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La música del Adiós

Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:

Otoño, Edimburgo, hacia el final de la carrera del inspector John Rebus, que intenta cerrar alguno de los casos pendientes antes de jubilarse, cuando aparece muerto joven poeta ruso, al parecer a causa de un atraco que ha salido mal. Como por casualidad, una delegación comercial rusa que intenta de hacer negocios en Escocia visita la ciudad, y políticos y banqueros se muestran decididos a que el caso sea rápidamente cerrado y sin ambigüedades. Pero cuanto más indagan Rebus y su colega, la sargento Siobhan Clarke, más convencidos están de que no se trata de una simple agresión; más aún al producirse un segundo y repugnante homicidio.
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
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– ¿Qué tal si prueba a quitármelo?

– Si quiere acabar en el calabozo, sí. Creo que podríamos tenerle en él tres días sin grandes problemas -la mano hizo un gesto incitando a Rebus a cumplir la orden-. Estoy pensando en al menos tres directores de la policía anteriores a mí a quienes les encantaría ser testigos de este momento -apostilló Corbyn.

– Yo también -añadió Rebus-. Así tendremos un cuarteto vocal ratonero que cante al imbécil que tienen sentado delante.

– Precisamente por eso que ha dicho queda suspendido de servicio -exclamó Corbyn en tono triunfal.

Rebus no podía creerse que la mano de Corbyn siguiera extendida.

– Si quiere mi carnet, mande a los muchachos a por él -dijo despacio, dándose la vuelta camino de la puerta, donde aguardaba para entrar una secretaria boquiabierta con una carpeta apretada contra el pecho. Rebus le confirmó con una inclinación de cabeza que sus oídos no la habían engañado. Y unos pasos más adelante musitó: «gilipollas».

Afuera, en el aparcamiento, abrió el Saab, pero permaneció de pie con la mano en la portezuela mirando al vacío. Ya hacía tiempo que sabía la verdad: que no era tanto el hampa lo que había que temer, sino las altas esferas. Tal vez eso explicaba por qué Cafferty se había hecho legal en apariencia a todos los efectos; con unos cuantos amigos en los puestos adecuados se hacían los negocios y se decidían los destinos. Nunca en su vida se había sentido funcionario. De vez en cuando lo había intentado -durante sus años en el ejército y los primeros meses de policía-, pero cuanto menos se sentía integrado en el sistema, más desconfiaba de los demás con sus partidas de golf y sus «buenos modales», sus cambalaches y sus apretones de mano, sus sobornos y su peloteo. Era lógico que gente como Addison recurriera a las altas esferas; lo había hecho porque podía, porque en su mundo resultaba totalmente justificado y correcto. Rebus tenía que admitir que había subestimado a Corbyn; no se esperaba aquello por su parte. Neutralizado hasta el día de la jubilación.

– Gilipollas -dijo en voz alta, imprecándose a sí mismo.

Bien; ya estaba. Se acabó. Fuera de servicio. Aquellas últimas semanas había hecho esfuerzos por no pensarlo, dedicándose a otras tareas, a cualquier cosa. Desempolvando aquellos casos sin cerrar, intentando que Siobhan se interesase en ellos, como si no tuviera ella de sobra con lo suyo y no le esperase lo mismo para el futuro. La alternativa era llevárselos a casa… como regalo de jubilación, algo para mantener activo su cerebro cuando no le apeteciera ir al pub. Hacía treinta años que su trabajo le había nutrido, y se había jugado el matrimonio y perdido amigos y conocidos. No podría volver a sentirse un ciudadano corriente; ya no. Ya no podía cambiar. Sería invisible para todo el mundo; no sólo para los jóvenes juerguistas deambulantes.

– Gilipollas -dijo modulando exageradamente el epíteto.

Era esa arrogancia desenfadada lo que le había hecho estallar. Addison, sentado despreocupadamente, consciente de su poder… y también la arrogancia de la hijastra, convencida de que lloriqueando, con una llamada, iba a arreglarlo todo. Sí, claro, era así como funcionaban las cosas en las altas esferas. Addison no había vuelto nunca en sí después de una paliza en un portal que apestaba a meados, su hijastra nunca había hecho la calle para obtener dinero para su droga y la comida de los hijos. Ellos vivían en un mundo totalmente distinto; eso, sin duda, formaba parte del morbo que una Gill Morgan podía sentir en el trato con personas como Nancy Sievewright.

El mismo placer que obtenía Corbyn por el hecho de que uno de los hombres con más poder en Europa fuera a su despacho a pedirle un favor.

