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En el tiempo de las Hogueras

Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:

Carcasona, 1357. En los tiempos del papa Inocencio VI, en el sur de Francia, reina la peste y la Inquisición. La abadesa Marie Françoise va a ser juzgada bajo los cargos de herejía y brujería por haber realizado sanaciones mágicas y haber atentado contra el Papa. Para unos santa y para otros bruja.
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
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– Buenas tardes, hermana -dijo con una sonrisa-. ¿Por qué viajáis sola por esta parte del bosque?

Pensé: Si huyo despertaré sus suspicacias. No es más que un monje. No ha venido de Tolosa y no me conoce.

– Buen hermano -repliqué-, yo podría preguntaros lo mismo.

– Ah -dijo, y sus mejillas gordezuelas se alzaron un poco, hasta casi ocultar sus ojos-, pero es que yo no estoy solo.

Enseguida obtuve la confirmación de sus palabras. Unas fuertes manos aferraron mis muñecas y me echaron hacia atrás, hasta tropezar con el cuerpo de otro hombre, al menos igual de fuerte y alto.

Pataleé y pedí socorro. Por un instante conseguí volverme a medias hacia mi captor, que también llevaba el hábito dominico.

Así pues, me habían capturado, decidí. El Mal les había enviado y yo estaba perdida, pero no me rendiría. Hundí los dientes en un antebrazo musculoso, hasta que el hombre situado detrás de mí gruñó y soltó mi mano.

El primer dominico me retuvo. -No lleva bolsa -informó el otro, y su compañero rezongó.

Al punto, oímos el retumbar de cascos y el chirrido de ruedas, y la voz de una mujer que gritaba:

– ¡Atrás! ¡Atrás, bergantes! ¡Perros! Pero no canis Dominis, ni por asomo. He encontrado a los pobres monjes a quienes robasteis los hábitos y no vacilarán en acusaros. ¡Atrás, he dicho!

El chasquido de un látigo. Otra vez. Y otra.

Algo (¿una piedra?) golpeó mi cabeza, y caí hacia atrás, sin que ninguna mano me retuviera. Solo el suelo, que me dejó sin respiración. Los monjes desaparecieron de mi vista. En su lugar apareció el cielo, flanqueado por las ramas de altos árboles. Era brillante y azul, y una brisa seca e insistente disipó las nubes de tormenta restantes.

Al instante, otro rostro ocultó el azul, el rostro de una mujer, cuadrado y pálido, rodeado por una toca blanca y coronado por un velo blanco. «Madre», murmuró alguien detrás de ella, y supe que era la Diosa. Iba vestida exactamente como yo, y cuando nuestros ojos se encontraron, los suyos estaban henchidos de tanta compasión que rompí a llorar, pese a mi aturdimiento.

– Dios nos ha traído a las dos aquí -dijo, secó mis lágrimas y sonrió.

Se llamaba madre Geraldine. Con el tiempo llegaría a conocerla como la madre Geraldine Françoise, pero aquel día solo supe cómo la llamaban las demás monjas. Me ayudó a subir a una amplia carreta con un techo de lona que nos protegió del sol. Guardo un vivo recuerdo de aquel viaje, de los rebuznos de los asnos, de los tumbos constantes que daba la carreta, lo cual lastimaba mi espalda y mi cabeza, todavía resentidas de la caída. Recuerdo la bondad de las mujeres, que me ofrecieron pan y una copa para beber, y que dejaron descansar mi cabeza sobre sus blandos regazos. Se pasaron casi todo el camino rezando:

«Dios te salve María, llena eres de gracia; bendita Tú seas entre todas las mujeres…».

El viaje continuó hasta el ocaso, cuando nos detuvimos para acampar. Anocheció enseguida. Dormí a intervalos, y recuerdo que la madre Geraldine no dejaba de cuidarme en la carreta. Las monjas habían encendido un buen fuego, cuya luz oscilante teñía la piel y el hábito blanco de mi benefactora de un ominoso tono naranja pálido.

A la mañana siguiente, las monjas viajaron en silencio. Recuerdo vagamente que llegamos a un enorme edificio de piedra que olía a muerte y que me llevaron a una cama, donde caí en un sueño profundo.

Desperté por fin, despejada por completo, y vi que una hermana con toca blanca y velo negro estaba inclinada sobre mí, los labios y la nariz tapados con un pañuelo alrededor de la cara. Al verme, sus ojos se arrugaron y dio una palmada.

– ¡Alabados sean Dios y san Francisco! -dijo con cautelosa alegría-. ¿Cómo os sentís, hermana?

