En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
– Mis disculpas, su santidad. Os ruego que continuéis…
– Fueron los templarios -dijo el arzobispo- quienes trajeron la magia del diablo desde Arabia, cuando en teoría fueron a proteger a los peregrinos y a combatir a los sarracenos en Tierra Santa. Sí, algunos eran nobles, al principio, y se sacrificaron por reconquistar el Templo de Jerusalén para la cristiandad, pero la verdad es… -El anciano se inclinó y su voz se convirtió casi en un susurro-. Algunos descubrieron debajo del templo documentos mágicos, escritos por el mismísimo Salomón, una fuente de inestimable poder. Y lo que averiguaron lo compartieron con los judíos y las brujas, como parte de la conspiración universal del mal.
– No sabía que las brujas aprendieron magia de los templarios -dijo Nana-. Pensaba que la habían heredado de las antiguas costumbres paganas anteriores a los romanos.
– En parte -admitió el arzobispo-, pero las mujeres son veleidosas, y así como pasan de dios pagano en dios pagano, y de conjuro en conjuro, roban magia de todas las fuentes disponibles. En cualquier caso, todas proceden de una sola fuente: Lucifer, que es su dios, con independencia del nombre que utilicen para invocarle. Y si bien los templarios preferían las orgías satánicas solo con hombres, los templarios y las brujas gozaban, y todavía gozan, de la posibilidad de… ¿cómo decirlo con delicadeza? Relacionarse.
El padre de Luc tenía los ojos clavados en el plato y comía durante el discurso del arzobispo. Cuando terminó, alzó la vista y dijo, sin convencimiento ni desaprobación:
– En efecto.
Nana sonrió al arzobispo y no dijo nada, pero Luc notó que estaba tensa, y se dio cuenta de que tanto ella como su padre detestaban a aquel hombre. ¿Por qué fingían todos darle la razón al arzobispo, cuando no era así?
De pronto, el arzobispo estaba cruzando el gran salón entre los comensales arrodillados, con Paul de la Rose a su lado. Nana y Edouard les seguían a respetuosa distancia, con Luc entre ellos, que cogía la mano izquierda de su abuela y la derecha de su tío.
Luc notó en la mano de Edouard calor, fuerza y cierto pesar, lo cual significaba que había ido a ver a su gemela Béatrice antes de ir a cenar. Edouard amaba con locura a su hermana, así como al único hijo de esta. Y Luc, que lo sabía, devolvía ese amor con idéntico fervor.
Pese a cualquier tristeza, el tacto de Edouard siempre era iguaclass="underline" lleno de alegría. No se trataba de una euforia desaforada, sino de una felicidad firme y decidida, aun enfrentado a la tragedia, de un hombre que sabía lo que creía, y que creía en algo maravilloso y bello.
Hoy, hasta esa alegría estaba contaminada por algún horror no verbalizado, el mismo temor mudo que emanaba de la mano de Nana. Estaban llevando a cabo una interpretación impecable para el arzobispo y los comensales, todos adultos, pero no podían engañar a un niño.
De pronto estuvieron fuera. Luc, sentado en una silla dorada frente a su padre, a lomos del magnífico corcel negro de Paul. Delante, a cierta distancia, los ayudantes acomodaron al arzobispo en un chariot de cuatro caballos, con la madera recubierta de cuero blanco y dorado, en el cual se habían grabado los símbolos de la cristiandad, así como el emblema de la familia del arzobispo. Un tapiz a juego de brocado blanco bordado con hilo de oro hacía las veces de dosel, mientras el anciano apoyaba sus frágiles huesos contra almohadones de terciopelo escarlata. Imágenes veloces:
Una ruidosa plaza pública, el murmullo de miles de voces. El susurro de su padre en su oído: «Recuerda siempre lo que estás a punto de ver y oír. Y deja que te recuerde, en cualquier circunstancia, que has de refrenar tu lengua».
Subiendo a una plataforma de madera, donde aguardaban cuatro hombres: dos vicarios, un monje y un sacerdote llamado Pierre Gui. Debajo, en el centro despejado de la plaza, postes de madera sobresalían del suelo.
Un cielo rutilante, azul, tan penetrante como la mirada de su padre. Luc temblando mientras aferraba la mano de su padre y contemplaba las llamas, llamas del color de la sangre, llamas que transformaban hombres vivos en estacas carbonizadas y ennegrecidas.
