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En el tiempo de las Hogueras

Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:

Carcasona, 1357. En los tiempos del papa Inocencio VI, en el sur de Francia, reina la peste y la Inquisición. La abadesa Marie Françoise va a ser juzgada bajo los cargos de herejía y brujería por haber realizado sanaciones mágicas y haber atentado contra el Papa. Para unos santa y para otros bruja.
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
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Sus heridas eran tan terribles como las de los demás. De hecho, la enfermedad había devorado casi todo su cuerpo, pero de alguna manera sobrevivía. De alguna manera conseguía escapar de la maldición de la gangrena y una muerte segura.

Bien, vuelvo de nuevo a aquella mañana particular con la hermana Habondia. Nuestra primera tarea en el hospital era vaciar y limpiar los orinales en la bomba del cercano garderobe. Después volvíamos al lazareto para limpiar a aquellos desgraciados demasiado tullidos o enfermos para andar hasta los orinales de la cámara.

Cuando regresé, esperaba el saludo acostumbrado de Jacques, pero aquella mañana guardaba un silencio ominoso. Me acerqué a él enseguida y descubrí, para nuestra mutua vergüenza, que por primera vez se había hecho sus necesidades encima. De haber sido otro no habría sentido la menor incomodidad, pero se trataba de Jacques, quien se enorgullecía de acercar los orinales a los demás. Me preocupaba que su enfermedad se hubiera agravado de repente. Él apartó la vista, en apariencia avergonzado, y no dijo ni una palabra, ni siquiera después de que le llevara una muda.

Aquel incidente amargó mi mañana. Atendí a mis enfermos con menos alegría que de costumbre, mientras la hermana Habondia se dedicaba a ellos con sus imprecaciones habituales.

Tal vez una hora más tarde, cuando estaba vendando una llaga en la pierna de un viejo leproso, oí un ruido suave, como un carraspeo ahogado, pero poseído de una viva desesperación. Muchos pacientes gemían y tosían sin cesar. Por lo general, no me habría fijado en un ruido tan leve, pero algo en él me obligó a volver la cabeza.

Detrás de mí, Habondia también estaba arrodillada en el suelo de piedra, curando las heridas de un leproso. Al otro lado, Jacques estaba tendido en su colchón de paja, y se aferraba la garganta con las manos.

Vi al instante, Vi con una compasión dirigida tan solo a Jacques, no a mí, ni a mis temores ni a mi pérdida inminente. Solo a Jacques, y al alma valiente y cariñosa que había seguido siendo en circunstancias que habrían derrumbado a muchos hombres. Solo a Jacques, y a la energía y bondad que había demostrado no solo a sus hermanos leprosos, sino también a sus cuidadoras. Y Vi con absoluta claridad su lengua leprosa, que se había soltado y bloqueaba su garganta.

– ¡Hermana! -grité a Habondia. Sorprendida, dejó caer el paño en la jofaina-. ¡Atended a Jacques! ¡Su lengua…!

Aún arrodillada, miró por encima del hombro a Jacques con el ceño fruncido.

– ¡Deprisa! -grité mientras me ponía en pie-. ¡Se la ha tragado! ¡Se está ahogando!

La hermana Habondia se movió con tal lentitud y yo con tal rapidez que ambas llegamos al lado de Jacques al mismo tiempo, aunque ella estaba junto a su cama y yo al otro lado de la estancia.

Con una mano abrí la boca de Jacques tanto como pude, y luego deslicé los dedos de la otra mano en el interior. Su aliento era indeciblemente repugnante, pero yo solo pensaba en pescar su lengua hinchada. Solo quedaba la punta, pues se había tragado la raíz. Tiré y tiré hasta que el miembro quedó libre con un ruido de succión. La estudié por un instante, gris y reluciente como una babosa. A mi lado, la hermana Habondia se tapó la boca y miró con tal expresión de asco y aprensión, que me sorprendió que no vomitara o se desmayara. Al mismo tiempo, Jacques inhaló una enorme bocanada de aire por la boca y las hendiduras que hacían de nariz.

Entonces ocurrió algo peculiar.

Una sensación de paz e infinito amor se apoderó de mí. Una suave tibieza descendió desde mi cabeza, como si estuviera de pie al sol. Durante un momento eterno me disolví en ella, olvidada de mí. Era la misma sensación de la presencia de la Diosa que había experimentado después de la muerte de Noni.

