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Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:

El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.
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Aparte de eso es atenta y cariñosa y muchas veces me sonríe, y todas las noches alaba la cena que he preparado, y desde luego cuando estoy hablando con ella no sigue con el libro abierto. También parece alegrarse cuando nos ve a la niña y a mí entrar por la puerta, aunque al poco rato vuelve a sumergirse en los libros.

Pero a veces me mira cuando estoy jugando con la niña, y no sé muy bien si me mira a mí tanto como yo a ella. Es perfectamente posible que me mire por interés genético en relación con su hija. Confirmo mis sospechas cuando le doy la vuelta al pan sobre la tabla de cortar.

– ¿Eres zurdo? -me pregunta, mirándome con ojos interesados, verdiazules.

Como provisionalmente vivimos bajo el mismo techo y el apartamento es pequeño, a veces tenemos que encogernos para pasar uno al lado del otro, y en ocasiones nos rozamos sin pretenderlo. Desde entonces la he tocado una o dos veces intencionadamente. Sigo pensando en el cuerpo tanto como antes, pero intento limitarme a los momentos en que Anna no está cerca, como cuando estoy trabajando en el jardín. Tengo miedo de que se me note desde fuera lo que estoy pensando, seguramente Anna será una de esas escasísimas personas que ven imágenes de los pensamientos en el interior de una nubecilla algodonosa, incluso antes de que uno los haya pensado del todo. Eso pasaba con mamá, que siempre podía decirme en qué estaba pensando yo. Estoy decidido a tener a Anna como amiga, pero el problema radica en el hecho innegable de que ella es una mujer y de que tenemos una hija en común. Cuando estamos en la misma habitación yo y la madre de mi hija, una y otra vez noto que pierdo el hilo de la conversación. Sobre todo cuando ella acaba de salir de la ducha, con el pelo mojado o sujeto con una horquilla para apartárselo de la cara. Pero es sólo cuando estoy en la cama, en solitaria charla con mi alma, mientras madre e hija duermen en la habitación de al lado, cuando siento que puedo permitirme pensar en el cuerpo, eso me recuerda de nuevo que estoy vivo. Admito que se me ha pasado por la cabeza la posibilidad de que algo pueda nacer entre la madre de mi hija y yo, algo que no sea una nueva criatura, quiero decir. Lo que me salva del callejón de los instintos corporales es la ventana de la cocina, que está abierta. En la línea directa de mi visión desde la almohada, en medio de la oscuridad, está el muro inaccesible del monasterio, y detrás de él, donde dormitan los viñedos, mis rosales, que habré de regar mañana. Yo soy la única persona que conoce cierta robusta especie de rosa, en la oscuridad, bajo una luna amarilla.

Capítulo 61

La niña madura a una velocidad asombrosa. Cada momento que pasamos juntos, cada mañana, mientras la madre de mi hija está recluida en la biblioteca dedicada a su investigación sobre algún nuevo genoma, representa un momento de gigantesco progreso y admirables triunfos. Cuando Anna vuelve a casa se inicia la representación de los éxitos del día. Es la feliz expectativa de toda la mañana, en eso consiste el juego, en poder ser testigos de su admiración y su emoción y así obtener la confirmación de que algo grande ha sucedido mientras ella estaba en la biblioteca, de que he presenciado hazañas prodigiosas que ahora hay que repetir.

La heredera de mi invernadero está en el suelo en leotardos, sujetándose a la cama matrimonial. Yo estoy buscando su jersey en el otro lado de la habitación cuando la veo con gesto concentrado separar una mano de la cama, soltar sus minúsculos deditos y separar la otra mano, con prudencia pero con asombrosa seguridad. Luego se queda de pie por unos instantes, quieta, sola y sin apoyo alguno, delante de la cama, la barriguita al aire, antes de lanzarse, osada y cierta del triunfo, hacia lo desconocido, tres pasos da en total. Tiene levantados los brazos para mantener el equilibrio, las rodillas tienen hoyuelos.

