La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
– ¿Está todo ahí? -preguntó tendiendo la mano para que le diera el archivador.
– Todo lo que he podido fotocopiar sin que la tropa sospechase.
Rebus sacó el montón de hojas en blanco.
– Has aprendido todos los trucos, Kwai Chang Caine.
– ¿Y tú eres Maestro Po?
– No pensaba que fueras tan mayor para haber visto Kung Fu.
– Soy lo bastante mayor para haber visto reposiciones -vio que Rebus dejaba el archivador en el asiento de atrás-. Durante toda la entrevista he estado en vilo por si tosías o estornudabas.
– Y no he podido ni encender un cigarrillo -dijo Rebus. Ella le miró, pero él no se volvió.
– ¿Cómo es que no has sabido guardar la compostura esta vez? -preguntó como quien no quiere la cosa.
– Los tipos como Corbyn me sacan de quicio -respondió él.
– Sí, como la mayoría de las personas -replicó ella.
– Puede -añadió él-. ¿Vas a interrogar a Bakewell en el Parlamento? -ella asintió despacio con la cabeza-. ¿Estoy invitado?
– Recuérdame qué es estar «suspendido de servicio».
– Shiv, si no me equivoco, el público puede entrar libremente en el Parlamento. Invítale a un café y yo puedo estar sentado en la mesa de al lado.
– O puedes quedarte en casa y dejarme que hable con Corbyn a ver si puedo hacer que cambie de idea.
– No -dijo él.
– ¿Que no te quedas en casa o que él no cambia de idea?
– Las dos cosas.
– Dios, dame fuerzas -dijo ella con un suspiro.
– Amén. Y, hablando del Todopoderoso, no he oído al joven Todd abrir la boca durante el interrogatorio.
– Estaba de observador.
– Oye, no pasa nada porque admitas que me has echado de menos.
– ¿No acabas de decirme que he cubierto todos los puntos?
Miró cómo él se encogía de hombros.
– A lo mejor había puntos que nos ocultó.
– ¿Quieres decir que tú le habrías sacado el nombre del traficante?
– Me apuesto veinte libras a que lo sé antes de que termine el día.
– Si Corbyn se entera de que sigues con el caso…
– No se enterará, sargento Clarke. Iré como simple ciudadano. Eso él no puede impedirlo, ¿no crees?
– John… -iba a hacerle una advertencia, pero comprendió que sería inútil-. Tenme informada -musitó al fin, abriendo la portezuela y bajando del coche.
– ¿No notas nada? -preguntó él. Ella se inclinó sobre la ventanilla.
– ¿Qué?
Rebus señaló con el brazo el aparcamiento.
– Ha desaparecido el olor… ¿Será un presagio? -añadió girando la llave de encendido y dejándola sin que pudiera plantear la pregunta: ¿Bueno o malo?
Capítulo 24
– ¿Está Nancy? -preguntó Rebus al compañero de piso de Sievewright cuando el joven le abrió la puerta.
– No.
No; porque iba caminando por Leith Street cuando Rebus se la cruzó en el Saab. Lo que significaba que quizá disponía de veinte minutos de ventaja, suponiendo que se dirigiera directamente al piso.
– Tú eres Eddie, ¿verdad? Estuve aquí hace unos días.
– Lo recuerdo.
– Pero no me acuerdo de tu apellido.
– Gentry.
– ¿Como Bobbie Gentry?
– Ya no se acuerda mucha gente de ella.
– Yo soy más viejo que la mayoría, y tengo un par de discos suyos. ¿Puedo pasar? -Rebus advirtió que Gentry no llevaba la banda deportiva pero sí los ojos pintados-. Nancy me dijo que viniera a las tres -mintió descaradamente.
– Vino alguien a verla hace un rato…
Gentry se mostraba reacio, pero la mirada fija de Rebus venció su resistencia. Abrió algo más la puerta y Rebus entró dirigiéndole una inclinación de cabeza. El cuarto de estar olía a humanidad, a tabaco barato y a algo que tal vez fuese aceite de pachulí. Hacía tiempo que él no olía aquel aroma. Se acercó a la ventana y miró hacia Blair Street.