Y cuando oí una exclamación ahogada a mi lado, me volví, observé la mirada de la hermana Habondia y la seguí hasta mi palma abierta, donde vi una lengua que ya no era grisácea, hinchada y deforme, sino perfectamente formada, sana y rosada. Y alrededor de mis manos, visible incluso a la luz del día, brillaba un radiante resplandor dorado.

Las manos de Noni. Manos bendecidas con el Toque. No me cupo duda de que su gloriosa muerte había logrado aquello, porque noté su presencia a mi lado.

No hubo pensamientos, sorpresa, temor ni confusión. Solo la realización del acto correcto, introducir de nuevo la lengua en la boca abierta de Jacques, sentir el intenso pero agradable calor en mis dedos, dejarlos un momento sobre la lengua y luego retirarlos con suavidad… Al punto, el tiempo se puso en movimiento de nuevo. Fui consciente de mí, de lo que acababa de hacer, y me quedé sin habla.

Me arrodillé y miré a Jacques, tendido sobre el colchón. De pronto se incorporó, su ojo sano desorbitado de asombro, su rostro (aunque todavía deforme y estragado) radiante de dicha. Cogió mi mano (la que había sostenido su miembro leproso) y empezó a besarla repetidas veces.

Por fin, me miró con turbadora adoración.

– ¡Vos me habéis curado! -proclamó-. ¡Habéis salvado mi vida, me habéis devuelto el habla!

Y movió la cara para que todos los leprosos le oyeran hablar, con más claridad que nunca.

– ¡Oíd todos! ¡Esta buena monja es una santa, una obradora de milagros enviada por Dios! Anoche, la lengua se me soltó y yo, abatido al pensar que ya no podría traducir mis pensamientos en palabras, y al descubrir que la lengua estaba tan hinchada que no podía escupirla, decidí conservarla. Confiaba en tragarla, atragantarme y morir con rapidez.

»Pero este ángel -me señaló con un gesto ampuloso- no solo advirtió desde lejos mi apuro, sino que extrajo la lengua después de que me la hubiera tragado, y me la ha devuelto perfecta, y por obra de un milagro la ha colocado en su sitio para que pueda hablar otra vez.

»Loado sea Dios por habernos enviado una verdadera santa: ¡la madre Marie Françoise!

En mi espalda sentí la quemadura fría que se siente al apoyar un carámbano sobre la piel. Al instante, mi comunicación con la Diosa se truncó, pues a mi lado oí un sonido suave, un sonido que no debería haber oído en la cacofonía de vítores y preguntas que siguieron, pero que provocó un escalofrío en mi espina dorsal.

– Magia -silabeó la hermana Habondia-. Brujería…

¿Cómo puedo describir la peculiar mezcla de sentimientos que experimenté? Por supuesto, estaba muy contenta de que mi amigo Jacques hubiese recuperado el don de la palabra, y muy agradecida por el sacrificio de Noni, que lo había hecho posible. Pero no estaba preparada para admitir el milagro que acababa de realizar. De hecho, la reacción de la hermana Habondia suscitó en mí el deseo de negar lo sucedido.

Sin embargo, los leprosos pensaban de una forma muy diferente. Los que pudieron levantarse cojearon hacia mí con la mayor rapidez que permitía su enfermedad, y se aferraron a mi delantal con sus manos carentes de dedos, apoyando sus llagas abiertas. Tan desesperados estaban por curarse y yo tan imposibilitada para complacerles, que cuando la hermana Marie Madeleine vino a sustituirme yo estaba a punto de llorar.

La hermana Habondia no había pronunciado ni una palabra más, ni me había mirado a los ojos desde el episodio de Jacques. Cuando nos marchamos, tuvo la precaución de caminar unos pasos detrás de mí. Su desconfianza me llevó a acariciar la idea de escapar, porque sabía que cuchichearía y envenenaría las mentes de todas las hermanas en mi contra. En un abrir y cerrar de ojos me entregarían al obispo, y después a los inquisidores.

Corrí a unirme con las demás para cantar el Opus Dei en la capilla. Si huía en aquel momento, todo el convento se pondría en estado de alerta y no tardarían en capturarme. Pero si me iba después del ocaso y las vísperas, nadie descubriría mi desaparición hasta los maitines, lo cual me proporcionaría horas de oscuridad.

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