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La música del Adiós

Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:

Otoño, Edimburgo, hacia el final de la carrera del inspector John Rebus, que intenta cerrar alguno de los casos pendientes antes de jubilarse, cuando aparece muerto joven poeta ruso, al parecer a causa de un atraco que ha salido mal. Como por casualidad, una delegación comercial rusa que intenta de hacer negocios en Escocia visita la ciudad, y políticos y banqueros se muestran decididos a que el caso sea rápidamente cerrado y sin ambigüedades. Pero cuanto más indagan Rebus y su colega, la sargento Siobhan Clarke, más convencidos están de que no se trata de una simple agresión; más aún al producirse un segundo y repugnante homicidio.
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
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Pasaba mucha gente por Rose Street: unas chicas de parranda, vestidas todas con una camiseta con la misma leyenda «Cuatro bodas y una juerga», le lanzaron besos al pasar a su lado, pero a continuación les bloquearon el camino una pandilla de chicos que venía en dirección contraria; una despedida de soltero, al parecer, con el novio pringado de crema de afeitar, huevos y harina. Pasaban oficinistas camino de casa después de tomarse dos copas, familias de turistas de actitud indecisa ante aquellos dos grupos de solteros de uno y otro sexo, y gente que se apresuraba para ver el partido.

Se abrió la puerta a espaldas de Rebus y salió Todd Goodyear.

– Creí que no fumabas-dijo él.

– Me voy a casa -dijo Goodyear acabando de embutirse la chaqueta-. He dejado dinero en la mesa para la próxima ronda.

– Tienes un compromiso, ¿no?

– La novia.

– ¿Cómo se llama?

Goodyear se mostró dubitativo, pero no encontró una excusa válida para no decirle su nombre a Rebus.

– Sonia -dijo-. Trabaja en la Científica.

– ¿Era ella la que fue con el equipo del miércoles?

Goodyear asintió con la cabeza.

– Es una rubia, baja, de veintitantos años.

– No me fijé -dijo Rebus. Goodyear sintió tentaciones de tomárselo como un agravio, pero cambió de idea.

– Usted también iba a la iglesia, ¿verdad?

– ¿Quién te dijo eso?

– Es un comentario que oí.

– Es preferible no dar crédito a rumores.

– De todos modos, me da la impresión de que es verdad.

– Es posible -replicó Rebus exhalando el humo-. Hace años probé unas cuantas iglesias pero no encontré respuestas.

Goodyear asintió despacio con la cabeza.

– Lo que comentó Colin dice mucho sobre las experiencias de la gente, ¿no es cierto? Muere un ser querido y se lo reprochamos a Dios. ¿Es eso lo que sucedió con usted?

– A mí no me sucedió nada -replicó Rebus imperturbable, mirando cómo las jóvenes se alejaban camino de otro pub. Los chicos miraban también y un par de ellos hablaban de seguirlas.

– Perdone… mi intromisión -se disculpó Goodyear.

– No hay de qué.

– ¿Va a echar de menos el trabajo?

Rebus puso los ojos en blanco.

– Ya estamos -dijo en tono de fastidio mirando al cielo-. Yo lo único que quiero es fumarme tranquilo un pitillo y ahora me sometes a interrogatorio.

– Bueno, será mejor que me vaya -dijo Goodyear a guisa de disculpa, sonriendo.

– Un momento.

– Diga.

Rebus examinó la punta del cigarrillo.

– Cafferty en el cuarto de interrogatorios… ¿era la primera vez que le veías? -Goodyear asintió con la cabeza-. Él conoció a tu hermano y a tu abuelo; por cierto -Rebus miró a un extremo y otro de la calle-, el pub de tu abuelo estaba una manzana más allá, ¿no? Pero del nombre no me acuerdo…

– Breezer’s.

Rebus asintió despacio con la cabeza.

– En el juicio, yo subí al estrado a testificar.

– No lo sabía.

– Lo detuvimos tres, pero fui yo quien dio testimonio.

– ¿Se ha encontrado alguna vez en la misma situación con Cafferty?

– Estuvo dos veces en la cárcel -contestó Rebus escupiendo en el suelo-. Shiv me ha dicho que tu hermano tuvo una pelea. ¿Se encuentra bien ya?

– Eso creo -respondió Goodyear inquieto-. Bueno, me marcho.

– Muy bien. Hasta mañana.

– Bien, buenas noches.

– Buenas noches -repitió Rebus viéndole alejarse.

