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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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El joven encargado se levantó, combatiendo su propio dolor y miedo, y rodeó el mostrador tan rápidamente como pudo. Tenía la sangre de la cara cubierta del polvo que se había desprendido del techo. Me miró de soslayo.

– Veo que has encontrado la escopeta -dijo al pasar junto a mí, con cuidado de interponerse entre los malos y yo. Se sacó un móvil del bolsillo y pude escuchar los leves pitidos a medida que marcaba un número. Su voz ronca pronto articuló una conversación en voz baja con la policía.

– Antes de que llegue la poli, Sookie, tenemos que descubrir quién ha mandado a estos dos pimpollos -dijo Eric. De estar en el pellejo de los tipos, me habría meado en los pantalones ante el tono de voz de Eric, y la verdad es que parecían saber lo que podía hacer un vampiro airado. Por primera vez, Eric se desplazó junto a mí y después hacia el frente, y pude verle la cara. Unas quemaduras se la cruzaban como los verdugones causados por una hiedra venenosa. Fue una suerte que sólo tuviera la cara al descubierto, aunque dudo que él se sintiera particularmente afortunado.

– Tú, acércate -dijo Eric, clavando la mirada en los ojos de Sonny.

Sonny descendió enseguida de la tarima del encargado y rodeó el mostrador mientras su compañero se quedaba con la boca abierta.

– Quieto -dijo Eric. El menudo cerró los ojos con fuerza para no ver a Eric, pero los entreabrió cuando el vampiro se acercó un paso, y con eso fue suficiente. Si no cuentas con algún don extra, sencillamente no puedes mantenerle la mirada a un vampiro. Si lo desean, te pueden cazar cuando quieran.

– ¿Quién os ha enviado? -inquirió Eric con suavidad.

– Uno de los Perros del Infierno -dijo Sonny sin inflexión alguna en la voz.

Eric pareció desconcertado.

– Un miembro de la banda de moteros -le expliqué con cuidado, recordando que teníamos público civil que escuchaba con gran curiosidad. Yo recibía con gran amplificación las respuestas que emitían sus cerebros.

– ¿Qué os ordenaron hacer?

– Nos dijeron que esperáramos por la interestatal. Hay más compañeros esperando en otras gasolineras.

Habían reunido a unos cuarenta matones. Habrían gastado mucha pasta.

– ¿A quién se supone que debéis vigilar?

– A un tipo grande y de pelo oscuro y a otro rubio y alto. Con una mujer rubia, muy joven y con unas tetas estupendas.

La mano de Eric se movió demasiado deprisa para que la pudiera ver con claridad. Sólo estuve segura de que lo había hecho cuando vi la sangre deslizarse por la cara de Sonny.

– Estás hablando de mi futura amante. Más respeto. ¿Por qué nos buscáis?

– Os tenemos que detener y devolveros a Jackson.

– ¿Por qué?

– La banda cree que podéis tener algo que ver con la desaparición de Jerry Falcon. Os querían hacer unas preguntas al respecto. Tenían a alguien vigilando no sé qué apartamento de Jackson, os vieron montaros en un Lincoln y os siguieron parte del camino. El moreno no estaba con vosotros, pero la chica encajaba perfectamente, así que os seguimos la pista.

– ¿Saben algo de esto los vampiros de Jackson?

– No, la banda determinó que era problema suyo. Aunque ellos también han tenido sus problemas, la fuga de un prisionero, y eso, y mucha gente se ha cabreado. Así que, entre unas cosas y otras, han contratado a un puñado de gente como nosotros para ayudar.

– ¿Qué son estos hombres? -me preguntó Eric.

Cerré los ojos y me concentré.

– Nada -dije-. No son nada.

No eran cambiantes, ni licántropos, ni nada. Apenas eran seres humanos, en mi opinión. Pero nadie me había nombrado Dios para determinar esas cosas.

– Tenemos que largarnos de aquí -dijo Eric, algo con lo que convine de todo corazón. Lo último que me apetecía era pasar la noche en una comisaría de policía, y para Eric eso era imposible. No había ninguna celda para vampiro antes de Shreveport. Cómo iba a haberla, si la comisaría de Bon Temps acababa de terminar sus reformas para el acceso de minusválidos…

Eric miró a los ojos de Sonny.

