En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
En la oscuridad, el monje Michel se incorporó con las manos hundidas en el blando colchón. El asalto de las imágenes (procedentes de la mente de otro hombre, de los sueños de otro hombre) le hacía sentir perplejo y violado.
– Bien -susurró-. Ella cree que me va a hechizar…
A la mañana siguiente se encaminó antes de la hora acostumbrada a la prisión. Mientras el carcelero le acompañaba hasta la celda de la abadesa, la puerta se abrió y el padre Thomas salió. El borde de su hábito color berenjena rozó el suelo de tierra.
– Hermano Michel ¿o debería decir padre? -dijo Thomas, y sonrió, pero algo amenazador acechaba detrás de aquella sonrisa.
– ¿Qué os ha traído por aquí tan temprano, padre? -preguntó Michel, y logró mantener una expresión severa, aunque ver a Thomas le causó angustia. ¿Había ido para interrogar en persona a la abadesa, descubrir su herejía, y que ya existían pruebas suficientes para condenarla, lo cual demostraría al mismo tiempo que Michel estaba entorpeciendo los procedimientos con el fin de protegerla?
La sonrisa se desvaneció. Con expresión inescrutable, Thomas ladeó la cabeza y miró a Michel.
– Sentí curiosidad por saber cómo estaba la abadesa. No hablará conmigo, por supuesto, pero parece que habéis decidido no utilizar más a los torturadores.
Su tono era suave y apacible, pero Michel intuyó el peligro que entrañaba.
Antes de que Thomas pudiera formular la pregunta evidente, Michel habló con firmeza.
– No había necesidad, padre. Como ya os dije anoche, habló con toda libertad. Pronto contaré con las pruebas exigidas.
– Procurad que sea así -dijo el joven sacerdote, con la misma voz calma e inquietante-, pues a nuestro entender, ahora sustituís al padre Charles. No me cabe duda de que le acompañabais durante su audiencia con el obispo Rigaud. Sin duda comprendéis que no deseamos… deslices en el interrogatorio de la abadesa. No toleraremos retrasos ni ideas erróneas de clemencia.
Michel asintió sin cambiar de expresión.
– La censura es un castigo muy razonable por errores judiciales.
Thomas replicó:
– No estamos hablando de tibiezas tales como censuras o degradaciones, hermano… ni siquiera del castigo mucho más grave de la excomunión. Tal vez el obispo Rigaud no expresó con claridad las intenciones de la Iglesia. Los que simpatizan con la madre Marie Françoise están, como ella, conchabados con el diablo. Y como ella sufrirán el mismo castigo.
Una vez más, Michel no mostró ninguna reacción, pero en su mente vio que un mazo caía sobre una estaca clavada en el fértil suelo de Carcasona.
– Comprendo.
– Bien -dijo Thomas-. Espero que os toméis este asunto muy en serio… tan en serio como tomáis vuestra vida.
Se marchó con la misma sonrisa en dirección a la celda comunal. Michel le siguió con la mirada.
La abadesa estaba sentada en el banco de madera. Su cara estaba un poco menos hinchada y los moratones se habían oscurecido. El ojo antes oculto estaba casi visible, tan oscuro y brillante como el otro.
En cuanto el carcelero cerró la celda a su espalda, Michel dijo con amargura:
– Decidme por qué no debería condenaros ahora mismo, madre. He oído vuestro testimonio, en el cual confesáis que os habéis entregado a la brujería. Os he dado la oportunidad de arrepentiros y recibir el perdón de Dios, que habéis rechazado. ¿Por qué debería seguir escuchándoos?
– No deberíais -contestó ella en voz baja.
– Para colmo, habéis intentado embrujarme. Me habéis enviado los sueños de otro hombre, un hereje poseído por el diablo.
Hizo una pausa, asumiendo por fin las palabras de la abadesa, y se sentó en un perplejo silencio. Experimentó la sensación de que tanto su mente como su corazón estaban divididos. Como cristiano, sabía que sus historias de magia constituían herejía y que sus palabras sobre los asuntos sexuales eran impuras. Pero no podía negar las fuertes emociones, sagradas y profanas, que le atraían hacia ella. Pese a sus maldades confesas, aún la consideraba una mujer santa, una verdadera curadora enviada por Dios. Al mismo tiempo, seguía dominado por una lascivia como jamás había sentido, mezclada con amor puro y santo.
