La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
– Ya les dije que yo no la vi.
– ¿Tal vez porque eras tú misma?
– ¡Yo no me parezco a la de la foto que me enseñaron!
– Una mujer que ofrecía su cuerpo, y ya se sabe por qué lo hacen algunas, ¿no?
– No me diga.
– Para tener dinero para droga, Nancy.
– ¿Cómo?
– Tú necesitabas dinero para comprar la droga que ibas a venderle a Gill.
– ¡Ella ya me lo había dado, tontolona!
Clarke, sin replicar al insulto, esperó a que Nancy se diera cuenta de lo que acababa de confesar. El rostro de la joven se ensombreció al comprender que se había ido de la lengua.
– Lo que quiero decir es que… -balbució perdida.
– Gill Morgan te dio dinero para que compraras droga -dijo Clarke-. Te digo la verdad, y esto queda grabado, a mí me importa un rábano. No creo yo que seas una traficante. Si lo hubieras sido, aquella noche te habrías largado sin esperar a que llegáramos. Por eso pienso que no llevabas nada encima, lo que significa que estabas esperando a que te pasaran la droga o ibas en busca de ella.
– ¿Ah, sí?
– Me gustaría saber cuál de las dos cosas.
– La segunda.
– ¿Camino de encontrarte con el camello?
Sievewright asintió con la cabeza.
– Nancy Sievewright asiente con la cabeza -dijo Clarke para que quedara grabado-. ¿Así que no eras tú la que estaba en la puerta del aparcamiento?
– Ya lo he dicho, ¿no?
– Quería estar segura -dijo Clarke volviendo aparatosamente otra página del expediente-. La señorita Morgan aspira a ser actriz -añadió.
– Sí.
– ¿La has visto en alguna actuación?
– No creo que haya actuado en nada.
– Pareces escéptica.
– Primero iba a ser periodista, luego presentadora de televisión, después modelo…
– Lo que se llama una indecisa -dijo Clarke.
– Llámelo como quiera.
– Pero debe de ser divertido ir con ella.
– La invitan a buenas fiestas -dijo Sievewright.
– ¿Pero no siempre va contigo? -aventuró Clarke.
– No mucho -respondió la joven cambiando de postura en la silla.
– Ah, se me olvidaba, ¿cómo os conocisteis?
– En una fiesta en la Ciudad Nueva… Charlé con una de sus amigas en un pub y me dijeron que fuera con ellas.
– ¿Sabes quién es el padre de Gill?
– Sé que debe de tener mucha pasta.
– Es director de un banco.
– Me imagino.
Clarke pasó otra página. Realmente le habría gustado que estuviera Rebus presente para que le transmitiese ideas e hiciera preguntas mientras ella recapacitaba. Todd Goodyear estaba rígido e indeciso y mordía el bolígrafo como un castor una rama.
– Ella trabaja en uno de los recorridos de terror de Edimburgo, ¿lo sabías? -preguntó.
– ¿Puedo tomar algo?
– Ya casi hemos acabado.
Sievewright frunció el ceño como un niño a punto de enfurruñarse. Clarke repitió la pregunta.
– Me llevó con ella una vez -contestó la joven.
– ¿Qué tal estuvo?
Sievewright se encogió de hombros.
– Bien… Un poco aburrido.
– ¿No te dio miedo?
La respuesta fue un resoplido. Clarke cerró despacio el expediente como si fueran a terminar, pero se guardaba otras preguntas. Aguardó a que Sievewright se dispusiera a ponerse en pie antes de hacer la primera.
– ¿Recuerdas la capa que lleva Gill?
– ¿Qué capa?
– La que se pone para hacer de Monje Loco.
– ¿Y qué?
– ¿La has visto alguna vez en su piso?
– No.
– ¿Ella ha ido alguna vez al tuyo?
– Una vez, a una fiesta.
Clarke fingió reflexionar sobre ello un instante.
– Nancy, no voy a imputarte tenencia de drogas, pero me gustaría saber la dirección de quien te las pasa.
– Ni lo sueñe -dijo la joven muy resuelta. Seguía en actitud de levantarse, pensando que ya se marchaba y respondería rápido a cualquier otra pregunta. Clarke tamborileó con las uñas en el expediente.
