La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
– Bien, ¿qué se le ofrece, inspector Rebus? -preguntó agarrándose las rodillas con las manos.
– Mis colegas me dijeron que es usted modelo, señorita Morgan. No debe de irle mal -añadió, señalando con un ademán admirativo la amplia sala.
– En realidad, voy a dejarlo para ser actriz.
– No me diga -replicó Rebus fingiendo auténtico interés.
Cualquier otra persona habría reaccionado ante su pregunta diciendo que no era asunto que a él le importara, pero no Gill Morgan. En su mundo era perfectamente natural hablar de sí misma.
– Estoy tomando clases.
– ¿La habré visto en alguna obra?
– Probablemente aún no -respondió jactanciosa-, pero tengo en perspectiva un papel en la pantalla.
– ¿En la pantalla? Ah, fantástico… -comentó Rebus acomodándose en otro sillón frente a ella.
– Es un papelito en una serie de televisión -dijo Morgan como sintiéndose obligada a quitarle importancia, pero sin duda para que él la tomara por modesta.
– No deja de ser estupendo -comentó él, siguiéndole el juego-. Y probablemente eso contribuye a explicar algo que nos intrigaba.
La afirmación de Rebus la dejó perpleja.
– ¿Ah, sí? -dijo ella sin entenderlo.
– Cuando mis colegas hablaron con usted se percataron de que les contó un cuento y el hecho de que sea actriz explica que pensó que se lo creerían. Pero da la casualidad, señorita Morgan -añadió Rebus inclinándose hacia delante como para hablar en plan confidencial-, de que ahora investigamos dos asesinatos, y eso significa que no podemos consentir que se nos engañe. Por tanto, para no meterse en un buen lío, más vale que hable.
Los labios de Morgan adquirieron la misma palidez que su rostro. Rebus vio que parpadeaba y por un instante pensó que iba a desmayarse.
– No sé a qué se refiere -replicó ella.
– Yo de momento no dejaría las clases de interpretación; le queda bastante por aprender. Se ha puesto pálida, le tiembla la voz y parpadea como si estuviera deslumbrada por los faros de un coche -dijo Rebus reclinándose en el sillón. No llevaba allí más de cinco minutos, pero juzgaba que ya sabía todo lo elemental sobre la vida de Gill Morgan por lo poco que le había dicho: una infancia sin carencias, padres que le daban dinero y la cuidaban, ducha en el arte de las confidencias y una persona que nunca había tenido un problema del que no hubiera podido salir engatusando a la gente.
Hasta aquel momento.
– Vamos a hablar de ello tranquilamente -añadió Rebus con voz más suave-, para que le resulte más fácil. ¿Cómo conoció a Nancy?
– En una fiesta, creo.
– ¿Cree?
– Yo había ido de bares con unos amigos… y acabamos en una fiesta, pero no recuerdo si Nancy estaba en ella o se incorporó al grupo sobre la marcha.
Rebus asintió con la cabeza.
– ¿Cuánto tiempo hace de eso?
– Tres o cuatro meses. Fue por la época del Festival.
– Me da la impresión de que no son de la misma extracción social.
– Desde luego.
– ¿Y qué es lo que tienen en común? -Morgan no parecía dar con una respuesta-. Quiero decir que simpatizarían por algo.
– Ella es muy divertida.
– ¿Por qué tendré la impresión de que miente otra vez? ¿Será por el temblor de la voz o por el parpadeo?
Morgan se levantó de un salto.
– ¡No tengo por qué contestar a sus preguntas! ¿Sabe quién es mi madre?
– Ya me imaginaba que saldría a relucir -dijo Rebus con sonrisa de satisfacción-. Adelante: sorpréndame.
– Es la esposa de sir Michael Addison.
– ¿Quiere decir que él no es su padre?
– Mi padre murió cuando yo tenía doce años.
– ¿Y conserva su apellido? -la joven se ruborizó y decidió sentarse, pero esta vez con los pies en el suelo. Rebus separó las manos y las apoyó en los brazos del sillón-. Bien, ¿quién es sir Michael Addison? -preguntó.
