La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Las personas que no eran de Arras, y que no lo conocían, se quedaron pasmadas cuando el joven fue nombrado uno de los ocho diputados para el tercer estado de Artois. Era torpe, no tenía dotes de orador, ni estilo, ni nada.
– Veo que has pagado a tu sastre -dijo su hermana Charlotte-. Y al guantero. Da la impresión de que estás a punto de marcharte.
– ¿Preferirías que me descolgara una noche por la ventana con un hatillo? Podrías decirles que me he embarcado.
Pero Charlotte insistió:
– Tendrás que arreglar tus asuntos antes de irte.
– ¿Te refieres a Anaïs? -preguntó Maximilien, alzando la vista de una carta que estaba escribiendo a un viejo compañero de escuela-. Dice que está dispuesta a esperar el tiempo que haga falta.
– No te esperará. Conozco bien a las jóvenes. Te aconsejo que la olvides.
– Te agradezco el consejo.
Charlotte lo miró con recelo, pero el rostro de su hermano expresaba sinceridad. Maximilien siguió escribiendo:
Querido Camille:
Supongo que no te sorprenderá saber que estoy a punto de partir para Versalles. No imaginas las ganas que tengo…
Maximilien de Robespierre, 1789, en el caso Dupond
La recompensa del hombre honesto es saber que ha deseado el bien de su prójimo. Después viene el reconocimiento de las naciones, que conserva siempre en su memoria, y los honores otorgados por sus coetáneos… Desearía adquirir esas recompensas al precio de una vida laboriosa, incluso al precio de una muerte prematura.
París: el 1 de abril, D’Anton fue a votar en la iglesia de los franciscanos, a quienes los parisienses llamaban «cordeliers». Iba acompañado por Legendre, el carnicero, un hombre alto y corpulento, autodidacta, que tenía la costumbre de mostrarse de acuerdo con todo cuanto decía D’Anton.
– Un hombre como usted… -había dicho Fréron con tono de admiración.
– Un hombre como yo no puede permitirse el lujo de presentarse como candidato -contestó D’Anton-. Si no me equivoco, pagan a los diputados dieciocho francos por sesión. Y tendría que residir en Versalles. Tengo una familia, no puede abandonar mi bufete.
– Pero me parece que se siente decepcionado -dijo Fréron.
– Es posible.
En lugar de regresar a casa, los votantes formaron unos grupos frente a la iglesia de los cordeliers, donde permanecieron charlando y especulando. Fabre no había votado porque no pagaba suficientes impuestos.
– ¿Por qué no podemos tener los mismos privilegios que en las provincias?-preguntó indignado al marqués de Saint-Huruge.
Louise Robert cerró la tienda y salió del brazo de François. Llevaba las mejillas pintadas de colorete y un vestido de la temporada pasada.
– Imagínense lo que sucedería si las mujeres pudiéramos votar -dijo-. Maître d’Anton opina que las mujeres tenemos mucho que aportar a la vida política, ¿no es cierto?
– No -contestó D’Anton.
– Toda la comarca se ha echado a la calle -observó Legendre. Estaba satisfecho. Había pasado su juventud en el mar y le gustaba sentir que pertenecía a un lugar.
A media tarde apareció inesperadamente Hérault de Séchelles.
– He decidido acercarme para comprobar cómo iba todo -dijo.
D’Anton, sin embargo, tuvo la impresión de que había venido a verlo a él. Tras coger un pellizco de rapé, Hérault ofreció a Legendre la cajita, que tenía la efigie de Voltaire en la tapa.
– Es nuestro carnicero -dijo D’Anton, disfrutando del efecto.
– Encantado -respondió Hérault sin inmutarse. Más tarde D’Anton lo sorprendió examinando disimuladamente sus puños para comprobar si los tenía manchados de sangre y grasa de buey-. ¿Has estado esta mañana en el Palais-Royal? -preguntó a D’Anton.
– No, tengo entendido que se ha producido un tumulto…
– Haces bien en mantenerte al margen -terció Louise Robert.
– ¿Así que no has visto a Camille?
