Rosa candida
- Автор: Ólafsdóttir Auður Ava
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:
– ¿Nunca se metieron contigo por tu afición?
Pienso bien hasta dónde tengo que contarle a Anna, qué recuerdos debo sacar de la oscuridad de los tiempos; a fin de cuentas, uno no dice siempre todo lo que pasa.
A decir verdad, sólo hubo un incidente desagradable, tenía diez años y probablemente todo se debió al color de mi pelo. Llevaban varios días acosándome y me hicieron comer tierra, con chinitas entre los dientes, mientras me arrastraban por la tierra y me zurraban. Después no me sentí demasiado mal, aunque tenía sabor a sangre en la boca y arena en las muelas. A uno de ellos le obligaron a telefonearme a casa para pedirme perdón. Luego colgó sin despedirse. Yo respondí, pero la conversación fue tan breve que mamá pensó que era alguien que se había equivocado de número.
– No -digo-, también me salvó ser el mejor en fútbol. Entonces te dejaban en paz. Yo era como los demás chicos de mi edad, aunque no me apetecía nada pasarme el día jugando al fútbol.
Madre e hija escuchan con atención lo que les cuento. Mientras hablo, la madre de mi hija me mira como si lo que le cuento le rozara algo profundo que comprende perfectamente.
Capítulo 64
La madre de mi hija llega tarde de la biblioteca y de pronto se me pasa por la cabeza la posibilidad de que haya conocido a alguien del pueblo y hayan ido los dos al café; seguramente será el individuo de las escaleras de la biblioteca quien la ha retrasado. Es perfectamente lógico imaginar que algún hombre, cualquiera de los que la miraban tanto por la calle, la abordara con cualquier motivo, y como ella es tan buena y amable, e incluso anda un poco perdida, va y se sienta con él en el café. Su idea es quedarse sólo un momento, porque tiene prisa por llegar a casa, pero como el individuo es muy hábil, consigue que se olvide del genoma e incluso que se ría y se olvide del tiempo.
Cuando aparece en la puerta, unos cinco minutos más tarde, casi empapada de lluvia y llevando en brazos una caja de bollos de la panadería, me siento tan desaforadamente feliz que no puedo ocultarlo. Me pilla totalmente por sorpresa el absurdo grado de mi alegría, como si estuviera descubriendo a Anna por primera vez. Me da los bollos y lo único que se me ocurre decirle es que lleva un jersey muy bonito, aunque naturalmente es el mismo jersey verde que llevaba en el desayuno. Entonces me entra repentinamente la inseguridad y me ruborizo y, peor aún, ella se ruboriza también. No me siento del todo bien y para cambiar de tema me dispongo a bajar a la lavandería, que está abajo, y lavar su ropa, yo tengo que lavar mis pantalones de faena.
– Aprovechando que tengo que poner una lavadora para las cosas de Flora Sol -digo con toda la indiferencia de que soy capaz. Nada más decirlo, me arrepiento. Anna parece entre extrañada y contenta.
– Vale -responde-. ¿Puede ser blanca y de color?
– Las dos -siempre puedo poner dos lavadoras, claro. No tengo ni idea de dónde me estoy metiendo. Habría podido lavar perfectamente las cositas de la niña en el fregadero.
– ¿Se puede poner también ropa interior, o sólo vaqueros y camisetas? -pregunta desde el dormitorio.
– Se puede poner la ropa interior -¿si no te molesta que lavemos tu ropa con la mía? Ya no hay vuelta atrás.
