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En el tiempo de las Hogueras

Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:

Carcasona, 1357. En los tiempos del papa Inocencio VI, en el sur de Francia, reina la peste y la Inquisición. La abadesa Marie Françoise va a ser juzgada bajo los cargos de herejía y brujería por haber realizado sanaciones mágicas y haber atentado contra el Papa. Para unos santa y para otros bruja.
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
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Ruido de metal al chocar contra la piedra. Tal vez una copa de hipocrás arrojada contra una pared. Luc se encogió cuando, al otro lado de la pared, su padre gritó:

– ¡Maldito sea el destino! ¡No puede haber mayor tragedia que esta!

Silencio durante un rato, y después la voz de Paul otra vez, serena y pesarosa:

– Ella es una joya, Edouard, una piedra preciosa, el amor de mi vida. ¿Cómo puedes hablarme de destino cuando ella está sentada cerca, aprisionada entre muros y fallebas para impedir que se haga daño a sí misma o a su hijo, sufriendo Dios sabe qué clase de tormentos mentales? ¿Qué me importa la Raza, cuando he perdido a mi Béatrice?

– Entrégame al muchacho -dijo con firmeza Edouard-. Aunque mi hermana ya no pueda salvarse, aún estamos a tiempo de ayudar al chico.

Paul, ronco:

– No. No oses pedirlo, Edouard. He perdido a mi esposa. Luc es todo lo que me queda.

– Ignorar quién y qué es no cambiará las cosas, hermano. El destino le encontrará, tanto si está preparado como si no. -Edouard hizo una pausa y luego volvió a hablar, siempre con tono sereno, razonable-: Entrégame al muchacho.

– No.

– Entrégame al muchacho…

Luc cayó en un delirio. Tal vez gritó, porque recordó la cara preocupada de su padre sobre él, y la de Edouard, y la de Nana. Se arrojó, afligido, en la cama que compartía con Nana.

Y atormentado, no solo por el insufrible recuerdo del sufrimiento que había presenciado, sino por el terror de que estaba condenado a terminar como su madre.

Eso, y el recuerdo de haber visto a otro niño, cuando estaba sobre la plataforma, contemplando las llamas vivientes. Una niña campesina de pelo oscuro, recogido en una gruesa trenza, con los sucios pies descalzos balanceándose sobre el borde del carro mientras chillaba… y después caía de espaldas y quedaba inmóvil, como muerta. Había seguido una pequeña conmoción cuando su familia se precipitó a recogerla y la subió al carro. Habían abandonado las ejecuciones públicas al punto, con dificultad, teniendo en cuenta la muchedumbre apiñada.

Por qué Luc se había fijado en eso seguía siendo un misterio, pues el pequeño carro era uno más entre una multitud de miles de campesinos y mercaderes, y su padre y él, el grand seigneur, estaban separados del populacho por la berma y las llamas.

No obstante, pese al dolor que le embargaba, Luc revivió el momento una y otra vez, como si hubiera estado al lado de la niña: sus ojos negros, abiertos de par en par y angustiados, sus labios entreabiertos, sus brazos bronceados que se agitaban para conservar el equilibrio…

Luego el chillido, la caída. Y cuando la multitud se abrió, su forma silenciosa…

En su lecho de dolor, Luc se removía de un lado a otro, obsesionado por la campesina. Estaba desesperado por salvarla, por encontrarla, por saber si aún vivía. De todos los curiosos de la muchedumbre, sabía que ella había sentido, tanto como él, el sufrimiento de los condenados. Ella había comprendido, igual que él, todo el horror de lo que sucedía ante sus ojos.

Y él había pensado: De todos los aquí presentes, ella es la más parecida a mí. Y si ha muerto, eso quiere decir que yo también moriré…

Preguntó a los rostros que se cernían sobre él (papá, Edouard, Nana) si habían visto a la niña que había chillado y caído del carro. Ninguno la había visto, y todos sonrieron con paternalismo de su verdadera aflicción, y luego intentaron distraerle. Era demasiado pequeño para dar nombre a su condescendencia, pero le enfureció igual. Pues había pensado que, si averiguaba su nombre, tal vez podría localizarla, saber que se había recuperado y se encontraba bien.

