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En el tiempo de las Hogueras

Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:

Carcasona, 1357. En los tiempos del papa Inocencio VI, en el sur de Francia, reina la peste y la Inquisición. La abadesa Marie Françoise va a ser juzgada bajo los cargos de herejía y brujería por haber realizado sanaciones mágicas y haber atentado contra el Papa. Para unos santa y para otros bruja.
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
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13

A la mañana siguiente, todo el convento se había enterado de la curación de Jacques, por sus propios labios, grises y moteados, y por los de Habondia, rebosantes de miedo y veneno. La división de lealtades expresada en la mesa del comedor se confirmó en la siguiente colación: seis hermanas prestaron su ardiente apoyo a Habondia y sus sospechas. El grupo, solidario como un banco de peces, susurraba con sus viles cabezas muy juntas, me dirigían miradas furtivas, rezaban en voz alta para que Dios les protegiera y maldecían al diablo siempre que se cruzaban conmigo.

Al igual que la hermana Habondia, yo también estaba rodeada de mis discípulas. Era demasiado tarde para negar mi intervención en la curación del leproso, pero procuré subrayar en todo momento que era Dios, y no yo, quien había realizado el milagro. Casi todas lo comprendían, pero buscaban mi presencia como convencidas de que, si Dios me había visitado una vez, todavía poseía algo de Su resplandor, en el que deseaban bañarse. Sin embargo, algunas me canonizaron en sus corazones, en especial la hermana Marie Madeleine, tan imbuida de fervor religioso que intentaba ser para mí lo que san Juan había sido para Jesús. Caminaba tan cerca de mí que nuestros hábitos se rozaban, cogía mi mano, la apretaba contra sus labios, con ojos extasiarlos.

– Habladnos de Dios, dulce hermana -decía-. ¿Qué os ha dicho hoy?

– No soy una santa -insistía yo-. Dios me habla tanto como a vos, mediante la liturgia y las escrituras.

Aquella noche no pude dormir. Había llegado a querer a muchas de mis hermanas, en especial a mi protectora Geraldine, que no me había hablado desde la asombrosa revelación de que iba a ser mi profesora. Pero temía que ella, al igual que yo, fuésemos descubiertas muy pronto…

Al día siguiente, mientras realizaba mis tareas en el lazareto con la hermana Habondia, la hermana Marie Madeleine apareció en la puerta, sin aliento y sofocada como si hubiera corrido. Me llamó, sin hacer caso del escrutinio de Habondia.

– La madre Geraldine os reclama en su despacho. ¡Debéis acudir al punto!

En cuanto salimos al pasillo, Madeleine me cogió la mano.

– Debo ocupar vuestro puesto en el lazareto -susurró-, pero debía deciros… que la hermana -movió la cabeza para indicar a Habondia- consiguió que el padre Roland hablara al obispo del milagro. -Apretó mi mano, muy exaltada.

La miré, consternada.

– ¿Queréis decir que tanto el padre como el obispo están enterados?

– Más que eso. -Me dedicó una amplia sonrisa-. El obispo está aquí.

¿Aquí? Pronuncié la palabra en silencio, demasiado aturdida para decirla en voz alta.

– Para veros. Es maravilloso, ¿verdad? Ahora debo irme, pero después debéis contármelo todo. -Y regresó al lazareto presurosa.

Atontada, caminé a grandes zancadas en dirección contraria, hasta que mis piernas fallaron y caí de rodillas, con las manos contra la pared. Mi respiración era entrecortada. Esto era lo que más había temido, pero al menos nadie acusaba a Geraldine. Si me torturaban, ¿sería lo bastante fuerte para no revelar su nombre ni el de las demás hermanas?

Diosa, ayudadme, recé en silencio, con la cabeza vencida bajo el peso del miedo. Tal fue la intensidad, la desesperación y la voluntad de aquellas dos palabras, que supe sin lugar a dudas que habían sido oídas.

Permanecí en aquella postura varios segundos, hasta que recuperé la cordura. Cualquier intento de huir confirmaría mi culpabilidad. Además, estaba segura de que el chariot, los caballos y los ayudantes del obispo estaban esperando fuera.

No me quedaba otra alternativa que plantar cara a mis interrogadores. Al menos podría fingir inocencia, y achacar toda la responsabilidad de la curación al dios cristiano.

Por fin decidida, exhalé un profundo suspiro, alcé la cara… y vi a la madre Geraldine y al obispo, parados a escasos metros de mí.

