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Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:

El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.
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Dice que el animal lo despellejará él, que lo único que tengo que hacer es untarlo de mostaza antes de asarlo en el horno.

– Y ya está -dice mientras afila su cuchillo con un gesto muy convincente.

– ¿Cuánto tiempo?

– Como una o dos horas, depende de cuándo llegue usted a casa -me responde mientras arranca la piel del animal.

Dos horas antes de la cena quito el papel encerado que envuelve al violáceo animal despellejado y comienzo a preparar la comida. Sigo minuciosamente las instrucciones del tendero y unto al animal con mostaza por dentro y por fuera; lo que más tiempo me ocupa es descubrir cómo funciona el horno de gas. Ya que se trata de un plato bastante peculiar, no puedo meterme en grandes novedades para la guarnición. Lo que hago es cocer patatas y verdura y preparar salsa de vino tinto, como la que he hecho ya varias veces para la ternera.

Cuando pongo la bandeja con la liebre sobre la mesa, me da la impresión de que a mi amiga, la cena de hoy le representa toda una sorpresa.

– Huele bien -dice, mirando titubeante el asado-. ¿Es conejo?

– No, liebre -respondo.

Mi hija parece encantada y da palmitas.

– Pi, pi -dice, haciendo el pájaro con los brazos.

– Nuestro pequeño mimo particular -digo, mientras le doy vueltas mentalmente a cómo se podrá cortar este animal en unidades prácticas después de asarlo. Anna me soluciona la duda trinchando ella la liebre, luego parte la carne en trocitos diminutos para ocho dientes.

La liebre a la mostaza no está mal, un tanto rara y desabrida, precisamente así es como la define Anna.

– Especial -dice, y a pesar de todo se sirve otro plato. No me parece nada improbable que la madre de mi hija se coma siempre todo lo que le pongan delante-. Perdona lo ocupada que he estado estas últimas semanas -me dice-. No he guisado ni una sola vez desde que llegué. No tendría punto de comparación contigo, eres un cocinero estupendo. ¿Dónde aprendiste a cocinar?

Lleva vestido, es la primera vez que veo a Anna con vestido. Nuestra hija lleva también su vestidito amarillo de flores, los zapatos finos, y babero. Las dos lucen horquillas en el pelo y dan la impresión de estar celebrando algo. Entonces se me ocurre que podría ser el cumpleaños de Anna, lo cierto es que no sé nada de ella, ni siquiera la fecha de cumpleaños de la madre de mi hija.

– No -responde-, cumplí los años antes de venir, en abril. Es sólo que la comida olía tan bien, que pensamos que teníamos que ponernos elegantes para la ocasión.

Capítulo 66

Y soy incapaz de explicar lo que sucede a continuación, por muchas vueltas que le dé en mi mente. Pese a haber imaginado esta posibilidad tantas y tantas veces, yo solo bajo las sábanas, en el sofá cama del comedor, no podría explicar de ninguna manera lo que se apoderó de mí. Estoy inclinado a pensar que sucedió sin pensarlo siquiera.

Anna ha fregado los platos cuando entro después de dormir a mi hija y de recoger los juguetes, y a diferencia de lo que sucede siempre, no está con un libro delante. Lleva puesto el vestido y el prendedor del pelo, y tengo la sensación de que me mira de una forma nueva, como si tuviese algo muy personal que comunicarme. De manera que empiezo por quitarme el jersey y luego desabrocho la camisa y suelto el cinturón de los pantalones. Como si estuviera desnudándome para irme a la cama, o en la consulta de un médico. No hay nada premeditado, en realidad ni siquiera puedo explicar por qué me pareció llegado el momento de quitarme la ropa en medio de la cocina. Anna me mira y tengo la sensación de que se ha puesto algo nerviosa al ver que he empezado a desnudarme sin siquiera decir nada. Mentalmente he llegado más lejos que ella, ya he llegado al final y en el momento mismo en que empecé a desnudarme me di cuenta de que estaba cometiendo un error. Pero continúo, como alguien que tiene que concluir una tarea dolorosa pero urgente, hasta que me quedo completamente desnudo en medio del montón de mis ropas en el suelo, como un pájaro en el nido de sus propias plumas, como un avestruz que ha perdido las plumas. En ese instante me doy cuenta de que Anna tiene un lápiz en la mano. Es entonces, sólo entonces, cuando se me hace patente la posibilidad de que a lo mejor me estaba esperando para que la ayudara con algún término latino de la genética, como una compañera de clase que necesita ayuda para su traducción de latín. Una mujer que tuviera en la cabeza cualquier cosa que no fuera anotar la explicación de unas cuantas palabras en los márgenes del libro que descansa sobre la mesa; si, por ejemplo, digamos, estuviera pensando en acostarse con un hombre, ¿llevaría un lápiz en la mano? Me mira exactamente como si su intención fuera preguntarme algo relativo al genoma, y se hubiera visto total y absolutamente sorprendida por mi reacción. Le preguntaría al genio de la lengua latina: «¿Sabes lo que quiere decir esto?», y se sumergiría en el libro para localizar la extraña palabra latina del texto.