Por la noche, el monje Michel despertó con la mente todavía enmarañada en el sueño, con el corazón henchido de una satisfacción tan profunda que llevó lágrimas a sus ojos:

Sybille. Se llama Sybille…

Casi al instante, cayó en otro sueño.

Un año después, o tal vez dos, el pequeño Luc despertó en una amplia cama, tan alta que cuando bajó los pies por el borde, colgaron a cierta distancia sobre el suelo. Medio se deslizó y medio saltó a la piedra fría, y salió a la antesala, fría debido a la llegada del invierno, aunque el fuego estaba encendido. Sereno pero decidido, experimentaba la sensación de que alguien se hubiera apoderado de su corazón y le guiara con ternura y determinación hasta la entrada de los aposentos de sus padres.

La puerta estaba entreabierta, lo cual era una sorpresa, lo suficiente para que se colara un niño, como si alguien hubiera conspirado para dejar paso a Luc.

Su padre estaba tendido sobre una gran cama, cubierto por pieles de oso y mantas de lana. Un fuego agonizante teñía la escena de un naranja tenue. El fiel criado

Philippe y Nana esperaban sentados en sillas junto a la cama. Los dos roncaban con el abandono de la vejez.

Luc avanzó de puntillas hacia la cama para ver a su padre. El rostro del grand seigneur mostraba una palidez aterradora. Gotas de sudor resbalaban por su frente y la barba incipiente de las mejillas. Era un rostro severo, con el ceño fruncido.

Entonces, el padre de Luc se removió y emitió un gemido débil y angustiado. Sufría terribles dolores pese a los esfuerzos del médico. La herida de su pierna se había infectado y era de esperar que le matara.

Una lanza había atravesado su muslo durante un torneo celebrado en honor del rey. Casi todos los caballeros veteranos habían participado, y Paul había sido nombrado favorito del rey, pero había luchado sin ganas. «Casi -habían susurrado los criados-, como si quisiera morir.»

Una oleada de compasión, pena y adoración embargó a Luc, hasta el punto de que por un instante creyó que no podría soportarla, y antes de darse cuenta de lo que hacía, subió a la cama, bajó las mantas y dejó al descubierto el muslo herido de su padre, envuelto en vendas húmedas e hinchado hasta alcanzar el doble del tamaño normal. La piel que las vendas no cubrían se veía de un violeta intenso.

La visión era horrenda, por no hablar del olor a mostaza ácida, carne podrida y sudor amargo, pero Luc no sintió temor, solo el instinto de apoyar sus manitas sobre la cataplasma caliente.

Al punto, experimentó una extraña sensación, de calor, el zumbido de mil abejas, que recorría su cuerpo y pasaba a través de sus manos a la herida de su padre. El calor de sus palmas aumentaba y las vibraciones se intensificaron, y con ellas llegó una sensación de alivio tan profunda que perdió todo sentido del tiempo. El niño permaneció inmóvil hasta que la pierna empezó a moverse bajo sus manos. Luc, sobresaltado, vio que su padre le estaba mirando con estupor.

– Luc -susurró, y se irguió poco a poco sobre los codos-. Luc, Dios mío…

El niño siguió la mirada del padre hasta la pierna vendada, que ya no estaba hinchada y cuya piel había adquirido un color saludable.

El niño aplaudió y emitió una carcajada de alegría. No obstante, la timidez le impidió rodear con sus brazos el cuello del grand seigneur. Al punto, el viejo criado roncó sonoramente y se removió en su silla. El padre de Luc se llevó un dedo a los labios, e indicó a su hijo con un gesto que se acercara y le abrazara.

El niño obedeció, le rodeó el cuello y apretó su mejilla infantil contra la de su padre, curtida por la intemperie y con barba incipiente. Ante la alegría de Luc, su padre le abrazó con afecto.

– Perdóname, hijo mío -dijo Paul. Sus ojos se humedecieron-. Te he injuriado al intentar olvidar la verdad, apenado por la suerte de tu madre. Había confiado en que la ignorancia te protegería de tu herencia, pero ya veo que se impondrá con o sin mi ayuda. Mejor que sea con mi ayuda. Mejor que sea…

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