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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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Era Ricitos (o sea, Bernard). Vestía unos pantalones vaqueros y un suéter rojo, y estaba para comérselo. Cerré los ojos y me propiné una seria reprimenda. La sangre me había avivado demasiado.

– ¿Cómo se encuentra? -preguntó Bernard, casi en un murmullo-. Está mejor de color.

– Aún le duele, pero se está curando gracias a la generosidad de tu rey.

– Estuvo encantado de hacerlo -dijo Bernard afablemente-. Pero estará más contento si ella…, eh, puede marcharse por su propio pie mañana por la mañana. Está seguro de que, para entonces, su novio habrá regresado a su apartamento después de disfrutar de esta luna. Espero que no parezca demasiado brusco.

– No, entiendo su preocupación -dijo Eric, con la misma cortesía.

Al parecer, Russell temía que me fuera a quedar varios días para cobrarme mi acto de heroísmo. Russell, poco dado a tener invitadas femeninas en su casa, quería que volviese con Alcide cuando estuviese seguro de que éste podría cuidar de mí. A Russell le incomodaba un poco que una desconocida rondara por su complejo de día, cuando toda su gente estaba durmiendo.

No le faltaba razón.

– En ese caso, iré a buscar el coche y lo aparcaré en la parte de atrás de la casa, para que mañana pueda conducir por su cuenta. Si pudieras arreglarle un salvoconducto para las puertas delanteras, doy por sentado que están custodiadas de día, habré cumplido con mis obligaciones hacia mi amigo Alcide.

– Suena muy razonable -dijo Bernard, dedicándome una fracción de la sonrisa que estaba dando a Eric. No se la devolví. Cerré los ojos, cansada-. Hablaré con los guardas de la puerta cuando nos marchemos. ¿Te parece bien en mi coche? Es una vieja carraca, pero nos llevará a… ¿Adonde querías ir?

– Te lo diré cuando estemos de camino. Está cerca de la casa de un amigo mío. Conoce a un hombre que me prestará el coche uno o dos días.

Bien, había encontrado una forma de hacerse con un coche sin dejar un rastro de papeleos. Perfecto.

Sentí movimiento a mi izquierda. Eric se inclinó sobre mí. Sabía que era él porque la sangre que había ingerido me lo decía. Aquello ponía los pelos de punta, y era la razón por la que Bill me había advertido de no tomar la sangre de ningún otro vampiro que no fuera él. Demasiado tarde. No me había quedado otro remedio.

Me dio un casto beso de amigo en la mejilla.

– Sookie -dijo en voz muy baja-. ¿Puedes oírme?

Asentí lo justo.

– Bien. Escucha, voy a traerte un coche. Te dejaré las llaves aquí en la cama cuando vuelva. Por la mañana, tienes que salir de aquí e ir al apartamento de Alcide. ¿Me has comprendido?

Volví a asentir.

– Adiós -dije, tratando de que mi voz saliera rota-. Gracias.

– El placer ha sido mío -repuso con la voz temblorosa. Hice un esfuerzo para mantener la expresión impasible.

Aunque parezca mentira, me quedé dormida cuando se marcharon. Resultaba evidente que Bubba había obedecido y había saltado el muro para buscarse un cobijo. La mansión se sumió en el silencio a medida que las juergas nocturnas iban tocando a su fin. Supuse que los licántropos estarían fuera, soltando su último aullido en alguna parte. Mientras caía en el sueño, me preguntaba cómo les habría ido a los demás cambiantes. ¿Qué hacían con la ropa? El drama de esa noche en el Club de los Muertos había sido un evento fortuito; estaba convencida de que tenían un procedimiento estándar. Me preguntaba dónde estaría Alcide. Quizá había dado caza a ese hijo de puta de Newlin.

Me desperté cuando escuché el tintineo de unas llaves.

– He vuelto -dijo Eric. Su voz era muy tranquila, y tuve que abrir bien los ojos para asegurarme de que estaba allí de verdad-. Es un Lincoln blanco. Lo he aparcado junto al garaje; no había espacio dentro, es una pena. No dejaron que me acercara más para confirmar lo que ha dicho Bubba. ¿Me estás escuchando?

