La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
El Gobierno hubiera debido mostrarse más comprensivo. Si le hubieran dado un cargo el año pasado, algo a la altura de su talento, digamos la Embajada de Constantinopla o de Petrogrado, habría quemado el libro o lo hubiera arrojado al estanque. Si le hubieran hecho caso, en estos momentos no se dispondría a darles una lección.
Así pues, la nobleza lo había repudiado. Perfectamente. Hace tres días había visitado Aix-en-Provence en calidad de candidato para el tercer estado. ¿Y qué pasó? Pues que se habían producido unas escenas de delirante entusiasmo. La gente gritaba y lo aclamaba, llamándole «padre de la Patria». Su popularidad era evidente. Cuando regresó a París, las campanas de Aix todavía resonaban en sus oídos, mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo nocturno del sur. Un fuego vivo. Iría a Marsella, donde estaba seguro que le dispensarían un recibimiento no menos clamoroso y espléndido. Para mayor seguridad, decidió publicar en la ciudad un panfleto anónimo ensalzando sus propios méritos.
¿Qué iba a hacer con esos gusanos de Versalles? ¿Mostrarse conciliador? ¿Injuriarlos? ¿Acaso se atreverían a arrestarlo en plenas elecciones generales?
Un panfleto por el abate Sieyès, 1789
¿Qué significa el tercer estado?
Todo.
¿Qué ha representado, hasta ahora?
Nada.
¿Qué pretende?
Convertirse en algo.
La primera asamblea electoral del tercer estado de Guise, en la comarca de Laon: 5 de marzo de 1789. Preside maître Jean-Nicolas Desmoulins, teniente general de la jurisdicción de Vermandois, asistido por el señor Saulce, procurador, y el señor Marriage, secretario. Asisten doscientas noventa y dos personas.
En deferencia a tan solemne ocasión, el hijo del señor Desmoulins se había sujetado el cabello con una cinta verde. Por la mañana llevaba una cinta negra, pero afortunadamente recordó que el negro era el color de los habsburgos y de María Antonieta, y no quería producir una mala impresión. En cambio el verde era el color de la libertad y la esperanza. Su padre le esperaba junto a la puerta, nervioso y luciendo un sombrero nuevo.
– Nunca he entendido por qué la esperanza se considera una virtud -dijo Camille-. Me parece una virtud muy egoísta.
Hacía un día frío y gris. Al llegar a la rue Grand-Pont, Camille se detuvo de pronto y rogó a su padre:
– Acompáñame a Laon, a la asamblea comarcal. Háblales en favor mío.
– ¿Crees que debería apartarme y cederte mi lugar? -preguntó Jean-Nicolas-. Lamentablemente no has heredado los rasgos por los que el electorado me prefiere a mí. Sé que en Laon hay ciertas personas que te apoyan, pero no te conocen personalmente, no han intentado hablar cinco minutos seguidos contigo. No, Camille, no te ayudaré.
Camille abrió la boca para responder, pero su padre lo interrumpió:
– ¿Crees que es una buena idea que nos detengamos a discutir en medio de la calle?
– Sí, ¿por qué no?
Jean-Nicolas cogió a su hijo del brazo. No quedaría muy digno que lo llevara a rastras a la reunión, pero estaba dispuesto a hacerlo si era necesario.
– Vamos -dijo-, antes de que nos den por perdidos.
– Por fin habéis llegado -dijeron los primos Viefville.
El padre de Rose-Fleur miró a Camille y le espetó:
– Confiaba en no encontrarme contigo, pero supongo que eres miembro del colegio de abogados local y tu padre dijo que no podíamos dejarte al margen. Ésta es probablemente tu última oportunidad de participar en los asuntos de la nación. He oído decir que te dedicas a escribir panfletos. No es un método de persuasión que suelan utilizar los caballeros.
Camille sonrió amablemente al señor Godard y dijo:
– Maître Perrin le envía sus saludos.
