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En el tiempo de las Hogueras

Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:

Carcasona, 1357. En los tiempos del papa Inocencio VI, en el sur de Francia, reina la peste y la Inquisición. La abadesa Marie Françoise va a ser juzgada bajo los cargos de herejía y brujería por haber realizado sanaciones mágicas y haber atentado contra el Papa. Para unos santa y para otros bruja.
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
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Sus ojos se abrieron de par en par.

– ¡Hermana Marie Françoise! -exclamó muy contenta-. ¡Por fin nos presentamos oficialmente! -Con impulsivo afecto cogió mis manos, mis ásperas y callosas manos, entre las de ella, suaves, de uñas cortas y limpias, y me dio un beso en cada mejilla-. Perdonadme, querida hermana -continuó-, por no venir antes a presentarme y explicar quiénes somos, pero como estabais débil, pensé que sería mejor no visitaros después de trasladar a la fallecida…

– La fallecida -interrumpí, al recordar los terribles olores que me habían asaltado la primera noche-. Sí, la hermana Marie Madeleine me dijo que alguien había muerto en la habitación de al lado.

– En más de una habitación, para ser exactos. Más de sesenta hermanas franciscanas, todas arrebatadas al cielo por la peste -dijo sin pestañear-. No había nadie que pudiera enterrarlas -explicó al ver mi expresión-, y con la dispensa del obispo, lo estamos haciendo nosotras, con la ayuda de unos bondadosos monjes benedictinos, los pocos que Dios ha dejado. Lamento muchísimo el olor, pero pronto nuestra primera tarea habrá concluido y podremos dedicarnos a la segunda, es decir, repoblar el convento.

»Por eso he venido a veros. -Hizo una pausa y bajó la cabeza, de modo que apenas podía verle los ojos ocultos por los párpados. Su sonrisa se desvaneció-. La hermana Marie Madeleine dijo que ayer teníais dificultades con vuestra memoria. ¿Os ha regresado hoy?

– Lo siento, no…

– Pero recordáis vuestro nombre. ¿Recordáis algo más? ¿Tal vez el convento del que procedéis? ¿Las hermanas que viajaban con vos?

– No… No; lo lamento.

– Está claro que venís de muy lejos. Lleváis el hábito de una franciscana, cierto, pero quedan pocas de nosotras últimamente. Creo que el convento más cercano se halla en Narbona, pero las noticias viajan con mucha lentitud desde el azote de la peste. Ni siquiera sé si alguna hermana de allí ha sobrevivido.

Alzó la cabeza, mostrándome su rostro largo y serio, sus ojos penetrantes. La intensidad de su mirada era desconcertante.

– ¿Narbona? -vacilé. Si quería sobrevivir, debía ceñirme a la mentira que la hermana Marie Madeleine me había servido en bandeja-. Madre, no deseo crearos dificultades, pero no puedo recordar.

– Ya -dijo con tono enigmático-. Bien, escribiré a las hermanas de esa ciudad y les preguntaré si conocen a la hermana Marie Françoise… aunque es un nombre muy común en la orden. Es lo menos que puedo hacer para ayudaros a encontrar el lugar al que pertenecéis.

Se levantó para salir, pero se detuvo y giró de nuevo hacia mí. Mantuve una expresión neutra.

– Hermana… -Su tono y maneras eran vacilantes-. No intento ser presuntuosa, pero cuando vi a una monja franciscana, y profesa además, pensé que Dios había querido que nuestros destinos se cruzaran. Aquí solo tengo postulantas y novicias, ninguna profesa. Necesito una hermana experimentada para colaborar en la organización y enseñar a las demás.

»¿Me ayudaréis hasta que podamos encontraros un hogar? Para ser tan joven, apenas llegada a la mayoría de edad, y ya profesa, está claro que Dios ha intervenido con decisión en vuestra vida. ¿Os quedaréis con nosotras?

Ahora fue mi turno de vacilar. Como inculta que era, no sabía casi nada de monjas, salvo que sabían leer, pues en aquellas escasas ocasiones en que mamá nos había arrastrado a todos a rezar a Saint-Sernin, cuando nos reclamaban otros asuntos en Tolosa, había visto a las hermanas tocadas con velo en el santuario, atentas a sus libros mientras otra leía. En aquel momento no habría podido distinguir una hermana cisterciense de una dominica. Sin embargo, no tenía otra alternativa que confiar en aquella mujer. La Diosa me había conducido hasta allí con algún propósito, y allí me quedaría mientras estuviera a salvo.

