La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
– Eso no es cierto -gruñó Anderson. Hawes miró a Tibbet. Sabían lo que tenían que hacer.
– Vamos adentro -dijo Hawes a Sievewright.
– Y usted, haga el favor de bajar conmigo, señor -añadió Tibbet a Anderson-. Tenemos que hacerle unas preguntas.
Sievewright entró a zancadas en su piso y fue directa a la exigua cocina a coger el hervidor y llenarlo.
– Pensaba que serían los otros dos los que vendrían -dijo. Hawes intuyó que se refería a Rebus y Clarke.
– ¿Por qué anda rondando por aquí ese hombre? -preguntó.
Sievewright se recolocó un mechón de pelo sobre la oreja.
– No tengo ni idea. Dice que lo hace por comprobar si estoy bien. Pero yo le digo que estoy bien, ¡y él vuelve! Yo creo que merodea hasta que ve que estoy sola en el piso… -añadió retorciendo y enmarañándose el mechón-. Que le den por saco -exclamó con desdén, buscando entre las tazas del fregadero la menos sucia.
– Puede hacer una denuncia alegando acoso -dijo Hawes.
– ¿Cree que eso le disuadiría?
– Tal vez -contestó Hawes, tan poco convencida como la joven. Sievewright lavó la taza elegida y echó en ella una bolsita de té, al tiempo que daba unos golpecitos en el hervidor como animándole a bullir.
– ¿Es una visita de cortesía? -preguntó al fin.
Hawes la obsequió con una sonrisa amistosa.
– No exactamente. Han surgido nuevos datos -dijo.
– Han detenido a alguien.
– No.
– ¿Y de qué datos se trata?
– Una mujer con capucha que fue vista cerca de la salida del aparcamiento -contestó Hawes, mostrándole el retrato-robot-. Si seguía allí, tuvo que pasar a su lado.
– Yo no vi a nadie… ¡Ya lo dije!
– Tranquila, Nancy -replicó Hawes, al quite-. Cálmese.
– Estoy calmada.
– Es buena idea tomar un té.
– Creo que el hervidor se ha estropeado -dijo Sievewright aplicando sobre él la palma de la mano.
– No, oigo que funciona -dijo Hawes.
Sievewright miró la superficie brillante del hervidor.
– A veces probamos a ver quién aguanta más tocándolo hasta que hierve.
– ¿Prueban?
– Eddie y yo. Siempre gano yo -respondió ella con una sonrisita.
– Eddie es…
– Mi compañero de piso -respondió ella mirándola-. No somos pareja.
Oyeron el ruido de la cancela de entrada, se volvieron, miraron hacia abajo y vieron que estaba Colin Tibbet solo.
– Se ha marchado -dijo Tibbet.
– Menos mal -murmuró Sievewright.
– ¿Te ha dicho algo? -preguntó Hawes a su compañero.
– Dice que está seguro que ni él ni su esposa vieron ninguna mujer con capucha. Me ha dicho si no sería un fantasma…
– Me refiero -añadió Hawes con voz monocorde-, a si te ha dicho por qué molesta tanto a Nancy.
Tibbet se encogió de hombros.
– Dice que como se llevó tan fuerte impresión quiere saber si se encuentra bien, «si no va a tener secuelas», creo que dijo exactamente.
Sievewright, con la mano en el hervidor, lanzó una exclamación desdeñosa.
– Muy noble por su parte -comentó Hawes-. ¿Y el hecho de que Nancy rehúse sus atenciones?
– Ha prometido no volver.
– Lo dudo -comentó Sievewright con sorna.
– Está a punto de hervir -dijo Tibbet al ver que no apartaba la mano. Ella le respondió con una especie de mueca sonriente.
– ¿Quieren tomar un té? -ofreció Nancy Sievewright.