Asentí.

– Buena suerte -Eric titubeó-. Si consigo librarme de lo mío, te veré en el garaje en cuanto se ponga el sol. Si no te encuentro allí, volveré a Shreveport.

Abrí los ojos. La habitación estaba a oscuras. Aun así, podía ver la piel de Eric relucir. La mía también lo hacía. Aquello me aterró. Apenas acababa de dejar de brillar por haber tomado la sangre de Bill (en una situación de emergencia), cuando volvía a declararse otra crisis, y ahora brillaba como una bola de discoteca. La vida en torno a los vampiros era una constante emergencia, concluí.

– Ya hablaremos -dijo Eric ominosamente.

– Gracias por el coche -contesté.

Eric bajó la mirada hacia mí. Parecía tener un chupetón en el cuello. Abrí la boca, pero la volví a cerrar. Mejor sería no hacer ningún comentario.

– No me gusta tener sentimientos -dijo Eric con frialdad, y se marchó.

Sería difícil superar la aspereza de esa despedida.

11

Una fina línea de luz se dibujaba en el cielo cuando salí a escondidas de la mansión del rey de Misisipi. Aquella mañana era un poco más calurosa, y el cielo se había oscurecido no sólo con el manto de la noche, sino también por la lluvia. Llevaba mis pertenencias enrolladas bajo el brazo. Aunque no sé cómo, mi bolso y mi chal de terciopelo habían llegado a la mansión desde el club. Tenía los zapatos de tacón enrollados en el chal. En el bolso estaba la llave del apartamento de Alcide, la que me había prestado, por lo que contaba con la seguridad de un cobijo en caso de necesitarlo. Bajo el otro brazo llevaba la manta de la cama, pulcramente doblada. Había hecho la cama para que su ausencia pasara desapercibida durante un tiempo.

Lo que no me había prestado Bernard era su chaqueta. Por lo que, al salir, me vi obligada a coger una acolchada y azul que estaba colgada de la balaustrada. Me sentí muy culpable. Nunca había robado nada antes. Y ahora lo había hecho dos veces en un momento: la manta y la chaqueta. Mi conciencia protestaba de un modo vehemente.

De todas formas, cuando pensé en todo lo que probablemente tendría que hacer para salir de ese complejo, el robo de una chaqueta y una manta se me antojó una tontería. Así que le dije a mi conciencia que se callara.

Mientras me arrastraba por la cavernosa cocina y abría la puerta de atrás, mis pies se deslizaban sobre las chanclas elásticas que Bernard había incluido en el montón de ropa que me trajo a la habitación. Los calcetines y las chanclas eran, de lejos, mucho mejor opción que tener que balancearme sobre los tacones.

Hasta el momento no había visto a nadie. Parecía haber acertado con la hora mágica. Casi todos los vampiros estarían, seguramente, en sus ataúdes, camas, bajo tierra o donde demonios se escondieran para pasar el día. Casi todas las criaturas cambiantes, de cualquier tendencia, seguirían aún en la juerga de la noche pasada o estarían durmiendo su resaca. Pero yo vibraba de tensión, pues en cualquier momento mi suerte podría acabarse.

Detrás de la mansión había una diminuta piscina, cubierta durante el invierno con una lona negra. Los bordes de ésta tenían pesos y se extendían más allá del perímetro de la piscina. La caseta aledaña estaba completamente a oscuras. Me deslicé en silencio por el camino de losas desiguales y, tras sortear un acceso en la cerca, desemboqué en una zona pavimentada. Gracias a mi visión mejorada, pude ver inmediatamente que había encontrado el patio situado frente a los antiguos establos. Era un gran edificio cubierto de tablas blancas, y en el primer piso (donde Bubba había detectado los apartamentos) había ventanas con aleros. Era el garaje con más estilo que había visto nunca; los espacios para los coches no tenían puertas, sino pasajes abovedados. Pude contar cuatro vehículos aparcados dentro, desde la limusina hasta un jeep. Y allí, a la derecha, en vez de un quinto paso abovedado, había un muro sólido con una puerta en el medio.

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