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Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:

El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.
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Capítulo 59

Intento estar levantado y haber terminado de arreglar el sofá cama antes de que mi hija y su madre salgan del dormitorio. Organizamos nuestro tiempo de modo que yo me quedo con la niña hasta las dos, mientras Anna está en la biblioteca, luego ella y la niña pasan la tarde juntas mientras yo voy al jardín. De modo que puede decirse que tenemos repartidas las veinticuatro horas en tres turnos: mañana, tarde y noche.

La niña se agarra a la barandilla de su cuna para ponerse de pie, mira un libro de dibujos y exige mi atención sin pausa. De modo que apenas tengo tiempo para pensar en mis cosas, repasar el dibujo que encontré en la biblioteca la semana pasada, planificar y hacer la lista de labores del día siguiente. Si hacemos caso de los planos originales, el jardín se construyó a partir de modelos simétricos engarzados en las suaves líneas de la naturaleza, la esencia del arte de la jardinería es el contraste armónico de luz y sombra. Así que parece que los macizos de rosas se dispusieron según la rosa de los vientos en torno al estanque, y que en la parcela dedicada a herbario se cultivaba gran número de hierbas aromáticas y medicinales. En el dibujo se encuentran también diversos tipos de tiestos y macetas usados para las hierbas medicinales y aromáticas.

Pese a lo que estoy haciendo, vigilo a Flora Sol con cierta frecuencia, y algunas veces ella levanta los ojos de su libro y me mira. Es una colección de historias bíblicas para niños, cada página tiene una ilustración y unas pocas palabras. Ha encontrado un sistema muy práctico para pasar las páginas: estira el pulgar y el índice, separa cuidadosamente cada página y luego se para siempre en la misma ilustración, en la que el rey, con la espada desenvainada, tiene sujeto al niño por el que disputan dos mujeres, cada una de las cuales asegura ser su verdadera madre. Estuve pensando si tal vez ese libro no resultaría demasiado violento para la niña. Sin embargo, el regalo aquel me gustaba, fue toda una sorpresa cuando el hermano Matías apareció con el libro bajo el brazo mientras yo estaba desbrozando la maleza.

Así transcurre infinidad de cuartos de hora, cambio a mi hija, la visto, hablo con ella, construyo una torre de cubos con letras o hago el puzle de trece piezas, canto con ella, le doy de comer, le lavo la cara, le pongo ropa para salir, vamos a la calle a comprar comida y dar un paseo. O vamos al café y abrimos bien los ojos por si vemos a Anna. Luego vamos todos los días a la iglesia a mirar el cuadro del Niño Jesús. Siempre seguimos la misma rutina y no nos dirigimos directos al cuadro, sino que nos vamos aproximando poquito a poco; primero damos una vuelta por el templo para mirar los otros cuadros y encendemos una vela en el de San José. Mi hija no para de moverse, emocionada, sabe lo que nos espera. Tengo la sensación de que ha engordado desde que llegó con su madre, ahora me pesa más en los brazos. ¿Habrá engordado Anna también?

Cuando llegamos al cuadro de María entronizada con el niño, siempre pasa lo mismo: mi hija deja de revolverse en mis brazos, se queda muy seria y sin hacer ningún ruido, y mira con los ojos muy abiertos al niño pintado.

No soy un padre estricto y nunca podría regañar a los niños, aunque entiendo perfectamente que de vez en cuando no hay más remedio que soltarles algún bufido para que no se hagan daño ellos solos. Pero mi hija parece tan buenecita y siempre demuestra, incluso cuando sería preferible que no lo hiciera, un gran amor al mundo; nada le gusta tanto como dar palmas y acariciar a cualquier ser vivo que se ponga a su alcance. Reconozco que en ocasiones me preocupan su falta de temor y su ilimitada amabilidad.

– No, no -digo con voz grave, responsable, cuando un minino callejero, famélico y astroso, se acerca al salir de la iglesia.