– Pero le conoces bien.
– ¿Quién lo dice?
– Me imagino que llevabas droga en aquella primera fiesta y eso explica que hicieras amigos tan rápido.
– ¿Y?
– ¿No vas a darme el nombre?
– Ni loca.
– ¿Cómo le conociste?
– A través de un amigo.
– ¿Tu compañero de piso? ¿El que se pinta los ojos?
– Eso a usted no le importa.
– El día que fui allí, del cuarto de estar salía un tufillo… -Sievewright apretó los labios-. Nancy, ¿tienes trato con tus padres?
La pregunta causó cierta impresión en la joven.
– Mi padre se fue de casa cuando yo tenía diez años.
– ¿Y tu madre?
– Vive en Wardieburn.
No era la zona más salubre de Edimburgo.
– ¿La ves a menudo?
– ¿Se trata ahora de un interrogatorio de asistenta social?
Clarke sonrió indulgente.
– ¿Ha vuelto a molestarte el señor Anderson?
– Aún no.
– ¿Crees que volverá?
– Más le valdría no hacerlo.
– Lo curioso es que trabaja en el banco del padre de Gill.
– ¿Y qué?
– ¿Gill no te ha llevado nunca a las fiestas que dan? ¿No será que el señor Anderson te conoce de ellas?
– No -respondió Sievewright.
Clarke dejó que se hiciera un silencio, se reclinó en la silla y puso las manos en la mesa.
– Vamos a ver, para que quede claro, ¿no eres prostituta ni él es un cliente tuyo? -Sievewright la miró furiosa pensando en una respuesta, pero Clarke no le dio oportunidad-. Bueno, ya está -dijo-. Gracias por venir a declarar.
– No me quedaba otro remedio -protestó Sievewright.
– Concluye el interrogatorio a las… -Clarke miró el reloj, dijo la hora para que constara en la grabación, apagó el aparato, extrajo las dos cintas y las guardó en sendas bolsas de plástico, una de las cuales tendió a la joven-. Gracias de nuevo -Sievewright la cogió de un zarpazo-. El agente Goodyear te acompañará.
– ¿Me llevan a mi casa?
– ¿Tú crees que somos un servicio de taxi?
Sievewright replicó con una sonrisita. Goodyear la acompañó afuera y Clarke le indicó con la cabeza que le esperaba arriba. Al cerrarse la puerta, Clarke se llevó el móvil al oído.
– ¿Lo has oído todo?
– Bastante -respondió la voz de Rebus. Ella oyó el clic del encendedor.
– Esto va a costamos a los dos una fortuna en facturas de teléfono.
– Depende de dónde hagas los interrogatorios -replicó él-. Fuera de la comisaría puedo escuchar. Corbyn sólo me prohibió poner el pie en Gayfield Square.
Clarke guardó el casete en el archivador con el expediente y se lo puso bajo el brazo.
– ¿Crees que le he sacado cuanto podía? -preguntó.
– Lo has hecho muy bien. Ha sido muy acertado dejar algunas de las preguntas fuertes para el final… estaba en vilo por si se te olvidaban.
– ¿He olvidado algo?
– Creo que no.
Estaba ya en el pasillo, contenta de que hiciera ocho grados menos de temperatura.
– Sólo una cosa -añadió Rebus-. ¿Por qué le hiciste la pregunta sobre sus padres?
– Realmente, no lo sé. Quizá porque veo a muchas chicas como ella, hogares rotos sin el padre o la madre, con la madre que tiene que salir a trabajar, dejando que la hija se vaya por ahí…
– No te pongas tan en plan liberal conmigo.
– Una chica que se cría en Wardieburn y luego de pronto va a fiestas en la Ciudad Nueva…
– Y distribuye droga -puntualizó Rebus.
Clarke empujó con el hombro la puerta del aparcamiento. Rebus estaba en el Saab, con el móvil arrimado al oído y un cigarrillo en la otra mano. Cerró el móvil cuando él abrió la portezuela de la izquierda, ocupó el asiento del pasajero y cerró. Él se guardó el móvil en el bolsillo.