– Te contaré una historia graciosa -dijo mirando a Eddie Gentry-. Hay unos sótanos en la otra acera donde solían ensayar grupos musicales. El dueño decidió rehabilitarlos y cuando los obreros se pusieron a trabajar en esos túneles -hay kilómetros y kilómetros de túneles-, empezaron a oír unos gruñidos extrañísimos…
– Del masajista de al lado -dijo Gentry fastidiándole el chiste.
– Lo conocías -comentó Rebus apartándose de la ventana y examinando las portadas de los discos, LP más que compactos-. «Caravan». Los mejores de Canterbury. Pensaba que ya nadie los escuchaba -había otras portadas que conocía: los Fairports y Davey Graham y Pentangle-. ¿Alguien estudia arqueología? -preguntó.
– Me gusta mucho la música de antes -dijo Gentry, señalando con la cabeza hacia un rincón-. Toco la guitarra.
– Aja -asintió Rebus mirando una acústica de seis cuerdas en un trípode y una de doce cuerdas detrás, en el suelo-. ¿Tocas bien?
En respuesta, Gentry cogió la de seis cuerdas y se sentó con las piernas cruzadas en el sofá. Comenzó a tocar y Rebus advirtió que se había dejado crecer las uñas de la mano derecha a modo de plectro. Le sonaba aquella melodía, aunque no recordaba de quién era.
– ¿Es Bert Jansch? -aventuró tras el último arpegio.
– Del disco que grabó con John Renbourn.
– Hacía años que no la oía -dijo Rebus apreciativo, asintiendo con la cabeza-. Tocas muy bien, hijo. Lástima que no te dé para vivir, ¿no? Te habrías evitado traficar con drogas.
– ¿Qué?
– Nancy lo ha confesado todo.
– Guau. Un momento -dijo Gentry dejando a un lado la guitarra y levantándose-. Repítamelo otra vez.
– ¿Un músico sordo? -comentó Rebus como llevándose una sorpresa.
– Lo he oído, pero no sé por qué dice eso.
– La noche en que mataron al poeta, ella recogía cargamento del tipo que tú le presentaste.
– Eso no lo ha dicho ella -replicó Gentry con aplomo, pero Rebus vio en sus ojos que vacilaba-. Yo no le presenté a nadie.
Rebus se encogió de hombros sin sacar las manos de los bolsillos.
– A mí ni me va ni me viene -dijo-. Ella dice que trapicheas y tú que no… Pero todos sabemos que aquí se fuma costo.
– Que se lo da su novio -exclamó Gentry, pero acto seguido añadió-: Ni siquiera es su novio, pero ella se lo cree.
– ¿Quién?
– No lo sé. Sólo ha estado aquí un par de veces, y ella le llama Sol… dice que es el nombre del astro en latín. Pero a mí no me parece muy deslumbrante.
Rebus se echó a reír como si fuera el mejor chiste que oía desde hacía tiempo; Gentry sonrió.
– No puedo creerme que haya intentado mezclarme -musitó.
– Mezcló también a una amiga suya -añadió Rebus-. Le pidió que le proporcionara una coartada -espetó rematando la frase.
– ¿Una coartada? -repitió Gentry-. Dios, ¿creen que mató a ese hombre?
Otro encogimiento de hombros fue la respuesta de Rebus.
– Dime una cosa -añadió-, ¿tiene Nancy una capa o algo parecido? ¿Como los manteos que llevan los frailes?
– No -respondió Gentry, perplejo por la pregunta.
– ¿Tú conoces a su amiga Gill?
– ¿Esa pija de la Ciudad Nueva? -inquirió Gentry torciendo el gesto.
– Así que la conoces…
– Vino a una fiesta hace tiempo.
– Tengo entendido que ella da buenas fiestas también. Podrías jugar al tenis con ella.
– Antes me clavo alfileres en los ojos.
– Seguramente tienes razón, del mismo modo que yo antes oigo a Dick Gaugahn que a James Blunt -dijo Rebus con un fuerte estornudo, sacando el pañuelo del bolsillo-. Ese Sol que dices… ¿sabes su dirección?
– Pues no.
– No importa -Rebus se acercó otra vez a la ventana, guardándose el pañuelo mientras miraba la calle. Nancy Sievewright no tardaría en regresar. Estaría al principio de Leith Street, después North Bridge y Hunter Square-. ¿Cantas también?