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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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Y lo habría conseguido en un momento, de no ser porque estaba tan sorprendida como yo. Retorcí mi brazo para librarme de su presa y pivoté alrededor de la silla de Bill. Ella sacó los colmillos y empezó a gruñirme por encima de la cabeza de Bill. Era rubia, como yo, pero sus ojos eran marrones y tenía menor complexión física; de hecho, era muy baja. Tenía sangre reseca en las manos, y supe que era de Bill. Una llamarada me recorrió las entrañas. Pude sentir que su calor destelló a través de mis ojos.

– Tú debes de ser su putita humana -dijo-. Me lo he estado follando todo este tiempo, ¿me oyes? En cuanto me vio, se olvidó por completo de ti, salvo por la pena que le inspirabas.

Bien, pues Lorena no era nada elegante, pero sí sabía cómo hacerme daño. Me desembaracé de sus palabras, cuya única intención eran distraerme. Me cambié la estaca de mano para estar lista, y ella saltó por encima de Bill para acabar sobre mí.

En cuanto se movió, alcé inconscientemente la estaca y apunté en ángulo. Al aterrizar encima de mí, la afilada punta se hundió en su pecho y la atravesó de lado a lado. Nos quedamos tendidas en el suelo. Yo aún sostenía el extremo de la estaca, mientras ella permanecía apartada de mí, apoyando las manos sobre el suelo. Bajó la vista hacia el trozo de madera que le atravesaba el pecho, pasmada. Entonces me miró a los ojos con la boca abierta y los colmillos en franca retirada.

– No -dijo, y sus ojos se volvieron vidriosos.

Empleé la estaca para quitármela de encima, dejándola caer a mi izquierda, y me incorporé como pude. Jadeaba, y las manos me temblaban con violencia. Ella no se movió. Todo el incidente había sido tan rápido y silencioso, que apenas me resultó real.

Los ojos de Bill pasaron de la cosa que yacía en el suelo a mí. Su expresión era inescrutable.

– Bueno -le dije-. Ahora he sido yo quien le ha dado por culo.

Acto seguido me encontré de rodillas al lado del cadáver, tratando de no vomitar.

Me llevó unos valiosísimos segundos recuperar el control. Tenía un objetivo que alcanzar. Su muerte no me serviría de nada si no conseguía sacar a Bill de allí antes de que viniese alguien. Tenía que obtener alguna ventaja de un acto tan horrible.

No sería mala idea esconder el cuerpo, que empezaba a arrugarse, pero eso tendría que hacerse después de sacar a Bill. Le puse la manta sobre los hombros mientras él seguía recostado sobre la silla manchada. No me atrevía a mirarle a la cara después de lo que había hecho.

– ¿Esa era Lorena? -susurré al oído de Bill, invadida por una súbita duda-. ¿Ella te hizo esto?

Hizo un imperceptible asentimiento.

Pim, pam, pum, la bruja era historia.

Después de una pausa, mientras esperaba a sentir algo, lo único que se me pasó por la cabeza fue preguntarle a Bill por qué alguien llamado Lorena tendría un acento extranjero. Era una soberana tontería, así que me olvidé de ello.

– Tienes que despertarte. Tienes que mantenerte despierto hasta que te meta en el coche, Bill -trataba de mantener un ojo mental abierto de cara a los licántropos de la habitación contigua. Uno de ellos empezó a roncar tras la puerta cerrada, y pude sentir la presencia mental de otro, uno que no había podido ver antes. Me quedé helada durante varios segundos, hasta que sentí que esa mente regresaba a un patrón de sueño. Respiré muy profundamente y cubrí la cabeza de Bill con una porción de manta. Me eché su brazo izquierdo alrededor del cuello y lo levanté. Abandonó la silla, y, si bien lanzó un hondo siseo de dolor, logró arrastrarse hasta la puerta. Lo estaba llevando casi a peso, así que me alegré de poder detenerme allí para girar el pomo. Entonces casi lo perdí, pues se estaba quedando literalmente dormido de pie.

Sólo el miedo a que nos atraparan ejercía de estímulo suficiente para que siguiera moviéndose.

