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La música del Adiós

Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:

Otoño, Edimburgo, hacia el final de la carrera del inspector John Rebus, que intenta cerrar alguno de los casos pendientes antes de jubilarse, cuando aparece muerto joven poeta ruso, al parecer a causa de un atraco que ha salido mal. Como por casualidad, una delegación comercial rusa que intenta de hacer negocios en Escocia visita la ciudad, y políticos y banqueros se muestran decididos a que el caso sea rápidamente cerrado y sin ambigüedades. Pero cuanto más indagan Rebus y su colega, la sargento Siobhan Clarke, más convencidos están de que no se trata de una simple agresión; más aún al producirse un segundo y repugnante homicidio.
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
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– Ya les dije que yo no la vi.

– ¿Tal vez porque eras tú misma?

– ¡Yo no me parezco a la de la foto que me enseñaron!

– Una mujer que ofrecía su cuerpo, y ya se sabe por qué lo hacen algunas, ¿no?

– No me diga.

– Para tener dinero para droga, Nancy.

– ¿Cómo?

– Tú necesitabas dinero para comprar la droga que ibas a venderle a Gill.

– ¡Ella ya me lo había dado, tontolona!

Clarke, sin replicar al insulto, esperó a que Nancy se diera cuenta de lo que acababa de confesar. El rostro de la joven se ensombreció al comprender que se había ido de la lengua.

– Lo que quiero decir es que… -balbució perdida.

– Gill Morgan te dio dinero para que compraras droga -dijo Clarke-. Te digo la verdad, y esto queda grabado, a mí me importa un rábano. No creo yo que seas una traficante. Si lo hubieras sido, aquella noche te habrías largado sin esperar a que llegáramos. Por eso pienso que no llevabas nada encima, lo que significa que estabas esperando a que te pasaran la droga o ibas en busca de ella.

– ¿Ah, sí?

– Me gustaría saber cuál de las dos cosas.

– La segunda.

– ¿Camino de encontrarte con el camello?

Sievewright asintió con la cabeza.

– Nancy Sievewright asiente con la cabeza -dijo Clarke para que quedara grabado-. ¿Así que no eras tú la que estaba en la puerta del aparcamiento?

– Ya lo he dicho, ¿no?

– Quería estar segura -dijo Clarke volviendo aparatosamente otra página del expediente-. La señorita Morgan aspira a ser actriz -añadió.

– Sí.

– ¿La has visto en alguna actuación?

– No creo que haya actuado en nada.

– Pareces escéptica.

– Primero iba a ser periodista, luego presentadora de televisión, después modelo…

– Lo que se llama una indecisa -dijo Clarke.

– Llámelo como quiera.

– Pero debe de ser divertido ir con ella.

– La invitan a buenas fiestas -dijo Sievewright.

– ¿Pero no siempre va contigo? -aventuró Clarke.

– No mucho -respondió la joven cambiando de postura en la silla.

– Ah, se me olvidaba, ¿cómo os conocisteis?

– En una fiesta en la Ciudad Nueva… Charlé con una de sus amigas en un pub y me dijeron que fuera con ellas.

– ¿Sabes quién es el padre de Gill?

– Sé que debe de tener mucha pasta.

– Es director de un banco.

– Me imagino.

Clarke pasó otra página. Realmente le habría gustado que estuviera Rebus presente para que le transmitiese ideas e hiciera preguntas mientras ella recapacitaba. Todd Goodyear estaba rígido e indeciso y mordía el bolígrafo como un castor una rama.

– Ella trabaja en uno de los recorridos de terror de Edimburgo, ¿lo sabías? -preguntó.

– ¿Puedo tomar algo?

– Ya casi hemos acabado.

Sievewright frunció el ceño como un niño a punto de enfurruñarse. Clarke repitió la pregunta.

– Me llevó con ella una vez -contestó la joven.

– ¿Qué tal estuvo?

Sievewright se encogió de hombros.

– Bien… Un poco aburrido.

– ¿No te dio miedo?

La respuesta fue un resoplido. Clarke cerró despacio el expediente como si fueran a terminar, pero se guardaba otras preguntas. Aguardó a que Sievewright se dispusiera a ponerse en pie antes de hacer la primera.

– ¿Recuerdas la capa que lleva Gill?

– ¿Qué capa?

– La que se pone para hacer de Monje Loco.

– ¿Y qué?

– ¿La has visto alguna vez en su piso?

– No.

– ¿Ella ha ido alguna vez al tuyo?

