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La música del Adiós

Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:

Otoño, Edimburgo, hacia el final de la carrera del inspector John Rebus, que intenta cerrar alguno de los casos pendientes antes de jubilarse, cuando aparece muerto joven poeta ruso, al parecer a causa de un atraco que ha salido mal. Como por casualidad, una delegación comercial rusa que intenta de hacer negocios en Escocia visita la ciudad, y políticos y banqueros se muestran decididos a que el caso sea rápidamente cerrado y sin ambigüedades. Pero cuanto más indagan Rebus y su colega, la sargento Siobhan Clarke, más convencidos están de que no se trata de una simple agresión; más aún al producirse un segundo y repugnante homicidio.
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
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– No hay necesidad de sarcasmos, jovencita.

– ¿Y no pensabas decírmelo?

– Me lo encontré por casualidad, Shiv. No es nada del otro mundo.

– Quizá para ti no, pero a Andropov sí se lo parece y ahora Megan MacFarlane piensa lo mismo.

– Andropov es ruso y probablemente esté habituado a que los políticos den órdenes a la policía…

Era un pensamiento dicho en voz alta.

– Macrae quiere verte.

– Dile que tengo prohibido ir a Gayfield.

– Se lo he dicho y eso le ha enfurecido también.

– La culpa es de Corbyn por no advertírselo.

– Es lo que le dije.

– ¿Hay noticias del despacho de Jim Bakewell?

– No.

– ¿Qué haces ahora? -preguntó Rebus.

– Haciendo sitio para los nuevos refuerzos. Han llegado cuatro agentes de Torphichen y dos de Leith.

– ¿Alguno de ellos conocido?

– Ray Reynolds.

– Ese no tiene mucho de policía -comentó Rebus, y acto seguido le preguntó si iba a hacer algo respecto a Sol Goodyear.

– Lo haré en cuanto sepa qué voy a decirle a Todd -respondió ella.

– Que tengas suerte.

Uno de los operarios de las cámaras de videovigilancia gritó de pronto a su compañero que en la cámara 10 se veía a un ratero de tiendas entrando a la estación de autobuses. El gruñido de Clarke casi resonó en la sala de control.

– Estás en el Ayuntamiento -dijo.

– Acabarás siendo buen policía.

– John… estás suspendido de servicio.

– Siempre se me olvida.

– ¿Qué haces, repasar las cintas de aquella noche?

– Exacto.

– ¿Tratando de localizar a un sospechoso en concreto?

– ¿Tú qué crees?

– ¿Por qué diablos iba a querer Cafferty que mataran a un poeta ruso?

– A lo mejor le fastidian los versos sin rima. Por cierto, aquí hay para ti otra cosa extraña: el CD que me dio el compañero de piso de Sievewright está grabado en Estudios Riordan.

– Otra casualidad -replicó Clarke, haciendo una pausa-. ¿Crees que convendría hablar con el ingeniero de sonido?

– Tienes gente de sobra, Shiv. Conviene seguir cualquier pista por débil que sea.

– No se me da bien delegar.

– A mí tampoco. ¿Vas a ir directamente de la comisaría a casa?

– Ese es el plan.

– Entonces me contentaré con pensar en ti.

– John, prométeme que no vas a ir al hotel Caledonian a tomar más copas.

– Sí, jefa. Te llamo más tarde -dijo cortando la comunicación y mirando el móvil. Tenía de lo más irritados a Macrae, a MacFarlane y a Andropov-. Bueno -dijo con voz queda cogiendo otra cinta.

* * *

– ¿Puedo preguntarte una cosa sobre tu hermano?

Clarke hizo salir a Todd Goodyear al pasillo para hablar a solas con él. Ya había distribuido las tareas para los nuevos refuerzos; unos estudiaban la «biblia» -toda la documentación relativa al caso- y otros escuchaban las cintas de Riordan. No era precisamente una selección de los mejores agentes, porque ningún departamento de Homicidios quería ceder a su mejor personal a una comisaría rival. Un compañero de la comisaría de Goodyear le dijo al verle que qué hacía «disfrazado de secreta».

– ¿Sobre Sol? -dijo Goodyear perplejo-. ¿Qué quiere saber?

– Esa pelea en que intervino, ¿cuándo fue?

– El miércoles por la noche.

Clarke asintió con la cabeza. La misma noche de la agresión a Todorov.

– ¿Puedes darme su dirección?

– ¿Qué es lo que ocurre?

– Resulta que es probable que conozca a Nancy Sievewright.