El mismo placer que obtenía Cafferty invitando a copas a hombres de negocios y a políticos… Cafferty: un asunto pendiente posiblemente para siempre si él se avenía a las órdenes de Corbyn. Cafferty libre de trabas, libre para vincular el hampa con las altas esferas, a menos que él volviera sobre sus pasos y pidiera perdón al jefe de la Policía, prometiéndole no pasarse de la raya.

«El montón de basura se me viene encima… déme una última oportunidad, señor… Por favor, señor… por favor».

– Sí, claro -dijo abriendo la portezuela e introduciendo la llave de contacto.

Capítulo 23

– Nancy, esto vamos a grabarlo, ¿de acuerdo?

Sievewright torció el gesto.

– ¿Necesito un abogado?

– ¿Quieres un abogado?

– No sé.

Clarke asintió con la cabeza en dirección a Goodyear para que conectara la grabadora y ella misma metió las dos cintas, una para ellos y otra para Sievewright. Pero Goodyear dudaba y Clarke recordó que era la primera vez que entraba a un cuarto de interrogatorios. En el número 1 hacía un calor sofocante, como si absorbiera el de los contiguos. Las tuberías de la calefacción central silbaban y gorjeaban y no había manera de disminuir la intensidad. Incluso Goodyear se había quitado la chaqueta y se le veían en la camisa unas manchas bajo las axilas. Por otro lado, en el cuarto número 3, dos puertas más allá, hacía un frío glacial, quizá porque todo el calor se lo quedaba el número 1.

– Ése y ése -le dijo, señalando los botones.

Goodyear los pulsó, se encendió la luz roja y las dos cintas comenzaron a girar. Clarke se identificó por su nombre e hizo lo mismo con Goodyear, ahogando sus últimas palabras el ruido de la silla al arrimarla hacia el aparato el joven, quien hizo una mueca de disculpa; Clarke repitió lo último y luego pidió a Sievewright que dijera su nombre, tras lo cual añadió fecha y hora de la grabación. Una vez cumplido el formalismo, se reclinó levemente en la silla. Tenía en la mesa el expediente de Todorov con la foto de la autopsia sobre el mismo y había rellenado la carpeta con hojas en blanco para causar mayor impresión y hacerlo más amenazador, manipulación que motivó en Goodyear una admirativa inclinación de cabeza. Similar propósito cumplía la foto de la autopsia descolgada de la pared del DIC para que Sievewright recordara la lamentable gravedad del caso. La joven, desde luego, parecía muy desconcertada. Hawes y Tibbet no le habían dado ninguna explicación al presentarse en su casa ni habían dicho una palabra de camino a Gayfield Square. Después, la habían dejado en el cuarto número 1 casi cuarenta minutos sin ofrecerle té ni agua, y luego Clarke y Goodyear entraron con sendas infusiones recién hechas, a pesar de que él había insistido en que no le apetecía.

– Es para causar efecto -le dijo Clarke.

Junto al expediente estaba el móvil de Clarke y junto a él un cuaderno y un bolígrafo. También Goodyear sacó una libreta.

– Bien, Nancy -comenzó diciendo Clarke-, ¿quieres decirnos qué hacías exactamente la noche en que encontraste el cadáver?

– ¿Qué? -replicó Sievewright, quedándose boquiabierta.

– La noche en que estuviste en el piso de tu amiga… -añadió Clarke fingiendo que consultaba el expediente-, Gill Morgan. Tu buena amiga Gill -espetó mirando a la cara a Sievewright.

– ¿Sí?

– Dijiste que habías estado en su piso y que volvías a casa. Pero es mentira, ¿no?

– No.

– Bien, Nancy, pues alguien miente.

– ¿Qué les ha dicho ella? -replicó la joven con voz más firme.

– Según nos consta, Nancy, ibas a su piso y no volvías de él. ¿Llevabas la droga encima cuando tropezaste con el cadáver?

– ¿Qué droga?

– La que ibas a compartir con Gill.

– ¡Es una guarra, mentirosa!

– Pensaba que era tu amiga. Lo bastante amiga como para ceñirse a la historia que le dijiste.

– Miente -repitió Sievewright con ojos como ranuras.

– ¿Y por qué iba a mentir, Nancy? ¿Haría eso una amiga?

– Pregúntenselo a ella.

– Lo hicimos. Y la verdad es que su historia cuadra con otros hechos del caso. Vieron a una mujer merodeando por la puerta del aparcamiento…

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