No parecía mal chico, y era un policía bastante aceptable. Tal vez Shiv lograra hacer algo de él… Recordaba muy bien a Harry Goodyear. Su pub era famoso; allí se traficaba con speed, coca y algo de hachís, y el propio Harry trapicheaba y tenía constantes problemas. Él pensó por entonces cómo habría obtenido la licencia de apertura. Seguramente por algún soborno en el Ayuntamiento. Algún conocido comprado. Había una época en que el propio Cafferty tenía sobornados a varios concejales. Con ello jugaba con ventaja y hasta le salía barato. A él también intentó sobornarle, pero no iba a funcionar. Él ya había aprendido la lección.

– Yo no tengo la culpa de que el abuelo de Goodyear muriera en la cárcel.

Aplastó la colilla y se volvió hacia la puerta, pero se lo pensó mejor. ¿Qué le esperaba allí dentro? Otra copa en una mesa con jóvenes, Shiv, Phyl y Col, hablando del caso y lanzando ideas. ¿Y él qué podía realmente aportar? Sacó otro cigarrillo, lo encendió y echó a andar.

Dobló a la izquierda hacia Frederick Street y luego a la derecha en Princes Street. Desde abajo se veía el Castillo iluminado, con su silueta recortada contra el cielo nocturno. Ya estaban montando las máquinas de la feria en el parque de Princes Street y al pie del Mound, los puestos y las casetas del mercadillo. En vísperas de Navidad se llenaría de gente que acudiría a comprar. Le pareció oír música: quizás es que hacían pruebas en la pista de patinaje al aire libre. Grupos de niños se le cruzaban por la acera sin prestarle la menor atención. «¿Cuándo me convierto en el hombre invisible?», se preguntó. Miró su reflejo en un escaparate y vio un armatoste pesado. Pese a todo, aquellos críos pasaban por su lado como si no formara parte de su mundo.

«¿Sentirán esto los fantasmas?», pensó.

Cruzó en el semáforo y abrió la puerta del hotel Caledonian. Había bastante gente, sonaba música de jazz y Freddie estaba ocupado con la coctelera. Una camarera aguardaba para llevar la bandeja con bebidas a una mesa en la que todo eran risas, ocupada por gente con aspecto pudiente y tranquilo; algunos hablaban por el móvil como si lo hicieran con quien tenían a su lado. Rebus sintió una punzada de irritación al ver que su taburete estaba ocupado. En realidad, lo estaban todos. Aguardó a que el camarero terminara de servir. La camarera se dirigió a la mesa balanceando la bandeja y Freddie le vio. Por el ceño que puso, Rebus comprendió que la situación había cambiado. La barra estaba ocupada y el camarero no estaba dispuesto a hablar.

– Lo de siempre, por favor -dijo de todos modos, y añadió-: No exagerabas con lo del segundo turno.

Esta vez, cuando le puso el whisky delante, iba acompañado de la nota. Rebus sonrió para darle a entender que lo aceptaba. Echó unas gotas de agua en el vaso y lo agitó, oliendo el contenido y mirando el local.

– Se han marchado, si es lo que está pensando -dijo Freddie.

– ¿Quiénes?

– Los rusos. Se fueron esta tarde; de vuelta a Moscú, por lo visto.

Rebus hizo un esfuerzo por no mostrarse defraudado por la noticia.

– Lo que estaba pensando es si has averiguado ese nombre -dijo.

El camarero asintió despacio con la cabeza.

– Iba a llamarle mañana.

Llegó la camarera con otra comanda y él se dispuso a servirla. Dos buenas copas de vino tinto y una copa del champán de la casa. Rebus se puso a escuchar lo que hablaban dos a su lado; eran hombres de negocios con acento irlandés que no apartaban la vista del televisor que emitía sin sonido. Les había fallado un negocio y ahogaban sus penas.

– Quiera Dios que tengan una agonía lenta.

Parecía ser el brindis. Una de las cosas que más le gustaban a Rebus de los bares era la ocasión de escuchar a otros hablar de sus vidas. ¿No era así en cierto modo una especie de mirón no muy distinto a Charlie Riordan?

– Si podemos machacarlos… -dijo el otro irlandés.

Freddie dejó la botella de champán en la cubitera y desde el otro extremo de la barra volvió hacia Rebus.

– Es el ministro de Fomento -dijo-. Menos mal que en la página del Parlamento aparecen primero los ministros, porque si no habría tardado…

– ¿Cómo se llama?

– James Bakewell.

A Rebus le sonaba aquel nombre.

– Le vi en la tele hace unas semanas -añadió Freddie.

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