El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
Respiré hondo. Aquélla era al menos la tercera fase del rescate de Bill. Resultaba escalofriante pensar en la cantidad de cosas que habían salido bien por mera suerte, pero ni siquiera los planes mejor pensados tienen en cuenta todas las casualidades. No sería posible. Así que, generalmente, mis planes solían dejar un amplio espacio a la improvisación.
Giré con el coche y salí del patio. El camino describía una suave curva y cruzaba por delante del edificio principal. Por primera vez, vi la fachada de la mansión. Era preciosa, con las paredes pintadas de blanco y enormes columnas, como me había imaginado. Russell se había gastado una buena suma en la restauración de ese sitio.
El camino discurría irregular por los terrenos, que parecían perfectamente arreglados a pesar de la estación invernal. Por muy largo que fuese, se hacía demasiado corto. Pude ver el muro frente a mí. Allí estaba el puesto de control de la puerta, y había alguien en él. Sudaba a pesar del frío.
Me detuve justo delante de la puerta. Había un pequeño cubículo blanco a un lado, de cristal desde el nivel de la cintura para arriba. Se extendía a ambos lados del muro, de forma que los guardas podían comprobar tanto los vehículos entrantes como los salientes. Más valía que tuviese calefacción, por el bien de los dos licántropos que estaban de servicio. Ambos vestían de cuero y parecían muy gruñones. Habían pasado una dura noche, no cabía duda al respecto. Mientras detenía el coche, tuve que resistirme a un abrumador impulso de atravesar esas puertas a la carrera. Uno de los licántropos salió. Llevaba un rifle, así que me alegré de no haber cedido al impulso.
– Supongo que Bernard ya os habrá dicho que me marchaba esta mañana -dije, tras bajar la ventanilla. Traté de sonreír.
– ¿Tú eres ésa a la que clavaron la estaca anoche? -mi interrogador era hosco, iba sin afeitar y olía a perro mojado.
– Sí.
– ¿Cómo te encuentras?
– Mejor, gracias.
– ¿Volverás para la crucifixión?
No debí de haberle escuchado bien.
– ¿Cómo dices?-le pregunté débilmente.
Su compañero, que había salido hasta la puerta del cubículo, dijo:
– Cierra el pico, Doug.
Doug enfiló a su compañero licántropo con la mirada, pero se encogió de hombros tras comprobar que no surtía efecto alguno.
– Vale, puedes irte.
Las puertas se abrieron con demasiada lentitud para lo que me habría gustado. Cuando el espacio fue suficiente y los licántropos hubieron dado un paso atrás, inicié la marcha con mucha tranquilidad. De repente, me di cuenta de que no tenía ni idea de hacia dónde ir, pero parecía lógico girar a la derecha, pues quería volver a Jackson. Mi subconsciente me decía que anoche habíamos girado a la derecha para entrar en el camino de la mansión.
Mi subconsciente era un mentiroso de cuidado.
Al cabo de cinco minutos, estaba bastante segura de que nos habíamos perdido. El sol seguía ascendiendo con naturalidad, a pesar de la masa de nubes. No podía recordar si la manta cubría suficientemente a Bill, ni cuan aislado estaba el maletero de la luz del sol. A fin de cuentas, el transporte seguro de vampiros era algo que los fabricantes de coches no podían incluir en su lista de especificaciones.
Por otra parte, me dije que si el maletero era impermeable (algo muy importante), ¿por qué no iba a proteger su interior también del sol? Aun así, lo esencial era encontrar un lugar oscuro en el que aparcar el Lincoln y dejarlo las horas diurnas que quedaban. Si bien cada uno de mis impulsos me impelía a conducir lo más lejos posible de la mansión, por si alguien reparaba en la desaparición de Bill y ataba cabos, me aparté hacia el lado de la carretera y abrí la guantera. ¡Que Dios bendiga América! Había un mapa de Misisipi con un plano de Jackson.
Lo cual habría sido de gran ayuda de saber dónde demonios me encontraba en ese momento.
Cuando una se ve envuelta en huidas a la desesperada no debería perderse.