Estoy completamente desnudo y en vez de no hacer nada, cojo el montón de ropa y lo pongo sobre la mesa de la cocina. Aunque mi situación en estos momentos es un tanto embarazosa, no me parece del todo absurda. Me alegro de no tomarme a mí mismo en serio, en este sentido, no en relación con la desnudez corporal. También ayuda algo que mi cuerpo me resulte algo extraño a mí mismo. Sin embargo, puede resultar realmente penoso ser hombre, daría toda mi colección de hierbas, incluido el último trébol de seis hojas, por saber lo que está pensando Anna en este momento.

En lugar de acercarse a mí con el libro en la mano y señalar la palabra que necesita, sonríe de oreja a oreja. No comprendo a las mujeres. Es la sonrisa más bella del mundo. Luego se echa a reír a carcajadas. Siento alivio. Río yo también. Gracias a Dios no tengo demasiado sentido del ridículo. El cuerpo pasa a segundo plano y llega el momento de las palabras e intento, en loca carrera contra un imaginario reloj de arena, encontrar la palabra que pueda salvarme. Anna me gusta muchísimo y no quiero perderla, no quiero que la consecuencia de esta estupidez sea hacer que se marche. Una sola palabra y todo estará salvado. Una sola palabra y todo estará perdido. Tengo calor. Tengo frío. ¿Qué palabra posee el poder suficiente para hacer desaparecer por completo un cuerpo de hombre y cambiar las circunstancias en mi favor? Estoy en la primera casilla del juego de mi búsqueda de la verdad. No, estoy en medio de un río caudaloso, en mitad de un remolino incluso, y no veo tierra, al parecer no he conseguido aprender nada en veintidós años.

Lo único que se me ocurre es moverme a otra casilla corporal. Por eso me inclino y elijo una prenda del montón. Me pongo primero los calzoncillos, luego la camiseta y me calzo los vaqueros sin apretar el cinturón. Luego voy al fregadero, saco una olla pequeña y abro el grifo.

– Lo mejor será preparar un té -digo mientras se llena la olla. Oigo mi voz temblar un poquito. Tengo la sensación de que de algún modo deberé arreglar lo que he hecho, para que podamos seguir siendo amigos, para que ella vea esto como una simple salida de tono, como un suceso puramente casual. Miro el reloj, ojalá hubiera retrocedido a seis minutos antes en mi vida. ¿Cuánto tiempo necesitará una mujer para olvidar algo como esto?

«Lo único que hace falta es tiempo y dormir», diría mamá.

Si se pone a hacer el equipaje a toda prisa para irse a algún otro sitio a escribir la tesina, le diré sin vacilar: «Por favor, quédate».

También se me ocurre si una planta podría cambiar la situación, esto de las plantas se me viene a la cabeza por sí solo; por ejemplo, podría coger una azucena blanca del balconcito y regalársela. Busco las bolsas de té.

– ¿Sabes dónde están las bolsitas de té? -le pregunto, mi voz ha vuelto a ser la de antes. Pongo la olla encima del quemador del gas y lo enciendo. Sigo aún de espaldas a la madre de mi hija y como pienso que debe de estar de pie junto a la mesa, es allí adonde dirijo la voz. Pero de repente aparece justo a mi lado, cuerpo contra cuerpo, y noto una ardiente llamarada de gas subiéndome por la espalda. Me toca suavemente el hombro y luego el codo, se limita a las articulaciones. Luego, me abraza.

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