– No hemos estado aquí -dijo-. Ni esta señorita, ni yo.

– Sólo el chico-convino Sonny.

Una vez más, el otro atracador trató de mantener los ojos cerrados con todas sus fuerzas, pero Eric le sopló a la cara y, como haría un perro, el hombre abrió los ojos y trató de apartarse. Eric lo enfiló en un segundo y repitió el proceso.

Luego se volvió hacia el encargado y le pasó la escopeta.

– Creo que es tuya -dijo.

– Gracias -dijo el chico, con la mirada clavada en el cañón del arma. Apuntó a los atracadores-. Sé que no habéis estado aquí -gruñó, manteniendo la mirada al frente-. No le diré nada a la poli.

Eric depositó cuarenta dólares sobre el mostrador.

– Por la gasolina -explicó-. Sookie, larguémonos.

– Un Lincoln con un agujero en el maletero es muy llamativo -dijo el chico.

– Tiene razón -me estaba abrochando el cinturón y Eric estaba acelerando cuando empezamos a escuchar sirenas, no demasiado lejos.

– Debí haber cogido la camioneta -dijo Eric. Parecía contento con nuestra aventura, ahora que se había terminado.

– ¿Cómo está tu cara?

– Va mejorando.

Las heridas apenas eran ya perceptibles.

– ¿Qué pasó? -le pregunté, esperando que no fuese un tema demasiado escabroso.

Me miró de soslayo. Ahora que habíamos vuelto a la interestatal, habíamos reducido la velocidad por debajo del límite para que los coches patrulla que se acercaran a la gasolinera no creyeran que estábamos huyendo.

– Mientras satisfacías tus humanas necesidades en los aseos -dijo-, terminé de rellenar el tanque. Acababa de recolocar la bomba y ya casi estaba en la puerta cuando esos dos salieron de su camioneta y me echaron la red encima. Resultó muy humillante que consiguieran hacerlo, dos capullos con una red.

– Debías de tener la cabeza en otra parte.

– Sí -dijo escuetamente-. Así era.

– Y ¿qué pasó luego? -pregunté, cuando parecía que no iba a añadir nada más.

– El más pesado me golpeó con la culata de su arma, y me llevó un tiempo recuperarme -dijo Eric.

– Vi la sangre.

Se tocó por detrás de la cabeza.

– Sí, sangré. Tras aclimatarme al dolor, agarré una esquina de la red, sujeta al parachoques de la camioneta, y logré deshacerme de ella. Fue una chapuza por su parte, igual que el atraco. Si hubieran atado la red con cadenas de plata, el resultado habría sido distinto.

– Entonces ¿te liberaste?

– El golpe de la cabeza fue más problemático de lo que pensé en un primer momento -dijo Eric rígidamente-, así que fui a la parte de atrás de la tienda, donde estaba el grifo de agua. Entonces escuché que alguien salía por la puerta trasera. Cuando me recuperé, seguí los sonidos y te encontré -tras un largo momento de silencio, Eric me preguntó lo que había pasado en la tienda.

– Me confundieron con la otra mujer que entró en la tienda al mismo tiempo que yo iba al servicio -le expliqué-. No parecían estar seguros de que me encontrara dentro, y el encargado les dijo que sólo había entrado una mujer y que se había ido. Supe que guardaba una escopeta en su camioneta; ya sabes, lo «oí» en su mente, así que fui y la cogí. Les saboteé la suya y empecé a buscarte, porque imaginaba que algo te había pasado.

– Entonces ¿planeaste salvarnos a mí y al encargado, a los dos?

– Pues…, sí -no comprendía el extraño tono de su voz-. Tampoco tuve la impresión de tener muchas más opciones.

Los verdugones ahora no eran más que líneas rosas.

El silencio aún parecía cargado. Estábamos ya a cuarenta minutos de casa. Traté de dejar las cosas como estaban, pero no pude.

– Parece que haya algo que no te haga muy feliz -le dije con tono afilado. Mi temperamento amenazaba con desbordarse. Sabía que me estaba metiendo en la dirección equivocada de la conversación; sabía que tenía que contentarme con el silencio, por muy cargado que estuviese.

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