Cuando Anna llega a casa, levanto del suelo a nuestra hija, que está sentada apilando cubos de letras, la alejo de su torre de Babel a medio terminar y la coloco en el suelo, como una troupe de actores en mitad de una plaza, a punto de estrenar su divina comedia. Primero sostengo a la niña por las manos pero luego las voy soltando poco a poco, dedo a dedo. Al principio, está con gesto de total concentración en mitad de la cocina, y entonces sucede el milagro: desplaza todo el peso del cuerpo a una pierna para poder levantar la otra del suelo y moverla rápidamente un paso hacia delante. Luego repite el procedimiento con la otra pierna y da otro paso, en total da cuatro pasos con creciente seguridad, haciendo girar las caderas como un robotito. Su madre se agacha delante de ella para recibirla con alegría, la abraza y la besa con fuerza. La miro abrazar a la niña; para mí, el día ha merecido la pena. Espero tranquilo a que la madre de mi hija dé rienda suelta a su asombro, al triunfo del día. Su reacción no se hace esperar mucho.

– Es increíble, ha empezado a andar. Le has enseñado tantas cosas: a cantar montones de canciones, a silbar, a montar un puzle de veinte piezas y ahora a caminar.

Abraza otra vez a la niña con fuerza. Aunque yo esté emocionado por la alegría de Anna, sus sentimientos parecen un poco exagerados. Parece exaltada.

– Me parece una cosa tan inmensa: pares un niño y un día empieza a andar y luego se va de casa, quizá llame por teléfono de Pascuas a Ramos, y ya no puedes decirle nada -tiene lágrimas en los ojos.

– Venga, venga -le digo-. Es un poco exagerado decir que se ha ido de casa. De momento no parece que tenga que acompañar a mi hija al altar todavía.

– Perdona -dice Anna-, Flora Sol es una niña maravillosa, pero ser madre me parece una responsabilidad tan enorme -me da a la niña y se seca los ojos-. Antes de tener a Flora Sol nunca me preocupaba tanto. Ahora estoy preocupada por todo, incluso tengo miedo de que no vuelvas cuando has salido a la tienda a comprar gulasch de ternera o a ver a tu cinèfilo.

No soy dueño de mi mente, pero de pronto siento deseos de acostarme con ella. Me siento tan abrumado por mis propios" pensamientos que a toda prisa le pongo a la niña el anorak y el gorro. Tenía que ir al jardín, pero salgo con la niña a toda prisa por la puerta, en realidad sin motivo alguno, pero siento la necesidad de salir y tranquilizarme. Sin embargo, podría decirse que ya que estuvimos tan cerca los dos la cuarta parte de una noche de hace año y medio, tampoco sería ahora un paso tan inmenso.

Capítulo 62

Desde entonces hay ocasiones en que estamos sentados a la mesa los tres al mismo tiempo: Anna, yo y la niña, cada uno dedicado a sus cosas. Yo aúno mi labor paterna y mis intereses, me he hecho con un grueso volumen sobre jardinería, trata de dos mil quinientas plantas, y me siento con mi hija enfrente de Anna y nos enfrascamos en nuestro libro.

Paso rápidamente los capítulos sobre enfermedades y plagas de las plantas, también los de parterres y arbustos, y me detengo en el que trata de la construcción de estanques y arroyos en jardines, tema que a mi hija le resulta especialmente interesante. Nos limitamos casi siempre a las ilustraciones, y dejamos las páginas de texto. La niña pone tres deditos regordetes sobre una de las ilustraciones. Me pregunto qué dirán los monjes del estanque que estoy construyendo. Delante de nosotros, a menos de un brazo de distancia, la madre de mi hija está enfrascada en la cuestión de cómo se transmiten los rasgos hereditarios de una generación a otra, y parece no darse ni siquiera cuenta de nuestra presencia a sólo un brazo de distancia. De los arroyos pasamos a las plantas del cuarto de estar.

– Algunas de las plantas más hermosas crecen por todas partes en estas tierras -le digo a mi hija-. Donde vivimos nosotros, sólo se pueden cultivar en los alféizares de las ventanas que dan al sur. En estas tierras, en cambio, crecen a cielo abierto -repito, intentando así expresar un mismo concepto en formas diversas. Es mi aportación a la maduración lingüística de mi hija de nueve meses y medio de edad, a fin de que comprenda que la realidad se puede enfocar de muchas maneras distintas-. Al decir «las plantas más hermosas», me refiero sobre todo a las rosas.

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