– No me diga -replicó él echándose a reír.

– No es broma -añadió Clarke-. Creemos que era su proveedor. ¿Sabías que seguía trapicheando?

– No -respondió Goodyear ruborizándose.

– Necesito su dirección.

– Yo no la tengo. Vive en algún lugar de Grassmarket…

– Creí que vivía en Dalkeith.

– Sol cambia mucho de domicilio.

– ¿Cómo supiste que había intervenido en una pelea?

– Me llamó él.

– ¿Así que seguís en contacto?

– Él tiene mi número de móvil.

– ¿Y tú el suyo?

Goodyear negó con la cabeza.

– Él lo cambia de vez en cuando.

– Y esa pelea… ¿sabes dónde fue?

– En un pub de Haymarket.

Clarke asintió con la cabeza. Creyó recordar que el agente de la científica Tam Banks recibió un mensaje sobre el incidente y lo mencionó en el escenario del crimen de Todorov. Una puñalada…

– Así que no estáis en contacto y ¿él te telefonea cuando le apuñalan?

Goodyear no contestó.

– ¿Qué importancia tiene si resulta que conoce a Nancy Sievewright?

– Será otro cabo suelto que habrá que verificar.

– Tenemos más cabos sueltos que una alfombra vieja -dijo. Clarke respondió con una sonrisa cansada mientras Goodyear hundía los hombros con un suspiro-. ¿Cuando averigüe la dirección de Sol querrá que yo la acompañe?

– No puede ser. Eres su hermano.

Él asintió con la cabeza.

– ¿La comisaría del West End se ocupó de esa pelea? -preguntó ella refiriéndose a la de Torphichen Place. Goodyear asintió con la cabeza.

– Le interrogaron en Urgencias. Yo le vi cuando le habían trasladado a una sala para que pasara la noche en observación.

– ¿Crees que ocultó algo?

Goodyear se encogió de hombros.

– Él declaró que estaba tomando una copa y que aquel individuo le agredió. Salieron a la calle y Sol llevó las de perder.

– ¿Y el otro?

– No dijo nada sobre él -respondió Goodyear mordiéndose el labio inferior-. Si Sol está implicado… ¿quiere decir que hay conflicto de intereses y tendré que volver a mi comisaría y ponerme el uniforme?

– Tendré que consultarlo con el inspector jefe Macrae.

Goodyear asintió de nuevo con la cabeza, esta vez pesaroso.

– Yo no sabía que seguía traficando -dijo-. Tal vez Sievewright miente…

Clarke compuso en su mente la imagen de apoyar una mano en el brazo del joven para animarle, pero lo que hizo fue alejarse por el pasillo hasta la atestada sala del DIC. Habían traído sillas de los cuartos de interrogatorio y tuvo que esquivarlas para llegar a su mesa, que ocupaba un agente que, sin moverse, pidió disculpas. Había otros tres agentes en torno a la mesa de Rebus. Clarke cogió el teléfono y llamó a Torphichen; pasaron la llamada al DIC y se puso al habla el inspector Shug Davidson.

– Quería darte las gracias -dijo él conteniendo la risa-, por habernos librado de Ray Reynolds.

Clarke miró al otro lado de la sala hacia el aludido, un agente de uniforme que hacía nueve años que no ascendía. Estaba frente a la pared del Crimen restregándose el estómago como a punto de lanzar uno de sus tremendos eructos.

– Me alegro -replicó Clarke-, porque yo quiero pedirte un favor a cambio.

– Me han dicho que a Rebus le han suspendido de servicio…

– Las noticias vuelan.

– La edad no le ha ablandado, como dijo no sé quién.

– Escucha, Shug, ¿recuerdas una pelea que hubo la noche del miércoles en un pub de Haymarket?

– ¿Te refieres a Sol Goodyear?

– Exacto.

– Creo que tienes a su hermano de refuerzo. Parece un buen tío. Yo creo que pasa apuros por Sol… y con razón. Ese Sol no para.

– ¿Y esa pelea en la que intervino…?

– En mi opinión un cliente le debía dinero, no quiso pagarle y agredió a Sol. Estamos planteándonos si cerramos el caso como homicidio frustrado.

– Todd dice que sólo estuvo una noche en el hospital.

– Con ocho puntos en el costado. Era más bien un corte que un navajazo. Tuvo suerte.

– ¿Detuvisteis al agresor?

– Alega defensa propia, naturalmente. Se llama Larry Fintry, de apodo Larry el Loco. En mi opinión debería estar en el psiquiátrico.

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