La puerta se abrió, y comprobé la manta, que resultó ser peluda y amarilla, para asegurarme de que le cubría completamente la cabeza. Bill gimió y flaqueó al sentir la luz del sol, a pesar de lo débil que era ésta aún. Empecé a hablarle entre respiraciones pesadas, maldiciéndolo y retándolo a que siguiera moviéndose, diciéndole que yo podía mantenerlo despierto si esa zorra de Lorena lo había conseguido, que sería capaz de pegarle si no conseguía llegar al coche.

Finalmente, con un tremendo esfuerzo que me dejó temblando, llevé a Bill hasta el maletero del coche. Lo abrí.

– Bill, siéntate en el borde -le dije, tirando de él hasta que me encaró y se sentó en el borde del maletero. Pero en ese momento, la vida se le escapó y se cayó redondo de espaldas. Al caer en el espacio libre del maletero, emitió un profundo sonido de dolor que me desgarró el corazón. Después, se quedó en silencio e inconsciente.

Era aterrador ver desvanecerse a Bill así. Quería zarandearlo, gritarle, golpearle el pecho.

Pero nada de eso serviría.

Me centré en terminar de meterlo (una pierna, un brazo) en el maletero y luego lo cerré. Me permití el lujo de un instante de intenso alivio.

De pie, bajo la tenue luz, en el patio desierto, mantuve un breve debate interno. ¿Debería ocultar el cuerpo de Lorena? ¿Merecería ese esfuerzo el tiempo y la energía?

Cambié de opinión alrededor de seis veces a lo largo de treinta segundos. Finalmente decidí que sí, podría merecer la pena. Si no veían el cuerpo, los licántropos podrían suponer que Lorena se había llevado a Bill a alguna parte para realizar una sesión extra de torturas. Y dado que Russell y Betty Joe seguían inconscientes, serían incapaces de impartir instrucciones a nadie. No me parecía que Betty Joe me estuviera tan agradecida por lo del otro día como para perdonarme la vida si me pillaba en ese preciso momento. Una muerte rápida sería lo máximo a lo que podría aspirar.

Tomada la decisión, regresé a la horrible habitación manchada de sangre. La desdicha impregnaba las paredes, junto con la sangre. Me pregunté cuántos humanos, licántropos y vampiros habían sido mantenidos prisioneros en esa habitación. Recogí las cadenas con todo el silencio que me fue posible y las metí en la blusa de Lorena, para que cualquiera que registrara la habitación supusiera que aún las llevaba Bill. Miré en derredor para comprobar si quedaba algo por limpiar. Había ya tanta sangre por todas partes, que la de Lorena no llamaba la atención.

Era hora de largarse.

Para evitar que arrastrara sus tacones e hiciera ruido, me la eché al hombro. Nunca había hecho nada parecido antes, por lo que el proceso fue un tanto extraño. Afortunadamente para mí, ella era muy bajita y yo tenía una dilatada práctica en bloquear ideas. De lo contrario, la forma en la que Lorena colgaba, completamente inerte, y en la que empezaba a descascarillarse, me habría vuelto las tripas del revés. Apreté los dientes para contener la erupción de histeria que trataba de abrirse paso por mi garganta.

Llovía a cántaros cuando llevé el cuerpo hasta la piscina. Sin la sangre de Eric, jamás habría sido capaz de levantar los pesos de la lona que la cubría, pero lo conseguí con una sola mano y tiré lo que quedaba de Lorena al agua con un pie. Era consciente de que, en cualquier momento, cualquiera podría mirar por alguna de las ventanas de la parte posterior de la mansión y verme. Si algún humano de los que habitaban la casa lo hizo, decidió guardar silencio.

Empezaba a sentirme abrumadoramente fatigada. Caminé pesadamente de regreso por el camino de losas, atravesé la cerca y llegué al coche. Me apoyé en él un momento para recuperar el aliento y reponerme un poco. Luego me subí al asiento del conductor y encendí el motor. El Lincoln era el coche más grande que había conducido jamás, y uno de los más lujosos en los que me había montado, pero en ese momento no podía permitirme saborear el placer. Me abroché el cinturón de seguridad, ajusté espejo y asiento y miré el salpicadero con cuidado. Necesitaría los limpiaparabrisas, era evidente. Ese coche era de los nuevos, así que las luces se encendieron solas. Una preocupación menos.

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