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En el tiempo de las Hogueras

Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:

Carcasona, 1357. En los tiempos del papa Inocencio VI, en el sur de Francia, reina la peste y la Inquisición. La abadesa Marie Françoise va a ser juzgada bajo los cargos de herejía y brujería por haber realizado sanaciones mágicas y haber atentado contra el Papa. Para unos santa y para otros bruja.
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
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Pero cuando, a las horas prescritas, me arrodillaba sola en mi celda solitaria, solo lo hacía por si alguna de las otras me veía. Y cuando, como buena monja, murmuraba el rosario, no elevaba mis oraciones tan solo a la Madre de Dios, sino a la Madre de Todos.

Cada día rezaba. Y cada día hacía las mismas preguntas: «¿Cuál es mi destino aquí? ¿Cuándo encontraré a mi Amado?» Sabía que allí encontraría las respuestas. Mi abuela había muerto, pero había plantado una semilla que empezaba a crecer en la fértil tierra del convento.

Me quedé en el convento, viviendo con las demás hermanas en el espíritu de la obediencia, la pobreza y la castidad, como san Francisco había predicado. No se puede pasar mucho tiempo de rodillas sin reflexionar.

Es casi imposible ver los rostros de las hermanas, extasiadas en la oración, y no conmoverse. Empecé a encontrar paz en el convento. La verdad, nunca he creído haber nacido tan malvada y pusilánime para que un hombre debiera derramar su sangre por mí. No podía adorar a un dios que exigiera esa sangre para ahorrar al mundo una eternidad de tormentos, o que considerara dichos tormentos un castigo apropiado para los deslices sexuales o la falta de asistencia a misa.

Pero empezaba a sospechar que Dios podía ser otro nombre para la experiencia que yo conocía como la Diosa. Lo veía en el rostro radiante de la hermana Geraldine, lo oía en su alegre voz cuando, en vísperas, hablaba de la belleza del Hermano Sol cuando sus rayos entraban a chorro por las ventanas de la capilla, de que san Francisco tenía razón cuando decía que la gloria de la naturaleza trascendía la belleza de cualquier creación humana. Toda la tierra es una magnífica catedral, decía la hermana, y nosotras, las almas afortunadas que rinden culto en su interior.

No podía discutir tales afirmaciones. Aquella noche me retiré a mi catre sabiendo que la Diosa me rodeaba, me protegía, habitaba dentro de mí.

Pero en cuanto caí dormida, soñé con Jacob, su barba y sus largos rizos grises en llamas, su brazo derecho extendido en una súplica, y decía: Las llamas se acercan más a cada día que pasa, mi Señora.

Las llamas se acercan más a cada día que pasa.

Durante el segundo año de mi estancia, un día fui a trabajar como de costumbre a media mañana al lazareto, acompañada por la hermana Habondia. Era como un pajarillo, una mujer de escasos dientes, ojos brillantes y huidizos, y una cara surcada por profundas arrugas. No recuerdo haberla visto nunca sonreír. Era viuda, y sus labios se fruncían en cuanto se le mencionaba a sus hijos. Hacía años que la habían internado por la fuerza en el convento y, teniendo en cuenta su carácter agrio, no era muy difícil adivinar por qué. Me compadecía de sus ocupaciones, porque las llevaba a cabo en un hosco silencio, sin compasión, y en sus días de peor humor oía gritar a sus pacientes porque los bañaba o curaba sus llagas con rudeza.

Ay, sí, observo vuestra inquietud a la sola mención de los leprosos. Después de tantos años cuidando de ellos, ya no les temo como antes. Yo también estaba aterrorizada la primera vez que la madre Geraldine dispuso que me ocupara de ellos. Nuestro hospital improvisado tenía un pabellón para leprosos demasiado enfermos para cuidarse solos, que vivían en las colinas en los alrededores de la ciudad y sus pueblos.

Pero todas las monjas con las que hablé no temían contraer la lepra. Muchas habían atendido a leprosos durante años y ninguna había enfermado. Por lo visto, el secreto consistía en una jofaina con agua, que se cambiaba cada tanto, en la que cada hermana se lavaba las manos después de abandonar el lazareto, y la oración especial a san Francisco que se pronunciaba sobre el agua cuando se sacaba del pozo. Al fin y al cabo, Francisco había sido un amigo especial de los leprosos. Tras volver a casa después de la guerra, antes de que Dios le llamara a una vida de pobreza, se había encontrado a un leproso en la carretera. El pobre desgraciado había escondido su cara bajo la capa gris que debía llevar obligatoriamente, y agitó su cencerro para advertir al santo que se alejara, pero Francisco, movido por la compasión, había saltado de su caballo y abrazado al hombre, al que dejó aturdido y con una bolsa de comida.