– Una vez, a una fiesta.

Clarke fingió reflexionar sobre ello un instante.

– Nancy, no voy a imputarte tenencia de drogas, pero me gustaría saber la dirección de quien te las pasa.

– Ni lo sueñe -dijo la joven muy resuelta. Seguía en actitud de levantarse, pensando que ya se marchaba y respondería rápido a cualquier otra pregunta. Clarke tamborileó con las uñas en el expediente.

– Pero le conoces bien.

– ¿Quién lo dice?

– Me imagino que llevabas droga en aquella primera fiesta y eso explica que hicieras amigos tan rápido.

– ¿Y?

– ¿No vas a darme el nombre?

– Ni loca.

– ¿Cómo le conociste?

– A través de un amigo.

– ¿Tu compañero de piso? ¿El que se pinta los ojos?

– Eso a usted no le importa.

– El día que fui allí, del cuarto de estar salía un tufillo… -Sievewright apretó los labios-. Nancy, ¿tienes trato con tus padres?

La pregunta causó cierta impresión en la joven.

– Mi padre se fue de casa cuando yo tenía diez años.

– ¿Y tu madre?

– Vive en Wardieburn.

No era la zona más salubre de Edimburgo.

– ¿La ves a menudo?

– ¿Se trata ahora de un interrogatorio de asistenta social?

Clarke sonrió indulgente.

– ¿Ha vuelto a molestarte el señor Anderson?

– Aún no.

– ¿Crees que volverá?

– Más le valdría no hacerlo.

– Lo curioso es que trabaja en el banco del padre de Gill.

– ¿Y qué?

– ¿Gill no te ha llevado nunca a las fiestas que dan? ¿No será que el señor Anderson te conoce de ellas?

– No -respondió Sievewright.

Clarke dejó que se hiciera un silencio, se reclinó en la silla y puso las manos en la mesa.

– Vamos a ver, para que quede claro, ¿no eres prostituta ni él es un cliente tuyo? -Sievewright la miró furiosa pensando en una respuesta, pero Clarke no le dio oportunidad-. Bueno, ya está -dijo-. Gracias por venir a declarar.

– No me quedaba otro remedio -protestó Sievewright.

– Concluye el interrogatorio a las… -Clarke miró el reloj, dijo la hora para que constara en la grabación, apagó el aparato, extrajo las dos cintas y las guardó en sendas bolsas de plástico, una de las cuales tendió a la joven-. Gracias de nuevo -Sievewright la cogió de un zarpazo-. El agente Goodyear te acompañará.

– ¿Me llevan a mi casa?

– ¿Tú crees que somos un servicio de taxi?

Sievewright replicó con una sonrisita. Goodyear la acompañó afuera y Clarke le indicó con la cabeza que le esperaba arriba. Al cerrarse la puerta, Clarke se llevó el móvil al oído.

– ¿Lo has oído todo?

– Bastante -respondió la voz de Rebus. Ella oyó el clic del encendedor.

– Esto va a costamos a los dos una fortuna en facturas de teléfono.

– Depende de dónde hagas los interrogatorios -replicó él-. Fuera de la comisaría puedo escuchar. Corbyn sólo me prohibió poner el pie en Gayfield Square.

Clarke guardó el casete en el archivador con el expediente y se lo puso bajo el brazo.

– ¿Crees que le he sacado cuanto podía? -preguntó.

– Lo has hecho muy bien. Ha sido muy acertado dejar algunas de las preguntas fuertes para el final… estaba en vilo por si se te olvidaban.

– ¿He olvidado algo?

– Creo que no.

Estaba ya en el pasillo, contenta de que hiciera ocho grados menos de temperatura.

– Sólo una cosa -añadió Rebus-. ¿Por qué le hiciste la pregunta sobre sus padres?

– Realmente, no lo sé. Quizá porque veo a muchas chicas como ella, hogares rotos sin el padre o la madre, con la madre que tiene que salir a trabajar, dejando que la hija se vaya por ahí…

– No te pongas tan en plan liberal conmigo.

– Una chica que se cría en Wardieburn y luego de pronto va a fiestas en la Ciudad Nueva…

– Y distribuye droga -puntualizó Rebus.

Clarke empujó con el hombro la puerta del aparcamiento. Rebus estaba en el Saab, con el móvil arrimado al oído y un cigarrillo en la otra mano. Cerró el móvil cuando él abrió la portezuela de la izquierda, ocupó el asiento del pasajero y cerró. Él se guardó el móvil en el bolsillo.

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