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La música del Adiós

Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:

Otoño, Edimburgo, hacia el final de la carrera del inspector John Rebus, que intenta cerrar alguno de los casos pendientes antes de jubilarse, cuando aparece muerto joven poeta ruso, al parecer a causa de un atraco que ha salido mal. Como por casualidad, una delegación comercial rusa que intenta de hacer negocios en Escocia visita la ciudad, y políticos y banqueros se muestran decididos a que el caso sea rápidamente cerrado y sin ambigüedades. Pero cuanto más indagan Rebus y su colega, la sargento Siobhan Clarke, más convencidos están de que no se trata de una simple agresión; más aún al producirse un segundo y repugnante homicidio.
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
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En ese momento sonó el teléfono y Harmison contestó.

– Estudios CR, diga -eEscuchó un instante-. No, lo siento. De momento no podemos aceptar más trabajos debido a circunstancias imprevistas.

Clarke seguía frente al ingeniero.

– Podrían continuar ustedes dos -dijo en voz baja mirando hacia Harmison. Él asintió con la cabeza, se levantó, fue hasta la mesa e hizo una seña a la secretaria para que le pasara el teléfono.

– Un momento, por favor -dijo Harmison-, le paso al señor Grimm.

– Dígame -dijo Grimm, mientras la mujer se acercaba a Clarke, otra vez con los brazos cruzados, como protegiéndose de nuevas desgracias.

– La primera vez que vine -comenzó Clarke-, Terry insinuó que el señor Riordan lo grababa todo.

La secretaria asintió con la cabeza.

– En cierta ocasión fuimos los tres a cenar juntos y nos sirvieron algo que no habíamos pedido. Charlie sacó del bolsillo una grabadora diminuta y se lo demostró al camarero -dijo ella sonriente pensando en la escena.

– Hay ocasiones en que yo haría lo mismo -comentó Clarke.

– Y yo. El fontanero que dice que vendrá a las once… la gente que me dice por teléfono que ha enviado el cheque por correo…

Clarke sonrió, pero Harmison volvió a ponerse seria.

– Lo siento por Terry. Trabaja tanto como Charlie, y seguramente más horas a decir verdad.

– ¿Qué tipo de trabajo están haciendo ahora?

– Anuncios para la radio, un par de audioguías y… el encargo del Parlamento.

– ¿Qué encargo del Parlamento?

– ¿No sabe que organizan anualmente un Festival Político?

– Pues no.

– No podía faltar. Tenemos festivales de todo tipo. El año que viene han encargado a un artista que monte un proyecto. Trabaja con vídeo y esas cosas y nos ha pedido un fondo musical para la obra.

– ¿Y han estado grabando en el Parlamento?

– Cientos de horas -contestó Harmison señalando con la cabeza hacia los aparatos, pero Grimm chasqueó los dedos, llamándola.

– Le paso a mi ayudante -dijo al teléfono-, para que concierten una entrevista.

Harmison se acercó casi corriendo a la mesa y cogió la agenda. Clarke comprendió que le había motivado lo de «ayudante» en vez de simple secretaria o recepcionista. Grimm asintió con la cabeza con complaciente agradecimiento al acercarse a Clarke.

– Gracias por el consejo -dijo.

– Hazel me ha mencionado lo de ese Festival Político.

Grimm puso los ojos en blanco.

– Es una pesadilla. El autor del proyecto no tenía ni idea de lo que quería y se pasa el tiempo entre Ginebra, Nueva York y Madrid… Nos envía correos electrónicos o faxes diciendo que grabemos sonido de algún debate, pero que sea acalorado. Hemos grabado todas las reuniones de un comité, algunas visitas guiadas, entrevistas a los turistas… Él no nos indica nada concreto y después nos dice que no hemos hecho lo que quería. Afortunadamente, conservamos todos sus e-mails.

– Y, naturalmente, Charlie grabaría cualquier reunión o llamada telefónica.

– ¿Cómo lo sabe?

– Me lo ha dicho Hazel.

– Bueno, a nuestro artista no le encantó. Sí, ya sé que a nadie le gusta que le graben a escondidas…

– Es de suponer -comentó Clarke despacio.

– A él le pareció cosa de paranoia.

– Debe de ser un proyecto importante.

– Lo tenemos casi terminado. He montado dos horas de sonido de fondo y parece que a él le gusta. Planea utilizarlo para una instalación de vídeo en el edificio del Parlamento -añadió Grimm, encogiéndose de hombros como resumiendo su opinión sobre los «artistas».

– ¿Cuál es su nombre?

– Roddy Denholm.

