La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
Y como mínimo una obsesión de venganza personal contra un individuo.
Goodyear sugirió escuchar una de las pequeñas grabaciones digitales. Faltaban los altavoces, pero los auriculares de su iPod se ajustaban al enchufe. A Clarke no le apetecía meterse en los oídos aquellos diminutos terminales y le dijo que lo escuchara él. Pero al cabo de medio minuto, tras pulsar varias teclas y probar configuraciones, Goodyear se dio por vencido.
– Esto es para nuestro amigo especialista -dijo acercándose al otro aparato.
– Quería preguntarte -dijo Clarke-, ¿qué sentiste al ver a Cafferty?
Goodyear reflexionó un instante.
– Con sólo verle -dijo finalmente-, se da uno cuenta de que es malvado. Se le nota en los ojos, en la forma de mirar, en su actitud…
– ¿Juzgas a las personas por su aspecto?
– No siempre -respondió él manipulando más botones, sin quitarse los auriculares y alzando un dedo para indicarle que oía algo. Tras un momento de escucha miró a Clarke-. No se lo va a creer -añadió quitándose los auriculares y tendiéndoselos. Ella los sostuvo a ambos lados de la cabeza cerca de los oídos. Tras rebobinar Goodyear parte de la grabación, oyó unas voces. Hablaban en tono quedo, pero se entendía lo que decían:
«Cuando se separaron, el señor Todorov fue directamente al bar del Caledonian y estuvo allí hablando con alguien…»
– ¡Esa soy yo! -exclamó-. ¡Nos grababa!
– Nos mintió. La gente suele hacerlo.
Clarke le miró con el ceño fruncido, escuchó un poco más y luego le dijo que apretara el botón de avance. Goodyear lo hizo, pero no se oía nada.
– Rebobina -ordenó ella.
¿Qué esperaba oír? ¿Los últimos momentos de Riordan grabados para la posteridad? ¿La voz de su agresor? ¿Algo que hiciera justicia al difunto Riordan?
No se oía nada.
– Más atrás.
Se oyó a Clarke y a Goodyear interrogando a Riordan en el cuarto de estar.
– Somos lo último que grabó -comentó ella.
– ¿Eso nos hace sospechosos?
– Otra gracia más y vuelves a vestir el traje de lanilla.
Goodyear puso cara de contrito.
– Traje de lanilla -repitió-. Es la primera vez que lo oigo.
– Se me ha pegado de Rebus -dijo Clarke. Tantas cosas se le habían pegado… y no todas positivas.
– Creo que no le caigo bien -dijo Goodyear.
– Nadie le cae bien.
– Usted sí -replicó Goodyear.
– Me tolera, que es muy distinto -puntualizó Clarke, mirando la grabadora-. No acabo de creerme que nos grabara.
– La verdad es que de no haber sido grabados por el señor Riordan habríamos quedado entre la minoría.
– Es cierto.
Goodyear cogió otra bolsa de plástico transparente y la meneó.
– Hay muchas más por escuchar.
Clarke asintió con la cabeza, se inclinó y le dio unos golpecitos en el hombro.
– Muchas para que las escuches, Todd -dijo.
– ¿Forma parte del aprendizaje?
– Parte del aprendizaje.
– ¿Hacemos algo esta noche? -preguntó Phyllida Hawes, que iba al volante, con Colin Tibbet de pasajero.
Le fastidiaba verle aferrado al asidero de la portezuela, como dispuesto a saltar del coche si ella perdía el control. A veces le pinchaba expresamente acelerando con brusquedad hacia el vehículo que les precedía o girando de golpe sin poner el intermitente. Se lo merecía por no confiar en ella. Él le dijo en cierta ocasión que conducía como si acabara de robar el coche.
– Podemos ir a tomar una copa -dijo él.
– Para variar.
– O podemos no ir a tomar una copa -añadió él pensativo-. ¿Chino o indonesio?
– Con ideas tan brutales, Col, tendrías que estar presidiendo un panel de expertos.
– Estás enfadada -dijo él.
– ¿Ah, sí? -replicó ella con frialdad.
– Perdona.
