Rosa candida
- Автор: Ólafsdóttir Auður Ava
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:
Anna levanta la mirada de su libro y me observa por unos momentos, como si estuviera intentando resolver un enigma. Flora Sol y yo tomamos notas. Yo hago una cruz donde aparecen datos importantes. Luego dejo el lápiz. Mi hija estira el brazo y también hace una cruz clarísima en la misma página. La madre de mi hija levanta la mirada de sus tareas científicas, algo ha captado su atención.
– No cabe la menor duda de que es tan zurda como tú -dice.
Luego, la genetista humana señala con el dedo a la niña, que sostiene el lápiz en la mano izquierda igual que su padre. Su interés por mi hija y yo parece haber aumentado repentinamente. Como tengo abierto el libro, precisamente, en una página sobre hibridación de rosas y fecundación cruzada en la naturaleza, me planteo si debería hablar de fitogenética o de fitotecnología, lo que podría aunar nuestros ámbitos de interés: las características genéticas de las plantas. Pero en vez de hacer eso le pregunto en qué está metida de forma tan absorbente.
– Y tú, ¿qué es lo que estudias? -le pregunto, y mi hija también levanta la mirada y los dos la miramos interesados desde el otro lado de la mesa. Ella resume en pocas palabras su tema de investigación, como si pudiera condensar sus estudios científicos en una sola palabra:
– El ácido desoxirribonucleico -nos dice con una sonrisa.
– De-o -dice la niña con claridad pasmosa, y se pone de pie entre mis brazos.
– Sí, dentro de un rato vamos a la iglesia -le digo a mi hija.
– ¿A qué viene eso? -pregunta la madre de la niña, mirándonos a los dos con cara de extrañeza.
Eso es latín y significa dios -le explico-. Nuestra hija habla su lengua materna, y más -añado en un tono menos solemne-: Tiene nueve meses y medio y habla dos idiomas.
Los dos nos echamos a reír. Estoy contento.
– ¿Le estás enseñando latín a la niña?
Explico a la madre de mi hija que fuimos a la iglesia a ver una antigua pintura del Niño Jesús, que se parece muchísimo a su hija.
– Lo cierto es que por aquí no hay demasiadas cosas con las que entretenerse para pasar el día.
Mi hija está enterándose de todo, quiere enseñarle a su madre más cosas que ha aprendido en la iglesia y levanta tres dedos, igual que el niño del cuadro. Lleva una blusita de manga tres cuartos y color azul claro, tiene hoyitos en los codos. Luego hace la señal de la cruz de una forma bastante evidente. Miro a Anna de reojo, no sé cómo se tomará esos juegos. Hemos ido a la iglesia varias veces cuando el padre Tomás estaba dando misa, y la niña ha empezado, desde hace poco, a imitar los movimientos del cura y a hacer la señal de la cruz a diestro y siniestro.
– ¿Qué está haciendo? -pregunta Anna.
– Se está expresando con el cuerpo -respondo-. Imita lo que ve.
Anna ríe y yo me siento aliviado. No parece tan preocupada como solía estarlo antes. Nuestra hija ríe también. Reímos los tres, la familia entera.
– Buen chico -dice Anna, entonces.
Las mujeres me parecen un poco impredecibles. Por algún motivo, siempre creí que mamá era la única que decía cosas como ésa.
Capítulo 63
Mi dominio de la cocina de gas crece exponencialmente con cada nuevo intento, aunque sigo tardando demasiado en cocinar. En un tiempo bastante breve he llegado a dominar siete platos: ya sé freír carne, tanto en filetes como en trozos, preparar dos clases de salsa, cocer patatas y otras diversas especies de verdura, hacer arroz, elaborar albóndigas y hacer verduras a la plancha en vez de cocidas. Y encima sé hacer diversas papillas para la niña y en una ocasión me atreví con un arroz con leche aromatizado con canela, que salió bastante decente. He de reconocer que es importante que Anna admire los sinceros esfuerzos que realizo al cocinar para ella y su hija.
