En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
Puse al mal tiempo buena cara y canté las horas junto con mis hermanas, y cometí varias equivocaciones por culpa de mi nerviosismo. Durante todo el rato fui consciente de la mirada de Habondia clavada en mí, que desviaba cada vez que yo me volvía.
Después de la capilla, cada monja debía dedicarse a una tarea concreta (en mi caso distribuir los cuencos) antes de la cena, y por fin llegó la hora de sentarnos a la larga mesa de caballete e inclinar nuestras cabezas, mientras la madre Geraldine daba las gracias por la comida.
Las reglas prohibían que las hermanas hablaran en la capilla o durante la colación comunal que seguía a continuación. Habondia tendría un tiempo muy breve para vomitar sus acusaciones, antes de que las monjas se retiraran a sus celdas para rezar en soledad. Las autoridades no se enterarían hasta el día siguiente.
No obstante, cuando alcé la cabeza para mirar a la congregación reparé en un extraño fenómeno: las mujeres, que solían sentarse cada día en el mismo sitio, habían cambiado sus lugares. Más de la mitad estaba sentada con sus cuerpos y rostros sonrientes vueltos hacia mí, en el lado izquierdo de la mesa. Las demás, muy juntas y con la boca apretada, estaban inclinadas hacia la hermana Habondia, a la derecha.
Solo la madre Geraldine ocupaba su puesto habitual, en el centro. Después de dar las gracias, se levantó y empezó a servirnos, una por una, del caldero que colgaba sobre el enorme hogar. En el ínterin, la hermana Habondia me miraba, y me señaló con dos dedos, en el gesto utilizado contra el mal de ojo.
Geraldine lo vio, y si bien la regla prohibía hablar durante las colaciones, salvo en casos muy extremos, la abadesa clavó la vista en Habondia.
– Estáis excusada, hermana -dijo-. Hablaré con vos más tarde. Id a vuestra celda y rezad a Dios por lo que acabáis de hacer. -Después volvió hacia mí su expresión severa pero inescrutable-. Vos también estáis excusada, hermana Marie Françoise. Acompañadme. -Sin más, pasó su cucharón a una estupefacta Marie Madeleine.
Seguí a la abadesa, con rodillas temblorosas. Sin embargo, después de muchos años de convento confiaba en la madre Geraldine, porque siempre me había tratado bien.
Abandonamos el refectorio en silencio, atravesamos la cocina y salimos al pasillo. Para mi sorpresa, la abadesa me condujo sin más hasta el santuario desierto. Allí, a las sombras del atardecer y el resplandor de las velas que ardían a perpetuidad por las almas del purgatorio, miró un momento el altar, se persignó y arrodilló sobre la fría piedra.
Yo hice lo mismo, naturalmente, pero mi corazón dio un vuelco, porque su expresión seguía inescrutable, su porte grave, y no me miró ni un momento. Esperaba sentir de un momento a otro una mano sobre mi hombro, para alzar los ojos y ver a un dominico con su hábito negro y la capucha ribeteada de blanco, un auténtico cuervo.
No apareció nadie, y al cabo de un rato la abadesa se puso en pie, volvió a persignarse y después, en cuanto yo hube hecho lo mismo, me indicó con un ademán que la siguiera.
Obedecí. Fuimos al lazareto y la madre Geraldine se acercó al catre de Jacques.
– ¡Querido Jacques! -exclamó-. ¡Mi buen amigo!
Como si fuera la cosa más natural del mundo, se arrodilló ante él, aferró su mano sin dedos y la besó.
– Dulcísima madre -dijo él, complacido por la claridad de su pronunciación-. Y mi dulce hermana Marie, que es una santa, como ya deberíais saber, enviada por Dios. Ha realizado un verdadero milagro y me ha devuelto la lengua. Me estaba muriendo, madre…
La madre Geraldine le interrumpió con expresión extrañamente serena.
– Querido amigo, ¿puedo inspeccionar la prueba? Mi oído percibe la mejoría, pero si hemos de declarar santa a nuestra hermana, se necesitará otro testigo ocular.
Jacques accedió de buen grado. Las ventanas del lazareto estaban orientadas hacia el oeste, y por ellas entraba el sol poniente. La madre Geraldine tendió a Jacques sus muletas, y le permitió la dignidad de cojear sin ayuda hacia una ventana sin postigos. No puedo olvidar la escena: Jacques, encorvado sobre sus cortas muletas, la hermana, más alta, inclinada para inspeccionar el fondo de su garganta. Ambos, siluetas oscuras recortadas contra una luz escarlata.