– Os envié esos sueños -dijo la abadesa-. Cuentan la historia de mi Amado, Luc de la Rose. No era un hereje, sino un héroe. Curaba en lugar de destruir, y al final se sacrificó por amor. Los sufrimientos que padezco no son nada comparados con los suyos. Quiero contar su historia. Si no la oís de día, la soñaréis de noche. -Hizo una pausa-. No me dejáis otra alternativa. -Su tono se suavizó de nuevo-. Tengo un oído muy fino. Sé lo que el padre Thomas os ha dicho en la puerta. Al parecer, ha amenazado vuestra vida, ¿no? -Como Michel no contestó, ella continuó-: Mi pobre hermano, vuestro destino está unido al mío. No hay vuelta de hoja. Permitid que rechace el arrepentimiento. Me habéis deparado varias oportunidades, como la ley exige, y no hace falta que os consideréis culpable por condenarme. Mi destino estaba decidido antes de que fuera conducida a esta prisión. Pero el vuestro está en vuestras manos. Id y decid al padre Thomas que habéis obtenido una condena.
Michel meditó sobre sus palabras. Parecía lógico condenarla. Era una bruja confesa, había rechazado el arrepentimiento y, según la ley, él podía segar su vida. No obstante… no podía negar que, pese a su historia, todos sus actos demostraban que era una santa, tal como él creía. Incluso ahora estaba preocupada por su
bien, indiferente a su destino. Hereje o no, el bien predominaba en ella. Y aunque no fuera así, merecía, como todos los hijos de Dios, la oportunidad de conocerle antes de morir.
Y, en cualquier caso, no podía desechar la esperanza de que, una vez convertida, Chrétien, su protector, mostrara clemencia.
Respiró hondo.
– Madre -dijo-, no tenemos tiempo para enzarzarnos en tales discusiones. Os ruego que continuéis vuestra historia, lo más rápido posible.
Los labios de la abadesa estaban demasiado hinchados para sonreír, pero sus ojos lo hicieron cuando empezó a hablar…
CUARTA PARTE
SYBILLE
CARCASONA Octubre de 1348
12
Dormí donde caí exhausta, expuesta a la lluvia y los animales, y desperté mojada y temblorosa en un húmedo amanecer. Con las faldas pegadas a mis piernas eché a andar de nuevo. Mi meta estaba cercana. De hecho presentía que la encontraría aquel mismo día.
Avancé a través de bosques y prados, campos desiertos y el fantasma vacío de un pueblo. Frente a una pequeña fonda encontré colgado de un árbol el hábito blanco de una monja, que la brisa balanceaba. No cabía duda de que lo habían abandonado allí meses antes quienes habían cuidado a su propietaria, ahora perecida junto con todos los demás, porque estaba acartonado, como si hubiera recibido mucho sol, viento y lluvia.
Pero también había escapado de la tormenta que yo había encontrado por la noche. Me quité mi ropa mojada y la sustituí por el hábito, con velo y todo, contenta no solo de estar seca otra vez, sino también disfrazada.
Mi renovada confianza me condujo a caminar por el terreno más regular y despejado. Por fin, salí a un camino que conducía a pueblos habitados y a una ciudad, Carcasona, a juzgar por sus famosas almenas de madera.
Pese a mi pena y cansancio, sonreí al verla. Carcasona, un lugar seguro, pensé. En ella podría encontrar comida y cobijo. Mi mirada se concentró en la ciudad, aceleré el paso y avancé, y casi me topé con una enorme figura oscura que se interponía en mi camino. Era un fornido monje con hábito negro y capucha ribeteada de blanco: un dominico.
Un inquisidor. Había algo raro en su apariencia, algo que no pude identificar de inmediato. Pese a saber que la Diosa estaba conmigo, no pude reprimir un estremecimiento de miedo. ¿El Enemigo le había enviado para localizarme?