– Mejor -grazné, mientras me preguntaba si el pañuelo era producto del delirio, cuando reparé en que el olor desagradable (un leve matiz de lo que había olido en la habitación de la esposa del orfebre) persistía, y por lo visto era muy real.

No tuve tiempo para preguntar al respecto. Mi enfermera abandonó la habitación a toda prisa, y volvió, entusiasmada, con un cuenco de sopa.

Era una mujer joven y agradable, y muy parlanchina para alguien que había tomado los hábitos. Mientras yo comía con parsimonia, me refirió mis circunstancias: estábamos en un convento de monjas de Carcasona, ella se llamaba madre Marie Madeleine y, en efecto, alguien había muerto en la habitación contigua, pero ya habían sacado el cadáver y las demás hermanas estaban limpiando a fondo la estancia, el olor no tardaría en disiparse.

Habían temido que muriera a consecuencia del golpe propinado por los ladrones, porque dormía mucho y no podían despertarme. La madre Geraldine, la más piadosa y compasiva de las mujeres, había pasado la noche rezando junto a mi cama.

Pese a mi debilidad, estaba lo bastante lúcida para llevarme las manos a la cabeza, para ver si palpaba las largas trenzas rizadas que revelarían mi falsedad. Toqué con alivio el algodón de la toca que cubría mi cabeza. Habían doblado el velo, que descansaba en un rincón.

Si la hermana Madeleine había visto mi pelo debajo del lino, no lo mencionó.

– ¿Cómo es que estabais sola en el bosque, hermana? -preguntó.

Es inusitado que una mujer, sobre todo una monja, viaje sola. Mi mente buscó una explicación, pero no descubrió ninguna.

– No lo sé -dije al cabo de varios segundos.

– ¿No os acordáis? -Apareció una arruga entre sus cejas-. ¡Ay, pobrecita! ¡Quién sabe lo que os hicieron esos villanos, o a vuestras hermanas! ¿Fue el golpe en la cabeza? ¿O tal vez…? -Supuso que aquel último pensamiento era demasiado horrible para expresarlo con palabras.

– No me acuerdo -dije, agradecida de que me hubiera proporcionado una explicación que cubriera mis numerosas lagunas.

Pero no podía explicar mi pelo. Cuando me dejó a la hora de las vísperas para ir a rezar, me quité la toca, cogí el pequeño cuchillo que descansaba junto a la bandeja de sanguijuelas que había junto a mi catre, y a la luz vacilante de la vela corté el pelo que había crecido intocado desde mi nacimiento. Lo acerqué a la llama, vi que se chamuscaba y consumía, me encogí al percibir el horrible hedor y pensé en Noni.

Al día siguiente me sentía más fuerte, lo bastante bien para levantarme y utilizar el orinal del rincón, aunque no tenía ganas de asistir a las oraciones en la capilla con las demás monjas, porque eso revelaría mi ignorancia y mi latín atroz. Madeleine, mi cuidadora, no pasó el día a mi lado, sino que solo vino a traerme comida y llevarse los restos.

Fue durante una de sus ausencias cuando la cabeza de la abadesa asomó por la puerta.

– ¿Puedo entrar? -preguntó sonriente.

– Desde luego -contesté, e hice ademán de levantarme, porque no cabía duda de que era de noble cuna, y yo una muchacha campesina. Me indicó que no era necesario y yo me apoyé contra las almohadas. Se sentó al pie de mi catre.

De la hermana Madeleine había intuido que era una muchacha sincera e inofensiva. La Visión me lo había revelado cuando estaba sentada a mi lado. Pero la abadesa…

No pude sentir nada, ni Ver nada, del corazón de la abadesa, como si un muro invisible se hubiera erigido a su alrededor, pese al gran afecto y confianza que sentía por ella desde la noche que me había rescatado. Tal vez me habían descubierto, me dije. Tal vez ella o alguna de las hermanas había visto el talismán dorado colgado de mi cuello mientras me cuidaban el hombro. Tal vez una de ellas había visto mi pelo largo antes de que yo me las ingeniara para cortarlo.

– Me llamo madre Geraldine Françoise -dijo la abadesa con dulzura, como ajena a mi inquietud-. ¿Y vos…?

– Marie -dije como un autómata, y corregí-: Hermana Marie… Françoise. -No me atreví a dar el nombre de Sybille. Marie era muy común pero, dominada por el miedo, había repetido el segundo nombre de la abadesa por equivocación.

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