Luc había vuelto la cara, pero su padre le obligó a mirar sin decir palabra.
Y había mirado. Y cuando todo el mundo murió por fin y los guardias rompieron en pedazos los cuerpos carbonizados con atizadores, para que quemaran con más rapidez, había regresado al castillo con su padre y su tío para tomar una cena ligera. Apenas pudo comer, y luego vomitó.
Mareado y débil, se aovilló en su lugar favorito, el antepecho de una ventana que ofrecía una vista estratégica de los patios del castillo, y de la tierra que se extendía al otro lado de sus muros. El sol había calentado la pequeña habitación situada entre los aposentos del señor y la señora. Mientras Luc dormitaba, oyó discutir a su padre y su tío:
– Entonces, no has dicho nada al chico.
– Es mi hijo, Edouard, no el tuyo, ni de tus queridos templarios.
La voz de su tío, más baja pero todavía audible:
– Por el amor de Dios, Paul, los criados pueden oírte. Además, los nombres son irrelevantes. Ya te he dicho que no soy más templario que cátaro, moro o cristiano. Tal vez los cuatro a la vez, o ninguno. La verdad es la verdad, por más etiquetas que le pongas. Y la verdad es que tu hijo…
– Mi hijo, recuerda.
Un suspiro.
– Sí, tu hijo, Paul. Tuyo y de Béatrice. No puede escapar a su…
La voz de papá, alzándose iracunda:
– ¿Quieres que se vuelva loco, como su pobre madre? ¿O que le asen como a un cerdo, como a esos pobres desgraciados de hoy?
Edouard, con calma:
– Sin tu ayuda, hermano, y sin la mía, es posible que se vuelva loco. Y sin buenos consejos, es posible que utilice sus talentos de forma imprudente, delante de las personas menos convenientes.
Más deprisa, y con voz más alta, cuando Paul hizo un ruido como si fuera a interrumpirle:
– Oh, sí, tiene talento, tanto como su pobre madre, por más que odies el hecho.
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– ¿Cómo puedes decir eso? No ha demostrado ni la menor pizca…
– Tú no lo has visto porque no quieres verlo.
Una larga pausa y Edouard añadió:
– Deja que el chico se venga conmigo. Deja que le adiestre. Este lugar no es seguro, con Béatrice en su estado. Sirve a los ojos y oídos de nuestro adversario, y cuanto más se quede el chico aquí, más grande es el peligro de que el Enemigo encuentre una manera de que ella…
Un repentino sollozo ronco surgido del pecho de su padre.
– ¿Cómo puedo dejarle marchar, después de ver en qué se ha convertido su madre? Dime, ¿qué ha hecho para merecer tales tormentos? ¿Es un castigo de Dios, me pregunto? ¿Simple locura? O…
– No sé la causa -replicó Edouard-. Pero sí sé quién.
Repentino silencio.
– Uno de los nuestros -dijo Edouard, y aunque Luc no comprendió el significado de las palabras, se le puso la piel de gallina.
– ¿Uno de la Raza? No. Imposible. ¿Cómo puede corromperse hasta tal punto alguien bendecido con el don?
– Ha sucedido, Paul.
– No, no. Es culpa mía, te lo repito. Tú y yo la empujamos. Siempre ha sido sensible. Quizá no sea un ataque. Demasiado sensible. Tú, su hermano gemelo, lo sabes mejor que nadie. Siempre he hecho lo que me has pedido, lo que tú y ella dijisteis que era mi destino, ¡y mira qué ha sido de ella! Todas las visiones, la magia, la condujeron a la locura.
Edouard, con tono tranquilizador:
– Los más dotados son los que corren mayores riesgos. Tendría que haber intuido algo, tendría que haber comprendido que su propio miedo la aplastaría. Tendría que haberos prohibido trabajar sin mi presencia, o al menos, haber coordinado el día y la hora cuando la distancia nos separaba. Todos cometimos errores. Tú, Bea, y sobre todo yo. Si bien en muy raras ocasiones la locura se adueña de aquellos mejor dotados, ahora sé cómo habríamos podido impedirlo. El chico ha de ser adiestrado con mucho cuidado para que no le suceda. Es su destino, Paul, al igual que el de Bea fue engendrarle por el bien de la Raza. Sería una tragedia que ahora nos negáramos…