Respiré hondo unas cuantas veces, volví a salir a la carretera y conduje hasta encontrarme con una concurrida estación de servicio. Aunque el tanque del Lincoln estaba lleno (gracias, Eric), entré y aparqué junto a uno de los surtidores. El coche de al lado era un Mercedes negro, y la mujer que estaba repostando era de mediana edad y aspecto inteligente, vestida con ropa cómoda e informal. Mientras sacaba el rodillo de goma para el parabrisas de su cubo de agua, le pregunté:
– Usted no sabrá cómo volver a la Interestatal 20 desde aquí, ¿verdad?
– Oh, claro que sí -dijo ella. Sonrió. Era el tipo de persona a la que le encantaba ayudar a otra gente, y yo le estaba agradecida a mi buena estrella por habérmela encontrado-. Esto es Madison, y Jackson está al sur de aquí. La Interestatal 55 puede que esté a un kilómetro por ese camino -apuntó hacia el oeste-. Coja la Interestatal 55 dirección sur y dará de frente con la Interestatal 20. También podría tomar la…
Estaba a punto de estallar con tanta información.
– Oh, eso parece perfecto. Deje que pruebe con eso, o me volveré a perder.
– Claro, me alegro de haber sido de utilidad.
– No sabe cuánto.
Nos dedicamos mutuas miradas de mujeres simpáticas. Tuve que combatir el impulso de decir: «Hay un vampiro torturado en mi maletero», por el puro vértigo de la situación. Había rescatado a Bill y seguía viva, y esa misma noche estaríamos de regreso a BonTemps. La vida sería maravillosamente desenfadada. Salvo, por supuesto, por el asunto de lidiar con mi novio infiel, averiguar si habían descubierto el cadáver del licántropo del que nos habíamos deshecho en BonTemps, arriesgarme a escuchar lo mismo sobre el muerto que habíamos encontrado en el armario de Alcide y esperar a la reacción de la reina de Luisiana con respecto a la indiscreción de Bill con Lorena. Por indiscreción me refiero a la verbaclass="underline" ni por un minuto pensé que sus actividades sexuales pudieran importarle un comino.
Aparte de eso, todo iba sobre ruedas.
– Bástenle a cada día sus propias preocupaciones -me dije. Era la cita bíblica favorita de la abuela. Cuando tenía unos nueve años, le pedí que me la explicara, y me dijo: «No hace falta que te busques problemas; ellos ya te están buscando a ti».
Con eso en mente, me aclaré las ideas. Mi siguiente objetivo era simplemente volver a Jackson y al cobijo del aparcamiento. Seguí las instrucciones que me había dado la amable mujer y, al cabo de media hora, me sentí aliviada mientras entraba en Jackson.
Sabía que si lograba encontrar el capitolio del Estado, podría localizar el apartamento de Alcide. No me había fijado en que las calles eran de un solo sentido, y tampoco había prestado mucha atención cuando Alcide me hizo el tour por el centro de Jackson. Pero no hay tantos edificios de cinco plantas en todo Misisipi, ni siquiera en la capital. Tras un intenso momento de lanzar juramentos, lo divisé.
«Bueno», pensé, «se acabaron todos mis problemas». ¿No es acaso estúpido pensar así?
Me desvié hacia la zona donde se encontraba el cubículo del guarda, donde había que esperar a que a una la reconocieran antes de que el tipo le diese a la manivela, pulsara el botón o hiciera lo que demonios fuese necesario para levantar la barrera. Me horrorizaba la idea de que no me dejase pasar porque me faltara una pegatina especial, como la que tenía Alcide en su camioneta.
No había nadie. El cubículo estaba vacío. Eso no era normal en absoluto. Fruncí el ceño, preguntándome qué hacer a continuación. Pero entonces apareció el guarda, enfundado en su uniforme marrón oscuro, caminando pesadamente por la rampa. Cuando vio que estaba esperando, pareció afligido, y se apresuró hacia el coche. Suspiré. Tendría que hablar con él después de todo. Pulsé el botón para bajar la ventanilla.
– Lamento haber estado ausente del puesto -dijo al momento-. Tenía que, eh… Necesidades personales.