Pero aún no me atrevo con nada complicado, como un ave entera o algo parecido; a mamá no le iban mucho las carnes de ave. También he ido varias veces al restaurante de la señora cuando se me ha hecho tarde en el jardín, a llevarme comida preparada, cocinada por ella. Observo a Anna mientras come los platos preparados por la señora del restaurante y he de confesar que me llena de satisfacción que elogie la comida del restaurante menos que la mía.
Luego llega el momento de atreverme con el pescado. Voy por la mañana al mercado con mi hija e intento elegir alguna especie con un aspecto más o menos comparable a los peces que conozco de Islandia, algo que se parezca al eglefino. Pero la mayoría son pequeños, yo diría que son peces de agua dulce, no de agua salada. Tampoco se pueden comprar filetes de pescado, sólo peces enteros, con su cabeza, sus aletas, espinas y tripas. Pese a mi experiencia con las galernas marinas, lo cierto es que no he practicado mucho la transformación de los peces para conseguir que parezcan filetes empanados de los que se pueden echar directamente a la sartén. Pero enseguida renuncio a hacerlo como lo hacía mamá: hay algunas cosas que es imposible encontrar en el pueblo, aunque he buscado en todas las tiendas; una de ellas, por ejemplo, es pan rallado.
– ¿Cómo eras de pequeño?
La pregunta me coge por sorpresa. Anna está pillándome por sorpresa un día sí y otro también. Estamos terminando de comer los pececitos que acabé por freír enteros, y las dos están delante de mí, al otro lado de la mesa, esperando mi respuesta. Y aunque es posible que lo pregunte porque quiere saber cosas que pueda relacionar con Flora Sol, su interés parece sincero. Estoy en el buen camino si le digo que, como soy pelirrojo, nunca me ha gustado demasiado el sol, prefería meterme en el húmedo almacén de las patatas o algún macizo de flores sombrío, en vez de estar fuera, al sol. Además, era terriblemente pecoso de pequeño, mi cara no era más que una colección de pecas. Claro, que papá ya le ha enseñado a Anna la colección de fotos, de modo que mi descripción no debe de causarle ninguna sorpresa.
– Era bajito para mi edad, y a los catorce años seguía siendo el más bajo de la clase -le digo-. Entonces di el estirón durante el verano y, al cumplir los dieciséis, les sacaba la cabeza a los otros chicos de mi edad.
– ¿De manera que en un solo verano te convertiste en un hombre hecho y derecho?
– Un hombre… Bueno, eso es decir demasiado, más exacto sería decir que me convertí en un adolescente más alto de lo normal. ¿Y tú? ¿Cuándo te convertiste en mujer? -¿se le pueden hacer preguntas como ésa a una mujer?
– Hicieron falta varios veranos, sucedió despacio y sin problemas, incluso sin que nadie se diera cuenta. Yo fui una de las afortunadas.
Luego me pregunta si siempre me han interesado las plantas.
– Sí, en realidad, desde pequeño. No exactamente las plantas en sí, al principio no, sino sobre todo estar en el jardín con mamá. El interés específico por las plantas llegó más tarde. Empecé con un trocito de tierra al sur del invernadero, donde planté zanahorias y rábanos y les puse cartelitos. Tenía siete años y podía ver a mamá al otro lado del cristal, podando los rosales dentro del invernadero. Mamá hacía pruebas con toda clase de semillas y bulbos importados, pero en mi huertecito, lo que crecía eran sobre todo malas hierbas. También leía bastante cuando era niño, me tumbaba en el jardín en verano o me sentaba dentro del invernadero en invierno y leía libros extranjeros sobre niños que tenían cabañas en lo alto de los árboles. También iba allí, cuando era más mayor, a estudiar para los exámenes en aquella atmósfera húmeda, luminosa y cálida. Aunque afuera reinaran el hielo, la nieve y la oscuridad, yo iba a todo correr al invernadero con mis libros, en camiseta, atravesando la nieve que me llegaba a las rodillas, con el lápiz entre los dientes.