– El director del banco First Albannach.
– Una persona cuya amistad es valiosa, supongo.
– Él rescató a mi madre del alcohol -añadió Morgan taladrando a Rebus con la mirada-. Y nos quiere mucho a las dos.
– Es una suerte para usted, pero eso de nada le sirve al desgraciado que mataron en King’s Stables Road. Su amiga Nancy encontró el cadáver y nos mintió respecto de dónde venía. Nos dio su nombre, Gill, y su dirección, lo que significa que cree que usted es una gran amiga, de las que prefieren ir a la cárcel antes que decir la verdad.
No se percató de que había alzado el tono de voz, pero con la última palabra notó un eco en la habitación.
– Gill, ¿cree que eso le gustaría a su padrastro? -prosiguió bajando la voz-. ¿Cree que a su madre le gustaría?
Gill Morgan bajó la cabeza y se miró la palma de las manos.
– No -respondió en voz baja.
– No -repitió Rebus-. Bien, dígame, si le preguntase ahora dónde vive Nancy, ¿sabría decírmelo?
Sobre el regazo de la joven cayó una lágrima, y se restregó los ojos con el pulgar y el índice para contener el llanto.
– Vive en Cowgate.
– A mí me parece -replicó Rebus-, que no la conoce muy bien. Por tanto, si las dos no son lo que se dice amigas del alma, ¿por qué la encubre?
Morgan dijo algo que Rebus no entendió y éste le pidió que lo repitiera. Ella le miró a la cara y lo dijo despacio y claro:
– Compraba drogas para mí. Para nosotras, mejor dicho. Para ella y para mí. Sólo un poco de hachís, nada susceptible de hundir la civilización.
– ¿Se hicieron amigas por eso?
– Bueno, en parte. Sí, tal vez por eso -espetó viendo que era inútil mentir.
– En la fiesta en que la conoció, ¿ella llevaba droga?
– Sí.
– ¿Para compartir o para vender?
– Inspector, no estamos hablando del cártel de Medellín…
– ¿Cocaína también? -dedujo Rebus al oírlo, y Morgan advirtió que se había ido de la lengua-. Y usted tenía que encubrirla porque si no, ella, maldita la gracia, iba a delatarla.
– ¿Ese era el otro chiste?
– Creí que no lo había oído.
– Sí que lo oí.
– Bien, ¿entonces, Nancy Sievewright no estuvo aquí aquella noche?
– Tenía que haber venido a medianoche con mi parte. Me fastidiaba la hora porque me obligaba a volver apresuradamente a casa.
– ¿Desde dónde?
– Yo estaba ayudando a uno de mis profesores de interpretación, que hace pluriempleo en uno de esos tours nocturnos de Edimburgo.
– ¿Se refiere a uno de esos recorridos de los horrores?
– Ya sé que son absurdos, pero gustan a los turistas y son muy divertidos.
– ¿Y usted hace un papel de esos en que aparece de pronto en la oscuridad y grita «¡Uh!»?
– En realidad, interpreto varios -respondió ella como ofendida por sus comentarios facilones-. Y entre una actuación y otra tengo que correr a más no poder de un sitio para otro y cambiarme de atuendo por el camino.
Rebus recordó que Gary Walsh había comentado algo sobre aquellos recorridos.
– ¿Dónde hacen las representaciones? -preguntó.
– Entre St. Giles y Canongate. Todas las noches realizamos la misma ruta.
– ¿Discurre alguna por King’s Stables Road?
– No.
Rebus asintió pensativo con la cabeza.
– ¿Y en qué consiste exactamente su actuación? -preguntó.
– ¿A qué viene ese interés? -replicó ella riendo sorprendida.
– Vamos, dígamelo.
Morgan frunció los labios.
– Bueno -dijo al fin-, yo soy el doctor Peste. Llevo una máscara parecida a un pico de halcón, y se supone que el doctor lo llena de flores secas aromáticas para protegerse del mal olor de los enfermos.