Sí que estaba horrorizada la primera vez que entré en la gran estancia que albergaba el lazareto. Me habían educado en el temor a los leprosos. Aparecían en muy escasas ocasiones en las afueras del pueblo, cuando el hambre les azuzaba. Recuerdo siluetas agazapadas, envueltas en capas grises raídas, pies deformes y manos envueltas en trapos, rostros ocultos que acechaban bajo capuchas, el sonido de cencerros y carracas. Mi madre me tiraba del brazo mientras corríamos hacia la seguridad de la casa, mientras mi padre les lanzaba fruta desechada desde lejos. También recuerdo la expresión de mamá cuando bajamos al río para lavar ropa y sobre una roca descubrimos la falange de un dedo exangüe.

El primer leproso al que bañé era una joven de noble cuna, que afirmaba haber sido bella en otro tiempo. Lloró de vergüenza cuando se quitó la capa gris que la señalaba como impura, y yo lloré de pena. Su cara apenas era humana, el puente de la nariz se había hundido y una protuberancia de carne blanca e hinchada brotaba de la comisura de la boca y subía hasta tapar su ojo. Había venido porque había perdido la sensibilidad en un pie y ya no podía andar. Como casi todos los demás, vivía con el terror de ser descubierta por los habitantes de la ciudad y acabar en la hoguera en desquite por la plaga. Pese a nuestros cuidados, murió poco después, pues las heridas de los dedos perdidos se le habían gangrenado.

Qué silenciosa estaba aquella cámara, y qué silenciosos los pacientes. Cierto es que muchos de ellos padecían deformidades de la boca o la mandíbula que les imposibilitaban hablar, pero los demás guardaban silencio por vergüenza. Muchos habían sido oficialmente «enterrados», o sea, declarados muertos, y habían asistido a su propio funeral en una iglesia vacía a excepción de un sacerdote que guardaba una prudencial distancia.

Era el caso de un hombre que atendí aquella mañana, un viejo campesino llamado Jacques, de ingenio vivaz y espíritu increíblemente jovial, teniendo en cuenta las circunstancias. La enfermedad había devorado sus pies hasta los tobillos, pero utilizaba sus muletas para desplazarse con altanería e ir solo al garderobe (pues insistía en que prefería morir antes que mearse en la cama). Era toda una hazaña pues solo le quedaban los pulgares, y unas facciones tan deformes que cualquier otro no haría el viaje por temor a ser visto. El puente de su nariz se había hundido hasta tal punto que había tenido que cortar la carne y el cartílago podridos con el fin de dejar al descubierto los orificios en la cara, y así respirar. Había perdido un párpado, de modo que el globo ocular se había secado, y luego ulcerado en la cuenca.

En conjunto, la apariencia de Jacques era grotesca, pero llevaba cinco años en el lazareto, y me había acostumbrado tanto a él y a los demás internos que era capaz de ver más allá de las deformaciones, y podía imaginar al hombre que había sido. De hecho nos apreciábamos, por mi parte porque medio imaginaba que era mi padre de viejo, al que me dejaban cuidar. Creo que tenía una hija, a la que ya no podía ver por culpa de su enfermedad. De esa manera, nos confortábamos mutuamente.

Todas las mañanas me saludaba con un «¡Buenos días, mi querida hermana Marie! ¿Cómo la trata Dios?», y yo respondía: «Bien, por supuesto», y me interesaba por su bienestar, a lo cual contestaba: «¡Mejor que nunca! Vivir con esta comodidad y paz, y atendido por unas mujeres tan guapas… ¡Ay, es una vida mucho más maravillosa de la que soñaba cuando trabajaba en los campos! Jamás sospeché, que, cuando llegara a la vejez, podría hacer de cuerpo en la intimidad, como un grand seigneur». Sonreía con sus labios deformes y revelaba unas encías grises sin dientes, y yo sonreía a mi vez cuando pedía que le limpiara las llagas.

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