Pongo primero una lavadora con ropa de la niña y su madre y luego, en otra, mi ropa de trabajo. Me lleva un montón de tiempo leer las instrucciones y descubrir cómo funcionan las lavadoras. Cuando acabo de lavar subo con la colada húmeda en brazos, la saco al balconcito y cuelgo las prendas en las cuerdas de tender que hay en la parte de arriba. Y aquí estoy en camiseta de manga corta, con las pinzas en la boca, y no hay más que unos pocos metros hasta el anciano de la otra acera de la calle, que se pasa el día en casa, con su camiseta y su pensión de jubilación. Primero cuelgo los leotardos de mi hija y luego las braguitas de la madre de mi hija, de este modo voy colgando en la cuerda, poco a poco, mi vida privada, como las sábanas manchadas de sangre que en otros tiempos exponían después de la noche de bodas para que todos pudieran verlas. El anciano me mira interesado, observando mi temporal vida de hombre de familia a la vista del mundo entero. Pero nadie debería sacar conclusiones apresuradas, por mucho que yo intente hacer más fácil la vida a la madre de mi hija y lave su ropa y cocine para ella mientras trabaja en su tesina en mi piso alquilado
Capítulo 65
Una vez a la semana hay mercado de alimentación en el pueblo, donde traen sus productos los campesinos de los alrededores. En ocasiones hay también animales vivos, sobre todo pollos y otras aves, y aprovecho la ocasión para ir con mi hija a ver los animales. El mercado está repleto de voces, de movimiento y del frío olor de la sangre.
– Pi, pi -dice la niña, indicando las ensangrentadas aves de corral que cuelgan sobre nuestras cabezas.
Justo allí, debajo de las aves desplumadas, recuerdo, repentinamente, un fragmento de un sueño que tuve esta noche. En el sueño estaba cazando aves salvajes, aunque mi naturaleza es de cualquier cosa menos de cazador. Dudo de que pudiera matar cualquier animal, en todo caso nunca podría matar a las crías, pero si el animal fuera un macho adulto y se tratara de alimentar a mi familia (ahora estoy razonando igual que cualquier padre de familia), sería capaz de matarlo sin temor e incluso mirando cara a cara a mi presa. El sueño quizá podría tener algo que ver con mi propia naturaleza íntima de varón, diría mamá, con gesto misterioso. De modo que aún sigo teniendo cerca a mi madre para charlar con ella y para que me interprete los sueños.
Nos acercamos ahora a la parte del mercado en la que cuelgan las liebres y los conejos, y empujo la sillita bajo los animales del bosque. Mi hija se echa hacia atrás en el respaldo para tener mejores vistas de las liebres que cuelgan cabeza abajo, no parece que las colgaran pensando en posibles visitantes del mercado con estatura superior a la media, de modo que tengo que inclinarme bajo sus orejas peludas.
No estoy pensando en nada especial cuando se me presenta una idea absurda, como un gato panza arriba con sus rosadas patas de goma en lo alto para que le acaricies la barriga. De repente siento que me puedo imaginar sin problema estar casado, incluso por la Iglesia, y que sería algo deseable estar unido a la misma mujer toda la vida, en realidad no para hacer nada especial, sino simplemente para estar los dos en la misma habitación. Me gustaría bañar a la niña, ponerle el pijama cuando ella llegara a casa de su laboratorio, y luego le pondría crema de almendras en las mejillas coloradas, de modo que cuando la madre besara a su hija, mi esposa notaría el olor a almendra de nuestra hija. Más tarde, uno de nosotros seguiría el ataúd del otro. Excepto, naturalmente, que dijéramos adiós a la vez, como la pareja de la carretera local, llovía y el parabrisas estaba cubierto de vaho y yo estaba a punto de ajustar el limpiaparabrisas al máximo cuando un camión giró para incorporarse a la carretera.
Veo que el tendero está hablando conmigo pero tardo en oír sus palabras.
– ¿La quiere más grande, o más pequeña? -pregunta-, ¿una liebre mamá o una liebre papá? -lleva en la mano una barra con un gancho que utiliza para bajar de lo alto los cadáveres peludos, de acuerdo con las preferencias de la clientela. Flora Sol observa muy concentrada cómo quita del gancho el animalito peludo.
– Oh, oh -dice al ver que el animal no se mueve.
Estoy tan absorto en mis pensamientos prematuros y sin censura sobre el matrimonio, que estoy pensando seriamente en comprar la liebre. Mis conocimientos de las artes culinarias distan mucho de haber llegado al punto de aventurarme a un plato tan complejo.
El tendero me asegura que no hay nada más fácil de cocinar.
– Hasta un niño chico puede guisar esto con los ojos cerrados -asegura, si he comprendido bien el dialecto. Me acomete la sospecha de que el vocabulario regional podría poseer significados más profundos.