– Madre Geraldine -dije con cierta sinceridad-, tengo miedo. No sé quién soy. Apenas recuerdo mi latín. Temo que ni siquiera seré capaz de leer o de recordar todas mis oraciones. Habéis sido tan bondadosa conmigo… No puedo negarme a devolveros tal caridad. Pero ¿cómo os seré útil, si ni siquiera puedo recordar la experiencia que deseáis?

– No temáis -dijo con dulzura, y sus dedos acariciaron mi mejilla-. El tiempo os devolverá la memoria. Y aunque no sea así, yo os ayudaré. Empezaremos las lecciones esta misma tarde, y sabréis leer y escribir dentro de un mes. Estoy convencida de que habéis sido enviada para ayudarme, no al contrario.

Sonreí, aliviada de momento. Porque sabía que si me quedaba allí un tiempo, aprendería a leer y escribir y a imitar los modales de una dama. Entonces, los inquisidores nunca me reconocerían como la muchacha campesina que había sido. Si conseguía ocultar a las monjas mi verdadera identidad.

Esta madre superiora parecía una mujer muy inteligente. Tal vez hubiera compasión en sus grandes ojos, pero también astucia, una astucia que algún día, estaba convencida, penetraría en el disfraz y vería a la mentirosa.

Al cabo de otro día me había recuperado lo suficiente para empezar mi vida de monja. Era más diferente de lo que había imaginado. Siempre había oído que era una vida de terribles privaciones, de ayuno y flagelación, de crueles penitencias, de trabajo interminable.

Y quizá lo era, para una noble, pero para la hija de un siervo era casi una vida de lujo. Tenía mi propio colchón, mi propia celda, y disfrutaba de la impensable comodidad de un garderobe situado en la misma planta donde nos alojábamos las hermanas. Sois hombre de noble cuna, hermano. No podéis imaginar la gloria de no tener que aliviarse a la intemperie en pleno invierno.

El ritual diario era cómodo. Cinco veces al día nos encontrábamos en el santuario para cantar en latín, rezar y para escuchar una lectura de los Evangelios. Una vez al día, un sacerdote venía de la ciudad para celebrar la eucaristía.

Las restantes horas se dedicaban a la oración en privado, las comidas de la mañana y la noche, el trabajo y el estudio. Lo llamaban «trabajo», aunque a mí me parecía más entretenimiento, comparado con el trabajo en los campos o el de comadrona. Atendíamos a los enfermos en la parte del gran convento transformada en hospital, con la ayuda de algunas hermanas legas que, tras haber enviudado de resultas de la peste, dependían del monasterio para recibir comida y cobijo. Como la población de los pobres de Carcasona había sido diezmada, quedaban pocos a quienes cuidar, pese a que la madre Geraldine había destinado un ala del convento a los leprosos supervivientes de la ira de las turbas enfurecidas por los embates de la peste. De esta forma, cada monja debía dedicar solo unas horas diarias a atender a los enfermos. Todas las hermanas trabajaban el mismo número de horas.

De todas las cosas nuevas a las que me adapté, la igualdad entre las hermanas fue la más difícil. A menudo me descubría rindiendo pleitesía a las monjas de noble cuna cuando me las presentaban, y me costó superar esa costumbre. Era el legado del buen san Francisco, el cual, aunque hijo de un mercader acaudalado, trataba a todos los hombres, por pobres que fueran, como a sus iguales.

Y cada tarde pasaba dos horas, a veces más, en secreto con la hermana Geraldine, aprendiendo a leer en francés, y después en latín. Algo milagroso, la palabra escrita. Había abordado la primera lección con terror, pues siendo mujer y campesina me consideraba un ser demasiado estúpido para aprender. Ante mi asombro, aprendí el alfabeto y sus sonidos muy deprisa, y al cabo de una semana podía leer palabras cortas. La abadesa atribuía la rapidez de mi aprendizaje a que mi memoria dormida se estaba despertando, y yo no hice nada por desilusionarla.

Después del dolor y el terror que había experimentado, el convento me resultó un paraíso. Los ritos cotidianos me proporcionaban la oportunidad de comunicarme con la Diosa, y hasta cierto punto calmaban mi pesar, pues eran hermosos, y es mediante la experiencia de la belleza que recordamos lo mejor de la vida y a nuestros seres queridos desaparecidos. Si me hubierais visto rezar con expresión calma, incluso serena, habríais pensado que era tan buena cristiana como las demás.

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