Después de la reunión, lo único que le quedaba por hacer a Jean-Nicolas era ir a recoger en Laon los documentos que consignaban el apoyo formal del electorado. Adrien de Viefville, alcalde de Guise, les acompañó. Jean-Nicolas parecía aturdido por su victoria. Tenía que empezar a hacer el equipaje para trasladarse a Versalles. Cuando atravesaron la Place des Armes, se detuvo y contempló su casa.
– ¿Qué haces? -preguntó su primo.
– Inspecciono el alcantarillado -contestó Jean-Nicolas.
A la mañana siguiente, maître Desmoulins no apareció a la hora del desayuno. Madeleine soñaba con el ambiente festivo, las felicitaciones, las risas. Pero sólo se sentó una de sus hijas a la mesa -los demás estaban resfriados-, y precisamente la que no conocía muy bien y que además se negaba a desayunar.
– No sé qué demonios le sucede -dijo Madeleine-. No esperaba que se comportara así precisamente hoy. Eso nos pasa por querer imitar a la realeza y dormir en alcobas separadas. Nunca sé lo que está pensando ese cerdo.
– Si quieres iré a buscarlo -dijo Camille.
– No, no te molestes. Tómate otra taza de café. Probablemente me enviará una nota.
Madeleine observó a su hija mayor. La niña no conseguía tragarse un pedazo de brioche que acababa de meterse en la boca.
– ¿Qué nos ha pasado? -preguntó angustiada Madeleine-. ¿Qué te ha pasado a ti? -Sentía deseos de romper a llorar.
Al cabo de un rato una doncella les comunicó que Jean-Nicolas no se encontraba bien. Tenía dolores. El médico le habría ordenado que guardara cama unos días. Madeleine envió recado a casa del alcalde.
– ¿Se trata de mi corazón? -preguntó Desmoulins angustiado. Si lo es, pensaba, Camille tiene la culpa.
– Le he explicado varias veces dónde tiene el corazón y dónde tiene los riñones, y el estado de esos órganos. Su corazón está perfectamente sano, pero viajar a Versalles con esos riñones me parece una locura. Dentro de dos años cumplirá sesenta, y debe tomarse las cosas con más tranquilidad. Además…
– ¿Qué iba a decir?
– Es más probable que los acontecimientos de Versalles le provoquen un ataque de corazón que lo que pueda hacer su hijo.
Jean-Nicolas se reclinó sobre las almohadas. Tenía el rostro de un color amarillento debido al dolor y la frustración. Los Viefville se habían reunido en el salón, junto con los Godard y todos los funcionarios electorales.
– Dígale que tiene el deber de ir a Versalles -dijo Camille al médico-. Aunque le cueste la vida.
– Siempre fuiste un niño cruel -respondió el señor Saulce.
Camille se acercó a un grupo formado por los De Viefville y dijo:
– Enviad me a mí.
Jean-Louis de Viefville des Essarts, abogado, parlamentario, lo miró a través de sus quevedos y contestó:
– No te enviaría ni al mercado a comprar una lechuga.
Artois: los tres estados se reunieron por separado, y las asambleas del clero y la nobleza indicaron que dada la crisis por la que atravesaba el país estaban dispuestas a sacrificar algunos de sus antiguos privilegios. El tercer estado empezó a proponer un efusivo voto de agradecimiento.
De pronto, un joven de Arras tomó la palabra. Era bajo y delgado, e iba vestido con una elegante casaca y una inmaculada camisa blanca. Tenía un rostro inteligente y sincero, una barbilla estrecha y unos grandes ojos azules ocultos tras las gafas. Su voz era poco potente, y a la mitad del discurso se apagó momentáneamente; la gente tuvo que inclinarse hacia adelante y preguntar a sus vecinos lo que había dicho. Pero no eran sus escasas aptitudes de orador lo que causó consternación en la sala sino lo que dijo. Y lo que dijo fue que el clero y la nobleza no habían hecho nada digno de elogio, tan sólo prometer que rectificarían sus errores, de modo que era absurdo darles las gracias.