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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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«Bill», pensé. «Bill.» El corazón me latía a toda velocidad. Con un abrumador sentido de alivio, vi el Lincoln aparcado cerca de la puerta. Giré la llave en la puerta del conductor y se abrió. Al hacerlo, se encendió la luz interior, aunque no parecía que hubiera nadie allí para verla. Puse el bulto con mis cosas sobre el asiento del copiloto y entorné la puerta del conductor para que pareciese que estaba cerrada. Encontré un botón y apagué la luz interior. Invertí un valioso minuto en contemplar el salpicadero, aunque estaba tan excitada y aterrorizada que me costó concentrarme. Luego salí a la parte posterior del coche y abrí el maletero. Era enorme, aunque no tan limpio como el interior. Me dio la sensación de que Eric había cogido todo lo que hubiera dentro de gran tamaño y lo había tirado a la basura, dejándose el fondo salpicado de papeles de fumar, bolsas de plástico y manchas de polvo blanco. Hmmm, bueno, vale. En este momento, no era lo importante. Eric había puesto allí dos botellas de sangre y yo las aparté a un lado. El maletero estaba sucio, sí, pero despejado de cualquier cosa que pudiera incomodar a Bill.

Respiré hondo y aferré la manta contra mi pecho. Entre sus pliegues estaba la estaca con la que me habían herido. Era la única arma que tenía y, a pesar de su grotesca apariencia (aún estaba manchada con mi sangre y tenía algo de tejido), la había recuperado del cubo de la basura y me la había traído conmigo. A fin de cuentas, sabía por experiencia que se podía hacer mucho daño con ella.

El cielo tenía una capa de sombra menos, pero cuando noté las gotas de lluvia en la cara, confié en que la oscuridad durara un rato más. Me dirigí a hurtadillas hacia el garaje. Moverse así sin duda parecería sospechoso, pero no me podía permitir caminar abiertamente hasta la puerta, sin más. La grava hacía que mantener silencio fuese algo casi imposible, a pesar de lo cual traté de pisar con tanta ligereza como me fue posible.

Pegué la oreja a la puerta y escuché con mi sexto sentido, en su versión mejorada. No «oí» nada. Al menos sabía que no había ningún humano dentro. Giré el pomo lentamente, devolviéndolo con cuidado a su posición después de empujar la puerta y entré en la habitación.

El suelo era de madera y estaba cubierto de manchas. El olor era terrible. Supe de inmediato que no era la primera vez que Russell empleaba esa estancia para torturar. Bill estaba en el centro de la habitación, aferrado a una silla de espalda recta con cadenas de plata.

Después de las emociones encontradas y el entorno extraño de los últimos días, sentí que el mundo de repente volvía a estar en su sitio.

Todo estaba claro. Allí estaba Bill. Lo salvaría.

Y, después de contemplarlo al detalle a la luz de una bombilla desnuda que colgaba del techo, supe que haría cualquier cosa para lograrlo.

En ningún momento había imaginado nada tan terrible.

Tenía marcas de quemaduras bajo las cadenas de plata que rodeaban todo su cuerpo. Sabía que la plata producía una incesante agonía a los vampiros, y mi Bill la estaba padeciendo en ese momento. Lo habían quemado también con otras cosas, y lo habían cortado, más de lo que su capacidad de curación podía paliar. Lo habían matado de hambre y le habían negado el sueño. Se había desplomado, y supe que estaba aprovechando cada minuto de respiro durante la ausencia de sus torturadores. Tenía su pelo oscuro salpicado de sangre.

Dos puertas conducían fuera de la estancia sin ventanas. La de mi derecha daba acceso a una especie de dormitorio. Podía ver algunos camastros a través de la entrada. Había un hombre repantingado en uno de ellos y completamente vestido. Era uno de los licántropos, descansando de su fiesta mensual. Roncaba, y tenía manchas negras alrededor de la boca que no me apetecía examinar más de cerca. No podía ver el resto de la habitación, por lo que no era capaz de asegurar que no hubiera más; sería inteligente dar por sentado que sí los había.

La puerta en la parte posterior de la habitación se adentraba aún más en el garaje, quizá hasta unas escaleras que subían a los apartamentos. No tenía tiempo para investigar. Un sentido de urgencia me impelía a sacar a Bill de allí lo antes posible. Las prisas me hacían temblar. Hasta entonces, había tenido una suerte increíble. No debía contar con que fuera a durarme mucho más.