Capítulo 20
El titular de la página cinco del Evening News era «Das kapitalists» y el artículo describía la cena en uno de los restaurantes con estrellas de la guía Michelín de Edimburgo. El grupo ruso había reservado el local donde catorce comensales se atiborraron de foie-gras, centollos, langosta, ternera, solomillo, quesos y postres, todo ello regado con champán por valor de varios miles de libras, borgoña blanco y burdeos tinto de antes de la guerra fría. Una cuenta de seis mil libras. El periodista destacaba que el champán consumido -Roederer Cristal- era el preferido de los zares antes de la Revolución. No se daba el nombre de ningún comensal, pero Rebus no pudo por menos de pensar si Cafferty no habría formado parte de los invitados. Otro artículo en la página contigua señalaba que disminuía la tasa de homicidios, de un diez por ciento el año anterior y de doce el precedente.
Estaban sentados a una mesa grande de un rincón en un pub de Rose Street. El lugar comenzaba a cargarse de ruido: el Celtic estaba a punto de lanzar un penalti contra el Manchester United en la Liga de Campeones y el enorme televisor era el foco de atención de casi todos los clientes. Rebus cerró el periódico y se lo entregó con un pase a Goodyear, que estaba sentado frente a él, y, pensando en que se había perdido lo último del informe de Phyllida Hawes, le hizo repetir lo que había dicho Anderson: «Si no va a tener secuelas».
– Yo le daré a él «secuelas» -farfulló-. Y no podrá decir que no le avisé.
– De momento, no hay más que un testigo de la misteriosa mujer -dijo Colin Tibbet que, al ver que Goodyear se había quitado la corbata, hacía ahora lo propio.
– Eso no quiere decir que no exista -replicó Clarke-. Aunque no sea cómplice, podría haber visto algo. En un poema de Todorov hay un verso que habla de apartar la vista para no testificar.
– ¿Y qué se supone que significa? -preguntó Rebus.
– Que podría estar mintiendo por algún motivo. A la gente no le gusta verse implicada.
– A veces tienen sobrados motivos para ello -comentó Hawes.
– ¿Sigue en pie la hipótesis de que Nancy Sievewright oculta algo? -planteó Clarke.
– Esa amiga suya nos contó un cuento -dijo Tibbet.
– Entonces habría que revisar su declaración.
– ¿Han revelado algo más las cintas? -preguntó Hawes. Clarke negó con la cabeza y miró a Goodyear.
– Sólo que al difunto le gustaba escuchar las conversaciones de la gente -dijo-, aunque tuviera que seguirla por la calle.
– Un tipo algo chalado, ¿no?
– No deja de ser cierto -comentó Clarke.
– ¡Por Dios bendito, hay un trasfondo que no tenéis en cuenta: el último sitio en que estuvo Todorov antes de morir… una copa con Big Ger Cafferty y esos rusos a pocos metros! -exclamó Rebus pasándose una mano por la frente.
– ¿Puedo pedir una cosa?
Rebus miró a Goodyear.
– ¿Qué quieres pedir, joven Todd?
– Que no se pronuncie el nombre de Dios en vano.
– ¿Me tomas el pelo?
Goodyear negó con la cabeza.
– Lo consideraría un gran favor.
– ¿A qué iglesia vas, Todd? -preguntó Tibbet.
– A St. Fothad de Saughtonhall.
– ¿Vives allí?
– Me crié allí -replicó Goodyear.
– Yo iba a la iglesia -añadió Tibbet-, pero dejé de hacerlo a los catorce años. Mi madre murió de cáncer y lo consideré una tontería.
– Dios es la única fuente de salud por mucho que la quebrantemos -recitó Goodyear sonriendo-. Es de un poema; no de Todorov, pero para mí tiene sentido.
– Rayos y centellas -dijo Rebus-. Poemas y citas de la Iglesia de Escocia. No he venido al pub a oír sermones.
– No es el único -dijo Goodyear-. Muchos escoceses tratan de ocultar su ingenio porque aquí no se confía en la gente ingeniosa.
Tibbet asintió con la cabeza.
– Se supone que somos la prole de Jock Tamson.
– Y no se consiente que haya nadie distinto -apostilló Goodyear asintiendo igualmente con la cabeza hacia él.
– ¿Ves lo que vas a perderte con la jubilación? -dijo Clarke mirando a Rebus-. El debate intelectual.
– Menos mal que me jubilo a tiempo -dijo él poniéndose en pie-. Disculpen ustedes, lumbreras, tengo una clase con el profesor Nicotina.