Era otra cosa que empezaba a fastidiarle: en vez de discutir, él le daba la razón en todo. Hacía dos meses que Hawes había tenido un amante, un amante con el que cohabitaba. Colin había tenido ligues de una noche y una novia que le duró casi un mes. Pero hacía tres semanas los dos acabaron en la cama tras una noche de borrachera y no lo habían superado desde que se despertaron horrorizados al verse las caras juntas sobre la almohada.
Fue algo involuntario. Mejor era olvidarlo y no hablar de ello. Como si no hubiera ocurrido…
Pero ¿cómo podían hacerlo? Había ocurrido y muy a pesar suyo, ella deseaba que ocurriera otra vez. Había dado a entender a Colin su aburrimiento con la esperanza de que él pusiera remedio, pero Colin era una especie de esponja que lo absorbía todo.
– No me sorprendería -dijo él-, que Shiv nos invitara hoy a una copa, por mor del espíritu de equipo. Es lo que hacen los buenos jefes.
– Quieres decir que es mejor que tener que aguantar a John Rebus a solas.
– No te falta razón.
– Por otro lado -añadió ella-, puede que quiera estar a solas con el joven Todd.
Colin se volvió hacia ella.
– No lo dirás en serio.
– Las mujeres son imprevisibles, Colin.
– Ya lo he advertido. ¿Por qué crees que lo ha integrado en el equipo?
– A lo mejor ha sucumbido a sus encantos.
– No; hablo en serio.
– El caso se lo han encargado a ella, y puede reclutar a quien quiera. Y Todd estaba deseando entrar en el DIC.
– ¿La convenció fácilmente? -inquirió Tibbet arrugando la frente.
– Eso no quiere decir que sea fácil convencerla para que te proponga para el ascenso.
– No lo decía por eso -replicó Tibbet mirando por la ventanilla-. Es la primera a la derecha, ¿no?
Hawes, sin poner el intermitente, dobló cuando ya se les echaba encima un autobús.
– No deberías hacer eso -comentó Tibbet.
– Lo sé -replicó Phyllida con una sonrisita-. Pero cuando conduces un coche que acabas de robar…
Por orden de Shiv iban al piso de Nancy Sievewright, a interrogarla sobre la mujer de la capucha. Era la palabra exacta que les había dicho: «capucha» y no «capuchón».
– Capucha o capuchón, Phyl, ¿qué más da? -comentó Tibbet-. La verdad es que Shiv lleva un par de semanas muy puntillosa.
– Es ahí a la izquierda -dijo Colin Tibbet-. Más adelante hay un sitio.
– Que seguramente no habría visto de no ser por ti, agente Tibbet.
Él no replicó.
El portal estaba abierto y optaron por prescindir del intercomunicador. Una vez dentro era un espacio frío y oscuro. Los azulejos blancos de las paredes estaban rotos y con manchas de pintadas. Oyeron voces más arriba en la escalera: una de mujer estridente y otra de hombre más grave, discreta y suplicante.
– ¡Lárguese de aquí! ¿Se lo tengo que repetir?
– Creo que sabes muy bien por qué vengo.
– ¡Me importa un pito!
La pareja no pareció darse cuenta de que ellos dos subían la escalera.
– Escucha, explícame simplemente… -decía el hombre.
Interrupción de Colin Tibbet, mostrándole su carnet de policía.
– ¿Sucede algo?
– ¡Dios!, ¿y ahora qué pasa? -exclamó el hombre.
– Eso es precisamente lo que acabo de preguntarle, señor.
– Usted es el señor Anderson, ¿verdad? -terció Hawes-. Mi compañero y yo les tomamos declaración a usted y a su esposa.
– Ah, sí -contestó Anderson, pasando de la indignación a un gesto de preocupación.
Hawes vio que en el rellano superior había una puerta abierta. Tenía que ser la del piso de Nancy Sievewright. Miró a la muchacha anoréxica y vestida de cualquier manera.
– A ti también te interrogamos, Nancy -dijo. Sievewright asintió con la cabeza.
– Dos pájaros de un tiro -comentó Colin Tibbet.
– No sabía -añadió Hawes-, que se conocían.
– ¡No nos conocemos! -vociferó Nancy Sievewright-. ¡Es él que no para de venir por aquí!