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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Los que consiguen llegar a París con sus fuerzas intactas se ponen a buscar trabajo, pero no lo encuentran. Los productos no llegan a la ciudad porque se ha helado el río. No hay tejidos que teñir, ni pieles que curtir, ni maíz. Los barcos permanecen aprisionados por el hielo, mientras el grano se pudre en sus bodegas.

Los pordioseros se refugian donde pueden. No hablan sobre la situación, porque no hay nada que decir. Hacia el atardecer se dirigen a los mercados porque cuando cierran, el pan que sobra es vendido a bajo precio o regalado; las primeras en aparecer son las feroces amas de casa parisienses. Al cabo de unas semanas, al mediodía ya no queda pan. Les dicen que el duque de Orléans regala miles de hogazas de pan a los indigentes como ellos. Pero los mendigos de París se les adelantan, dispuestos a pasar sobre el cadáver de quien sea con tal de llegar los primeros. Se reúnen en patios traseros, en los pórticos de las iglesias, al abrigo del viento. Los niños y los viejos son admitidos en los hospitales. Las atribuladas monjas tratan de arreglárselas con el escaso material y el pan duro de que disponen. Les dicen que los designios de Dios son maravillosos, porque si hiciera calor estallaría una epidemia. Las mujeres lloran de miedo al dar a luz.

Incluso los ricos experimentan ciertos trastornos. No es suficiente dar limosnas a los pobres; las calles y avenidas más elegantes están sembradas de cadáveres. Cuando las gentes distinguidas se apean de sus carrozas, se cubren la cara con sus capas para no helarse la nariz y para no contemplar el siniestro espectáculo.

– ¿Regresas a casa para las elecciones? -preguntó Fabre-. ¿Cómo puedes abandonarme, Camille, con nuestra novela a medio escribir?

– No te preocupes -respondió Camille-. Es posible que cuando regrese no tengamos que recurrir a la pornografía para subsistir. Quizá dispongamos de otras fuentes de ingresos.

Fabre sonrió.

– ¿Acaso crees que las elecciones son como hallar una mina de oro? Me gusta verte tan frágil y agresivo, hablas como un personaje de una obra. No estarás tísico, ¿verdad? ¿Tienes fiebre? -preguntó Fabre, tocando la frente de Camille-. ¿Crees que resistirás hasta mayo?

De un tiempo a esta parte, al despertarse por las mañanas, Camille deseaba taparse de nuevo con la sábana y permanecer acostado. Siempre tenía jaqueca y no entendía una palabra de lo que le decían.

Dos cosas -la revolución y Lucile- le parecían más remotas que nunca. Sabía que la una iba aparejada con la otra. Hacía una semana que había visto a Lucile, brevemente. Ella se había comportado con frialdad.

– No quiero mostrarme antipática -dijo-, pero temo revelar mis emociones.

En ocasiones, Camille hablaba de una reforma pacífica, confesaba ser republicano pero afirmaba no tener nada en contra de Luis, al que consideraba un buen hombre. Se expresaba como todo el mundo.

– A mí no me engañas -solía decirle D’Anton-. A ti te gusta la violencia.

Camille fue a ver a Claude Duplessis para decirle que tenía el porvenir asegurado. Aunque Picardía no le enviara como diputado a los Estados (fingía creer que era probable) sin duda enviaría a su padre.

– Ignoro qué clase de hombre es su padre -respondió Claude-, pero si es inteligente procurará no tener tratos con usted mientras se halle en Versalles, para ahorrarse problemas. -Su mirada, fija en un punto elevado de la pared, descendió hasta el rostro de Camille y lo miró con desprecio-. Mi hija es una muchacha caprichosa, idealista e inocente. No sabe lo que son las privaciones ni las dificultades. Cree saber lo que desea, pero se equivoca. Yo sé perfectamente lo que desea.

Tras esas palabras, Camille se marchó. No volvieron a encontrarse hasta al cabo de algunos meses. Camille solía detenerse en la rue Condé y observar las ventanas del primer piso, confiando en ver a Annette. Pero no vio a nadie. Fue a visitar a varios editores con la esperanza de que aceptaran su manuscrito. Las prensas funcionan día y noche, mientras sus propietarios sopesan los riesgos. Los textos subversivos están de moda, pero ninguno quiere que le embarguen la imprenta y que sus trabajadores se larguen.

– Es muy sencillo. Si imprimo esto, me meten en la cárcel -dijo Momoro-. ¿No puede suavizarlo un poco?