– Aaaaaaaaah -dice la niña feliz y contenta, extendiendo los brazos hacia el animal, y me da a entender que quiere que la deje en el suelo, para estar al mismo nivel que el gato. Quiere abrazar al animal igual que quiere abrazar siempre a las personas desconocidas. La niña muestra confianza y cariño hacia todo lo que vive y hacia todo lo que se mueve. Teniendo en cuenta lo precoz que es mi hija en otras cosas, pues tiene un vocabulario muy superior al habitual para su edad en su lengua materna, conoce algunas palabras en latín y otras que ha captado del dialecto local, como decir hola y adiós, me pone un tanto nervioso que mi hija de nueve meses y medio no conozca mejor a la gente como para no mezclarse con desconocidos ni intentar hacer carantoñas a un asqueroso gato callejero.

El gato tiene grandes ojos verdes y se frota contra mi pierna.

– No, no, no se toca.

Y luego se suele decir:

– ¿Es que no te he advertido, niña tonta, que los gatos salvajes arañan, es que no te lo he dicho ya? ¿No te lo he advertido cuatro veces ya? Pues mira, no tengo más remedio que meterte otra vez en el cochecito.

Las preocupaciones de un padre por la inocencia de una criatura no puede decirse que sean nada exageradas cuando hay por medio un animal salvaje. Levanto a la niña y le digo:

– No, no, gato malo -con voz grave.

Mi hija ha dejado de sonreír, me mira con sus ojos grandes, profundos y tranquilos en el pálido rostro de porcelana. No parece asustada, pero sí extrañada. En ese mismo instante siento remordimientos.

El animal me mira con tiernos ojos gatunos.

– Vale, muy bien, sé buena con el gatito -digo con cierta confusión mental… y sin que mis palabras vayan seguidas por la acción de bajar a la niña a la altura del peludo minino-. Tenemos que darle al gatito algo de comer -digo mientras meto la mano en la bolsa de la compra para buscar algo que pueda ser del guste del gato-. Vamos -le digo a mi hija-, te voy a enseñar la diferencia entre el bien y el mal.

Vuelvo a entrar en la iglesia y me la pongo a caballo sobre los hombros, en la penumbra, para que pueda ver las imágenes de lo más alto. No le veo la cara, pero sé que está mirando las esculturas muy seria y concentrada, comprende que en cada capitel se representa la eterna lucha del bien y del mal, que hay ángeles y demonios, culpa e inocencia, todo está claro y patente en la piedra: cuernos y garras, rayos de luz, rostros aterrorizados y gestos beatíficos.

– ¿Comprendes ahora, hijita mía, la perversidad del mundo y de los hombres?

Al principio tiene cogido en sus manitas infantiles un buen mechón de pelo, luego las manos abiertas de la niña descienden sobre mi frente y permanecen allí unos momentos, cubriéndome los ojos, y luego me agarra las orejas, por último siento que primero me da palmaditas en una mejilla y luego me acaricia la otra.

Cuando llegamos a casa y dejamos el carrito, y mi hija está sentada en el primer escalón mirándome, me percato de la presencia de dos mujeres que nos esperan en el descansillo: nuestra anciana vecina ha venido de visita con una amiga suya, una mujer de su misma edad. La buena mujer tiene asma y quiere ver a mi hija, pues mi vecina no hace más que hablar de la niña. Le ha contado la historia del eccema desaparecido y la amiga quiere ver a la niña ella también. No me dejan en paz, ojalá Anna no descubra el interés de estas desconocidas por su hija y crea que vienen a regalarme tarros de mermelada y salchichones cuando salgo de casa con la niña.

– ¿Has comprado comida para gatos? -pregunta la madre de mi hija cuando llego a casa y saca tres latas de la bolsa de la compra.

Capítulo 60

Estoy intentando comprender cómo piensan las mujeres y llego a la conclusión de que la vida emocional de Anna debe de ser más compleja y variada que la de los chicos que conozco. A veces parece preocupada, pero lo que me produce más quebraderos de cabeza es lo ausente que se la ve tantas veces, como si no estuviera verdaderamente en el sitio en que está, incluso como si estuviera intentando resolver muchos problemas al mismo tiempo. Aunque esté sentada apenas a cuarenta centímetros de mí, al otro lado de la mesa de la cocina, tan cerca que si fuéramos una pareja de enamorados yo podría besarla sin necesidad de cambiar de sitio, es como si no se percatara siquiera de mi presencia.

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