El obispo era un hombre regio, anciano, de mejillas hundidas y profundas ojeras bajo unos ojos de espesas pestañas. Iba encorvado y estaba muy delgado, como si sus responsabilidades hubieran consumido su carne. Aquel día llevaba el hábito negro informal de un sacerdote, con la mitra de obispo.

– Hermana Marie Françoise -dijo la madre Geraldine con talante formal y distante-. Ya conocéis al obispo.

En efecto. Nos había visitado varias veces durante los últimos años, con el fin de inspeccionar las finanzas del convento y celebrar con nosotras el aniversario de nuestra llegada a Carcasona.

– Hermana -dijo con voz aguda debido a la edad, y avanzó un paso para acercarme su anillo. Me postré de hinojos antes de besar el frío metal engarzado en piedras preciosas. Luego tomó mi mano y me ayudó a levantarme-. Venid -dijo, señalando el pequeño despacho de la madre Geraldine.

Indicó con un ademán que le precediéramos, después cerró la puerta y permaneció inmóvil de espaldas a ella.

Permaneció en silencio mientras me examinaba con inquietante intensidad. Sus ojos eran inteligentes, penetrantes. Podía ser una mirada de admiración o la de un cuervo que estudiara la carroña que iba a ser su cena.

– Contadme cómo se curó el leproso.

Su tono era afable, incluso alentador. Hice de tripas corazón y, siempre con la vista gacha, le conté con mucha sencillez lo acaecido: Jacques se había atragantado, y yo, tras advertirlo le había extraído la lengua, que luego se curó milagrosamente. Insistí en que era Dios, y no yo, el responsable, y que no tenía ni idea de cómo había ocurrido. Yo era una humilde monja, y ni siquiera de las mejores. Dios no había vuelto a utilizarme desde dicha ocasión.

Él escuchó en silencio. Cuanto más hablaba yo, más consciente era de que no me escuchaba, sino de que me observaba.

Lo cual me puso más nerviosa que cualquier acusación. A mitad de mi relato me interrumpí, pues había olvidado las palabras siguientes. Por un momento me quedé aturdida, incapaz de hablar, pero por mediación de la gracia de la Diosa me recuperé y balbuceé hasta el fin.

El anciano siguió en silencio, durante tanto rato que al fin osé mirarle. Tenía el ceño fruncido en señal de desaprobación.

– La hermana Habondia afirma que es brujería, que vuestras manos estaban rodeadas de un extraño resplandor, más brillante que la luz del día. ¿Qué respondéis a esta acusación?

Bajé la vista al punto.

– Vuestra santidad, no fue brujería, ni obra mía. Fue Dios quien curó a Jacques, no yo.

– Tenéis derecho a escuchar a vuestra acusadora -dijo, y llamó con voz profunda y autoritaria-: ¡Hermana!

Al mismo tiempo, abrió la puerta para dejar pasar a una monja, con la cabeza tan gacha que el velo y la toca ocultaban su rostro por completo, pero no me cupo duda de su identidad.

– Su santidad -dijo con voz frágil y temblorosa, quejumbrosa a decir verdad. Se arrodilló, besó su anillo, y después permitió que la ayudara a levantarse, aunque estuvo a punto de perder el equilibrio.

– Hermana Habondia, decidnos lo que visteis la mañana que el leproso Jacques fue curado.

Inspiración y virtuosidad iluminaron las facciones de Habondia y suavizaron las arrugas fruto de la ira, con lo cual se reveló que había sido hermosa en su juventud.

– Vuestra santidad -dijo con vehemencia y convicción-, yo estaba atendiendo a uno de los leprosos cuando, al otro lado de la sala, oí un terrible sonido, el grito de la madre Marie Françoise.

– ¿Y cuáles fueron sus palabras? -la urgió con serenidad el obispo.

– Maldiciones terribles, santidad. Maldiciones contra Dios, y Jesús… Y una oración al diablo.

Lancé una exclamación ahogada, pero nadie me prestó atención.

– Sé que es difícil para vos, hermana Habondia, pero… ¿cuáles fueron las palabras precisas? Hemos de saberlo antes de iniciar el juicio.

– Oh, santidad -dijo, abrumada por tal idea, y apretó la mano contra su pecho, desolada, pero obedeció con el rostro congestionado-. Creo que dijo «Maldito sea Dios» y «Maldito sea Jesús» -se persignó-, y después: «Demonio, concededme el poder…»; o no, fue: «Lucifer, concededme el poder».

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