– No. No puedo hacer concesiones, como diría Billaud-Varennes. Lo siento -respondió Camille, sacudiendo la cabeza.

Se había dejado crecer el pelo, y cuando sacudía la cabeza sus negros rizos se agitaban de forma teatral, un efecto que le gustaba mucho. No es de extrañar que padeciera jaquecas.

– ¿Cómo va la novela pornográfica que está escribiendo con el señor Fabre? -preguntó el impresor-. ¿Le cuesta escribirla?

– Cuando Camille se haya marchado -dijo Fabre a D’Anton-, revisaré el manuscrito y haré que nuestra heroína se parezca a Lucile Duplessis.

Si la Asamblea de los Estados Generales llega a celebrarse, según la promesa del Rey… no cabe la menor duda de que se producirá una revolución en el Gobierno. Adoptarán una constitución, probablemente similar a la de Inglaterra, e impondrán unos límites al poder de la Corona.

J.C. Villiers, diputado del Viejo Sarum

Gabriel Riquetti, conde de Mirabeau, cumple hoy cuarenta años: feliz cumpleaños. En honor de su aniversario, se examinó detenidamente ante un espejo de cuerpo entero. El volumen y la vivacidad de la imagen reflejada contrastaba con el delicado marco de filigrana.

He aquí su historia familiar: el día en que nació, la comadrona se acercó a su padre, sosteniendo al niño en brazos, y dijo:

– No se alarme.

No es una belleza. Tiene cuarenta años, pero aparenta cincuenta. Una arruga por los graves descalabros financieros; sólo una, pues jamás le ha preocupado el dinero. Otra por cada mes que ha pasado en la prisión estatal de Vincennes. Otra por cada hijo bastardo. Has vivido intensamente, se dijo, es lógico que la vida te haya marcado.

Cuarenta es un hito en la vida de un hombre, se dijo. No mires atrás. Los primeros años de infierno doméstico, repletos de gritos y peleas, los siniestros silencios… Un día se interpuso entre su padre y su madre, y ésta disparó una pistola y le alcanzó en la cabeza. Sólo tenía catorce años. Su padre decía de él que era un animal. Más tarde el Ejército, unos cuantos duelos, unos ataques de lujuria, y ciega y obstinada ira… Lo importante era vivir intensamente. La cárcel. El hermano Boniface, que se emborrachaba todos los días y que llegó a alcanzar las proporciones de un fenómeno de circo. No mires atrás. Luego, casi por casualidad, casi sin darse cuenta, la bancarrota y el matrimonio: la pequeña Émilie, la heredera, esa pequeña arpía a la que había jurado ser fiel hasta la muerte. Qué habrá sido de Émilie, se preguntaba con curiosidad.

Feliz cumpleaños, Mirabeau. Ha llegado la hora de hacer balance. Al contemplarse en el espejo vio a un hombre alto, fuerte, de anchas espaldas y poderosos pulmones. Tenía el rostro picado de viruelas, pero eso no parecía disgustar a las mujeres. Se giró de perfil para estudiar la aguileña curva de su nariz. Los labios, muy delgados, estaban contraídos en un severo rictus; podía decirse que tenía una boca cruel. En resumidas cuentas, era el rostro de un hombre, lleno de vigor y aristocrático. Mediante unos pocos adornos había convertido a su familia en una de las más antiguas y nobles de Francia. ¿A quién le importan los adornos? Sólo a los pedantes, a los genealogistas. La gente te toma por lo que eres, se dijo.

Pero ahora la nobleza, el segundo estado del reino, le había repudiado. No tendría voz ni voto. O eso creían ellos.

Las cosas se habían complicado el verano pasado al aparecer un escandaloso libro titulado La historia secreta de la Corte en Berlín. La obra abordaba con todo lujo de detalles el lado turbio de la Corte prusiana y las inclinaciones sexuales de sus más destacados miembros. Por más que Mirabeau había negado ser el autor, todo el mundo estaba convencido de que el libro estaba basado en sus observaciones durante su época de diplomático (¿diplomático, Mirabeau? Es increíble). En realidad, él no tenía la culpa. ¿Acaso no había confiado el manuscrito a su secretario, ordenándole que no se lo entregara a nadie, ni siquiera a él mismo? ¿Cómo iba a saber que su amante, la esposa de un editor, tenía la costumbre de espiar a través de las cerraduras y registrar la mesa de su secretario? Pero esas excusas no podían satisfacer al Gobierno. Además, en agosto andaba muy necesitado de dinero.

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