– ¿Y no vive en Escocia?

– Tiene un piso en la Ciudad Nueva, pero nunca está aquí.

Sonó el intercomunicador, señalándoles el regreso de Goodyear con los rollos de cinta y las grabaciones digitales.

– ¿Qué cree que podemos encontrar? -preguntó Grimm mirando las bolsas de plástico que Goodyear dejó en el suelo.

– La verdad es que no lo sé -contestó Clarke. Hazel Harmison terminó de concertar la cita, miró con morbosa fascinación las bolsas y volvió a cruzar los brazos inútilmente.

– ¿Has concertado la cita para hoy o para mañana? -preguntó Grimm para sacarla de su ensimismamiento.

– Para mañana a mediodía.

– Esa grabación que han estado haciendo en el Parlamento… -dijo Clarke a Grimm-, dice que recogieron los debates de un comité ¿Puede decirme cuál?

– El de rehabilitación urbana -contestó él-. No es precisamente un pozo de interés, créame.

– Le creo -replicó Clarke, pensando que no dejaba de ser interesante-. ¿Era usted quien en realidad hacía las grabaciones y no el señor Riordan?

– Grabábamos los dos.

– Ese comité lo preside Megan MacFarlane, ¿verdad?

– ¿Cómo lo sabe?

– Digamos que me interesa la política. ¿Podría escuchar esas grabaciones?

– ¿Del comité de rehabilitación urbana? -replicó Grimm perplejo-. Sargento, eso, más que «interesarse por la política» es…

– ¿El qué? -preguntó Clarke entrando al trapo.

– Masoquismo -respondió Grimm, volviéndose hacia la mesa mezcladora.

* * *

– ¿Gill Morgan? -preguntó Rebus por el intercomunicador.

Estaba ante la puerta de una casa de Great Stuart Street. Pasaban coches hacia Queen Street y George Street retumbando sobre las bandas sonoras porque no había acabado la hora punta matinal, y Rebus tuvo que inclinarse y arrimar el oído al altavoz para saber si contestaban.

– ¿Quién es? -preguntó una voz con sueño.

– Perdone si la he despertado -dijo Rebus, fingiendo disculparse-. Soy policía y quería hacerle unas preguntas de seguimiento sobre la señorita Sievewright.

– No me cuente chistes -dijo la voz somnolienta e irritada.

– Aguarde a escuchar el mejor.

Pero su interlocutora no debió de oírlo por el traqueteo de un camión sobre las bandas sonoras. Rebus, en vez de repetirlo, le dijo que abriera.

– Tengo que vestirme.

Repitió la petición y sonó el zumbador de apertura. Rebus empujó la puerta, entró en el portal y subió dos plantas. La puerta estaba ya abierta de par en par, pero él, de todos modos, llamó con los nudillos.

– ¡Espere en el cuarto de estar! -voceó ella, probablemente desde el dormitorio.

Rebus vio el cuarto de estar. Estaba al fondo del amplio vestíbulo, y era lo que suele llamarse «sala-comedor» en la que se supone que cabe una mesa, supuestamente para invitar a cenar a los amigos en vez de obligarles a cruzar el verdadero cuarto de estar. A él le parecía algo muy de Edimburgo, que, en fin, no estaba mal. Las paredes eran totalmente blancas y los muebles absolutamente blancos. Daba la impresión de entrar en un iglú. El parquet era nuevo y recién barnizado y centró en él su atención un instante, tratando de evitar el níveo deslumbramiento. Era una sala grande de techo alto y dos grandes ventanas. No se hacía la idea de que Gill Morgan compartiera aquél piso tan limpio con nadie. Había un televisor plano en la pared sobre la chimenea y ningún adorno; era como las habitaciones del suplemento dominical, decoradas más para hacer la fotografía que para vivir en ellas.

– Perdona -dijo una mujer joven que entró en ese momento-, pero después de abrirle pensé que podría ser usted cualquiera. Los policías del otro día tenían carnet. ¿Puedo ver el suyo?

Rebus sacó el carnet y mientras ella lo examinaba, él la examinó a ella. Era bajita, casi como un elfo. Probablemente no llegaría a uno cincuenta; su rostro era pequeño y puntiagudo, y sus ojos, achinados. Llevaba el cabello oscuro en cola de caballo y sus brazos no eran más gruesos que el tubo de una aspiradora. Hawes y Tibbet dijeron en su informe que era una especie de modelo, pero a él le costaba creerlo. ¿No tienen las modelos que ser altas? Comprobado el carnet, Morgan se dejó caer en un sillón de cuero blanco y recogió las piernas bajo el trasero.

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