Volvieron hacia mí, y por fin pude ver mejor a la abadesa. ¿Cómo podría describirla? Tenía los labios muy apretados. Bajo el hábito, su pecho oscilaba a causa de su respiración acelerada. Estaba muy conmovida, reprimía tanto la emoción como las palabras, pero en mi angustia yo ignoraba si su comportamiento era positivo o negativo para mí.
– Gracias, amigo mío -dijo al leproso. En cuanto volvió a acomodarse en su catre, nos despedimos, mientras Jacques gritaba:
– ¡Dios sea loado! ¡Dios sea loado, y que bendiga eternamente a la madre Marie Françoise!
La abadesa me guió con celeridad y en silencio hacia su celda, la más pequeña y espartana, carente incluso de un catre. Aunque la costumbre exigía que las monjas dejaran su puerta abierta, la cerró y se volvió por fin hacia mí.
– Entonces es verdad -dijo, o mejor dicho, preguntó, porque deseaba obtener mi confirmación- lo que dijo la hermana Habondia: que de alguna manera supisteis que Jacques se estaba atragantando, y cuando le sacasteis la lengua, se regeneró en vuestra mano y se la devolvisteis.
¿Cómo podía negarlo? Había visto la prueba con sus propios ojos, y dos personas le habían confirmado de palabra que yo era culpable. Me apreciaba, cierto, y si solo hubiera sido mi palabra contra la de Habondia tal vez habría mentido, pero no podía acusar a Jacques.
– Es verdad -dije con la cabeza gacha-, pero fue Dios quien lo hizo, no yo.
– Habondia dice que fue brujería -contestó en voz baja, y sentí un escalofrío.
No dije nada, y seguí con la cabeza gacha, hasta que Geraldine habló de nuevo.
– Hay mucha gente como ella. Y en estos tiempos peligrosos, lo mejor es ser precavida.
Alcé mi cabeza poco a poco, esperanzada.
– Quizá recordáis la primera vez que nos encontramos -continuó-, cuando os dije que era la intención de Dios cruzar nuestros caminos. ¿Creéis que fue un accidente encontrar un hábito de monja, y encima de franciscana, colgando en el bosque? Fui yo quien lo puso allí.
Asimilé sus palabras en silencio.
– Yo Sueño. Soñé que os encontraba, atacada por bandidos. Soñé con el suceso de hoy. Mi destino es serviros, hermana, al igual que vuestro destino es alcanzar metas mucho más elevadas.
Caí de rodillas mientras hablaba.
– No puedo… No debo… -Mi voz se convirtió en un susurro y me cubrí los ojos-. Soy una impostora… Madre, no soy una monja. Ni siquiera soy una verdadera cristiana.
Se arrodilló a mi lado y cogió mi mano. Era mucho más alta que yo, un detalle que consideré consolador en aquel momento, como si yo fuera una hija y ella mi madre.
– Dios es más grande que la Iglesia -dijo-. Más grande que las doctrinas del hombre, más grande de lo que cualquiera de nosotras sabe. Sea cual sea el nombre con que le llamemos, a Él o a Ella, la Diosa: Diana, Artemisa, Hécate, Isis, santa María… -Guardó silencio un momento-. Cuando nos encontramos la primera vez, vi el Sello de Salomón alrededor de vuestro cuello.
Parpadeé, estupefacta.
– El talismán de oro con la estrella y las letras hebreas grabadas. Aún lo lleváis, ¿verdad?
Asentí, anonadada. ¿Cómo era posible que aquella mujer cristiana supiera el nombre del medallón mágico, cuando yo no tenía ni idea?
– Bien. Os protege. Os trajo hasta aquí.
– Ni siquiera sé lo que significa -admití-. Nunca había hecho nada parecido a lo sucedido hoy con Jacques. No sé por qué de repente…
– Yo sí. Es el legado de vuestra abuela. El resultado de vuestra suprema iniciación, logrado mediante el sacrificio de su muerte. Porque, mi querida Sybille, seréis más que humana, y vuestra abuela ha cumplido a la perfección el papel que le correspondía en la tarea. Un gran poder recaerá sobre vos, y nuestro propósito es guiaros en su uso…