Me acerqué dos pasos hacia Bill.

Sabía que cuando me oliera, me reconocería.

Agitó la cabeza y sus ojos se clavaron en mí. Una terrible esperanza brilló en su demacrado rostro. Alcé un dedo; me dirigí en silencio hacia la puerta abierta del dormitorio y, con mucho, mucho cuidado, la deslicé hasta casi cerrarla. Luego corrí detrás de él y contemplé las cadenas. Había dos pequeños candados, como los que la gente pone en sus taquillas de la escuela, que mantenían sujetas las cadenas.

– Llave -le susurré a Bill al oído. Aún le quedaba un dedo ileso, y fue el que usó para señalar la puerta por la que yo había entrado. Había dos llaves colgadas de un clavo junto a la puerta, a bastante altura del suelo, y siempre a la vista de Bill. Estaba premeditado, por supuesto. Deposité la manta con la estaca en el suelo, junto a los pies de Bill. Me arrastré por el suelo manchado y extendí el brazo hacia arriba todo lo que pude. No fui capaz de alcanzar las llaves. Un vampiro capaz de flotar podría hacerse con ellas. Me recordé que era fuerte, gracias a la sangre de Eric.

En la pared había un estante con cosas interesantes, como atizadores y tenazas. ¡Tenazas! Me puse de puntillas y las cogí del estante, tratando de contener una arcada cuando me di cuenta de que tenían incrustaciones de…, oh, cosas horribles. Las alcé. Eran muy pesadas, pero logré alcanzar con ellas las llaves, deslizarlas hacia delante por el clavo y aferrarlas por su parte puntiaguda. Lancé un enorme suspiro de alivio con todo el silencio que me fue posible. No había sido tan difícil.

De hecho, aquélla fue la última cosa fácil que me encontré. Inicié la horrible tarea de liberar a Bill, mientras trataba de realizar los movimientos de las cadenas con todo el silencio posible. Resultó casi imposible deshacer el entramado de brillantes eslabones. Parecían haberse pegado a Bill, cuyo cuerpo al completo estaba rígido de tensión.

Entonces comprendí. Trataba de no gritar mientras las cadenas se llevaban porciones de su piel chamuscada. Mi estómago dio un respingo. Tuve que hacer una pausa durante unos preciosos segundos e inhalar con mucho cuidado. Si a mí me costaba tanto presenciar su agonía, ¿cómo sería para él soportarla?

Saqué fuerzas de flaqueza y reanudé la tarea. Mi abuela siempre me decía que las mujeres siempre son capaces de hacer lo que deben, y, una vez más, no se confundió.

Había literalmente kilómetros de cadenas, y el laborioso proceso de desenrollarlas me llevó más tiempo del que me habría gustado. En realidad, habría preferido que no hubiera llevado tiempo en absoluto. El peligro asomaba justo por encima de mi hombro. Palpaba el desastre, inhalándolo y exhalándolo, con cada respiración. Bill estaba muy débil, y pugnaba por mantenerse despierto ahora que el sol había salido. Lo bueno era que el día estaba muy nublado, pero sería incapaz de moverse demasiado cuando el sol ascendiera, por muy encapotado que estuviese.

La última porción de cadena cayó al suelo.

– Tienes que levantarte -le dije a Bill al oído-.Tienes que hacerlo. Sé que duele, pero no puedo llevarte en brazos -al menos eso pensaba yo-. Fuera hay un Lincoln grande, y el maletero está abierto. Te meteré ahí, enrollado en esta manta, y saldremos de aquí. ¿Me has entendido, cielo?

La cabeza de Bill se movió una fracción de centímetro.

Justo en ese momento se nos agotó la suerte.

– ¿Quién demonios eres tú? -preguntó una voz con fuerte acento. Alguien había llegado por la puerta que tenía a mis espaldas.

Bill se estremeció bajo mis manos. Me volví a toda prisa, con la estaca lista para ser usada, pero ya se había echado encima de mí.

Me había convencido de que todos estarían pasando el día en sus ataúdes, pero esta vampira estaba haciendo lo imposible por matarme.

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