– Está en Guise.
– No, ha vuelto. Lo vi ayer acompañado de ese inefable gusano, Jean-Paul Marat. ¿No conoces al doctor? No te pierdes nada, ese individuo tiene antecedentes penales en la mitad de los países de Europa.
– No puedes condenar a un hombre por eso -dijo D’Anton.
– Tiene fama de déspota. Era el médico de los empleados domésticos del conde d’Artois, y dicen que era el amante de una marquesa.
– Supongo que no lo creerás.
– No puedo renegar de mis orígenes -replicó Hérault, irritado-. ¿O pretendes que imite a la señorita Kéralio y abra una tienda? ¿O que me ponga a trabajar para tu carnicero? En fin, no merece la pena enfadarse por esas tonterías. Debe de ser el aire de la comarca. Ten cuidado. Marat se propone participar.
– ¿Por qué lo llamas «inefable gusano»?
– Porque lo es. Se ha largado de su casa, lo ha abandonado todo para vivir como un vagabundo.
Hérault se estremeció ante las horribles imágenes que esas palabras evocaban en su mente.
– ¿A qué se dedica?
– Según parece, a destruirlo todo.
– Un negocio muy lucrativo.
– Es absolutamente cierto. Pero en realidad he venido para pedirte algo relacionado con Camille, es urgente…
– Oh, Camille -dijo Legendre, añadiendo una expresión que no había usado desde los tiempos en que estaba enrolado en un barco mercante.
– Tiene usted razón -contestó Hérault-, pero no me gustaría que lo arrestara la policía. El Palais-Royal está lleno de gente subida en sillas, lanzando discursos incendiarios. No sé si se encuentra allí en estos momentos, pero ayer estaba, y anteayer…
– ¿Camille ha pronunciado un discurso?
Parecía improbable, pero posible. D’Anton recordó una noche, hacía algunas semanas. Fabre estaba bebido. Todos estaban bebidos. De pronto, Fabre dijo:
– Todos vamos a convertirnos en personajes públicos. ¿Recuerdas lo que te dije sobre tu voz, D’Anton, cuando nos conocimos? Te dije que debías ser capaz de hablar durante horas, que tenías que aprender a respirar correctamente. Has mejorado mucho, pero debes seguir practicando. Una cosa es hablar en la sala de un tribunal, y otra muy distinta ante una multitud…
Luego se levantó y apoyó las yemas de los dedos en las sienes de D’Anton.
– Pon los dedos ahí -dijo-. ¿Sientes la resonancia? Ahora colócalos ahí y ahí -añadió, indicando los pómulos y las mandíbulas-. Te enseñaré a declamar como un actor. Esta ciudad será nuestro escenario.
– El Libro de Ezequiel -dijo Camille-. «Esta ciudad es la caldera, y nosotros la carne.»
Fabre se giró y le espetó:
– ¡Deja de tartamudear!
– Déjame en paz -respondió Camille.
Fabre se levantó de un salto y agarró a Camille por los hombros.
– Te enseñaré a hablar correctamente aunque tenga que matarte -dijo.
Camille se protegió la cabeza con las manos mientras Fabre seguía increpándolo. D’Anton estaba demasiado cansado para intervenir.
Ahora, a la luz de una esplendorosa mañana de abril, se preguntó si esa escena había ocurrido realmente. No obstante, echó a andar.
Los jardines del Palais-Royal estaban atestados. Hacía un calor sofocante, como en plena canícula estival. Las tiendas estaban abiertas y el negocio iba viento en popa. La gente charlaba, discutía y reía; los agentes de Bolsa se habían quitado la corbata y bebían limonada, y los parroquianos de los cafés se paseaban por los jardines, abanicándose con el sombrero. Unas jóvenes habían salido a tomar un poco de aire, a exhibir sus vestidos veraniegos y a compararse con las prostitutas, que habían acudido en tromba para intentar captar algún cliente. Los perros callejeros correteaban por entre las piernas de los paseantes mientras los vendedores ambulantes anunciaban sus mercancías. Flotaba un ambiente festivo, aunque peligroso.