustaría a ti tener una lista de todos los telépatas de Estados Unidos?
– Oh, claro-dije-. Me aportaría un montón de pistas sobre cómo lidiar con mi problema, o sobre cómo usarlo mejor.
– Entonces, ¿no sería bueno tener un directorio de todos los vampiros de Estados Unidos, que recoja lo que se les da bien y en qué consisten sus dones?
– Pero es evidente que muchos no querrían figurar en él -dije-. Me has dicho que algunos vampiros no quieren salir a la luz, sino que prefieren permanecer en el secreto.
– Exacto.
– ¿También has incluido a esos vampiros?
Bill asintió.
– ¿Es que quieres que te metan una estaca?
– Jamás pensé lo tentador que sería este programa para otros. Jamás pensé en cuánto poder le otorgaría a su poseedor, hasta que otros intentaron robármelo.
Bill adquirió un aire sombrío.
El ruido de gritos en el otro apartamento atrajo maestra atención.
Alcide y Debbie habían vuelto a las andadas. Eran incompatibles. Pero una mutua atracción hacía que no parasen de volver el uno al otro. Quizá, al margen de Alcide, Debbie fuera una persona agradable.
Qué va, era incapaz de creerme eso. Pero quizá fuese mínimamente tolerable cuando el afecto de Alcide no estaba sobre la mesa.
Era evidente que debían separarse. No podían compartir la misma habitación.
Y yo tenía que hacerme a la idea de todo eso.
Miradme. Herida de un estacazo, drenada, magullada, hecha polvo. Tumbada en un frío apartamento, en una ciudad extraña, con un vampiro que me había traicionado.
Tenía una decisión esperando justo delante de mis narices, una que debía ser reconocida y promulgada.
Aparté a Bill y me tambaleé para ponerme de pie. Me puse la chaqueta robada. Con su silencio pesándome sobre las espaldas, abrí la puerta que daba al salón. Eric escuchaba, divertido, la pequeña trifulca del apartamento contiguo.
– Llévame a casa -le dije.
– Por supuesto -repuso-. ¿Ahora mismo?
– Sí. Alcide puede dejar mis cosas cuando pase en su viaje de vuelta a Baton Rouge.
– ¿Está el Lincoln en condiciones para conducirlo?
– Oh, sí -saqué las llaves de mi bolsillo-. Toma.
Salimos del apartamento vacío y cogimos el ascensor para bajar al aparcamiento.
Bill no nos siguió.
13
Eric me alcanzó justo cuando me estaba montando en el Lincoln.
– Le he tenido que dar a Bill unas instrucciones para que limpie el desastre que ha causado -me explicó, a pesar de que no se lo había preguntado.
Eric estaba acostumbrado a conducir coches deportivos, y tuvo algún que otro problema con el Lincoln.
– ¿Te has dado cuenta -empezó a decir cuando hubimos abandonado el centro de la ciudad- de que tienes tendencia a salir corriendo cuando las cosas entre Bill y tú se ponen tensas? No es que me importe necesariamente, mas al contrario, me alegraría que vosotros dos zanjarais vuestra sociedad. Pero si éste es el patrón que sigues en tus relaciones sentimentales, me gustaría saberlo ahora.
Se me ocurrieron varias cosas que decirle. Descarté las primeras, que hubieran reventado los oídos de mi abuela, y lancé un hondo suspiro.
– En primer lugar, Eric, lo que ocurra entre Bill y yo no es asunto tuyo -dejé que la idea cuajara durante unos segundos-. Segundo: mi relación con Bill es la única que he tenido en mi vida, con lo que nunca he tenido la menor idea de lo que iba a hacer de un día para otro, así que ni hablemos de una política establecida -hice una pausa para formular en una frase mi siguiente idea-. Tercero: estoy hasta la coronilla de todos vosotros. Estoy harta de ver todas estas cosas enfermizas. Estoy harta de tener que ser valiente y tener que hacer cosas que me asustan, de tener que ir por ahí con gente rara y sobrenatural. No soy más que una persona normal, y lo que quiero es salir con gente igual de normal. O, al menos, con gente que respire.
Eric aguardó para asegurarse de que había terminado. Le eché una rápida mirada mientras las luces de la calle iluminaban su fuerte perfil de nariz afilada. Al menos no se estaba riendo de mí. Ni siquiera sonreía.
Me miró brevemente antes de volver su atención de nuevo a la carretera.
– Escucho lo que me dices. Estoy seguro de que lo sientes de verdad. He tomado tu sangre; conozco tus sentimientos.
Siguió un trecho completamente a oscuras. Me alegraba de que Eric me tomara en serio. A veces no lo hacía, y otras parecía importarle poco lo que me decía.
– Para los humanos eres imperfecta -dijo Eric. Su leve acento extranjero se hizo más evidente.
– Puede que sí, aunque no lo veo como un problema, dada mi escasa buena suerte con los chicos hasta ahora -es difícil salir con alguien cuando eres capaz de leer cada cosa que piensa tu compañero. Y es que, la mayor parte de las veces, conocer los pensamientos de un hombre puede acabar con el deseo, e incluso con el afecto-. Aun así, sería más feliz sin nadie de lo que lo soy ahora.
Pensé en la vieja regla básica de Ann Landers: ¿Estarías mejor con él o sin él? Mi abuela, mi hermano Jason y yo habíamos leído esa columna todos los días durante nuestra infancia. Solíamos debatir las respuestas de Ann a las consultas de los lectores. Muchos de sus consejos estaban destinados a ayudar a mujeres a tratar con hombres como Jason, por lo que no cabía duda de que su opinión proporcionaba una nueva perspectiva a las conversaciones.
En ese preciso instante estaba condenadamente segura de que estaría mejor sin Bill. Me había usado y había abusado de mí, me había traicionado y me había chupado la sangre.
También me había defendido, me había vengado, adorado con su cuerpo y proporcionado horas de compañía sin espíritu crítico, toda una bendición.
Bueno, no tenía la balanza bien calibrada. Lo que tenía era un corazón lleno de dolor y un camino que me llevaba a casa. Volamos por la noche oscura, envueltos en nuestros pensamientos. Apenas había tráfico, pero al ser una interestatal era normal que nos cruzáramos con algún coche de tanto en tanto.
No tenía la menor idea de qué estaría pensando Eric, y era una sensación maravillosa. Quizá planeara echarme la mano al cuello y rompérmelo o se preguntara qué le aguardaría en Fangtasia esa noche. Quería que me lo contara. Deseaba que me hablara de su vida antes de convertirse en vampiro, pero es un tema muy peliagudo para muchos de ellos y, de todas las noches, ésa era la que menos apropiada me parecía para sacarlo.