Rosa candida
- Автор: Ólafsdóttir Auður Ava
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:
– Vuelvo en un momento -dice mientras desaparece escaleras arriba. Mantengo la puerta abierta con el pie y veo a Flora Sol que llega hasta mí caminando sobre sus pies diminutos y se apoya a mi lado en la puerta.
– Niña lista -le digo. Tengo las dos manos ocupadas con la humeante bandeja en el umbral.
Nuestra vecina vuelve a aparecer enseguida con un bizcocho de cerezas para postre. Su rostro se ilumina al ver a la niña y se apresura a dejar el plato en la mesa de la cocina para poder saludar a mi hija. Flora Sol también está encantada de la visita, nunca viene nadie a vernos. Deja el marco de la puerta y camina otro corto trecho sin ayuda alguna y coge un dátil del cuenco que hay encima de la mesa, luego vuelve a recorrer el mismo camino, llega hasta la mujer y se lo da.
– Pensé en traerte esto ya que la joven se ha ido -dice la anciana-. La niña tendrá que comer, aunque su mamá se haya ido.
Doy las gracias a la anciana por la comida que nos ha traído, «por la bondad de su corazón», digo en el dialecto sin un solo error, porque he estado estudiando el capítulo de los saludos y la cortesía locales. Pero me preocupa un poco que se le ocurra quedarse mucho rato, a decir verdad pensaba salir con la niña a llamar a papá.
Cuando la anciana ha terminado su taza de té, le pongo a mi hija el abriguito de dos botones con bolsillos cosidos, y las botitas de calle.
– ¿Vamos a llamar al abuelo Pórir?
– A-bu.
No le digo a papá que Anna se ha marchado y, por una vez, él tampoco dice una palabra sobre ella. En cambio, no me habla ni del clima ni del peligro de las carreteras ni de la vegetación, como suele hacer. Habla de sí mismo.
– No sé cómo te vas a tomar lo que tengo que decirte ahora.
– ¿Has conocido a una mujer?
– ¿Ahora eres adivino, chico? Bueno, no es que la haya conocido ayer, el asunto lleva un tiempo avanzando poquito a poco, es una vieja amiga mía y de tu madre.
2(› 7-Vaya, si mencionas a Bogga cada vez que hablas conmigo, le reparas la instalación eléctrica, le arreglas las ventanas y ella se dedica a cocinar para ti y a invitarte a sopa de carne y a lomo de cerdo.
– Bogga me ha invitado a irme a vivir a su casa, está ella sola.
Entonces, papá titubea.
– Yo querría seguir viviendo aquí, pero no me siento capaz sin tu madre.
Luego hace una pausa antes de continuar.
– ¿Qué me cuentas de tu Florita?
– Ya camina.
– ¿Y de tus rosaledas?
– Está volviendo a ser la rosaleda más bella del mundo.
– Qué bien, me alegro, Lobbi -vuelve a producirse una pausa antes de que continúe-: He estado pensando en las cosas y me doy cuenta de que te he presionado con eso de la universidad, sin que hiciera ninguna falta. Si eres feliz, tu anciano padre también lo es. Jósef también es feliz con su amiga, de modo que no tengo motivo para estar preocupado por mis chicos.
– No, no tienes motivo para estar preocupado por tus chicos.
– Tú sabes que tienes a tu disposición la herencia de tu madre si quieres recorrer el mundo para estudiar más jardines.
Cuando mi hija ha dicho abu por el teléfono y yo le he dicho adiós a papá, subo a buscar al cura. Tengo que decirle que mi situación ha cambiado de nuevo, que ahora estoy solo con la niña, como de hecho estaba previsto al principio. Encontramos al padre Tomás en la hospedería. Le digo que Anna se ha ido.
– Ya, no siempre se pueden comprender los sentimientos -dice dándome una palmada en el hombro. Luego le da unas palmaditas a la niña en la cabeza-. Por lo general, las cosas empeoran solamente hasta un cierto límite antes de volver a mejorar -dice cuando estamos sentados uno frente al otro a ambos lados del escritorio.
Desplaza el portaplumas para que no tape a la niña y saca la muñequita de porcelana con vestido azul de punto.
– Al final siempre queda algo, pasa como con los preparativos de Navidad -dice, pasando la vista por los estantes-. Como podrás imaginar, la selección de películas sobre los insondables caminos del amor es tan inmensa, que haría falta un tiempo inconmensurable para sacarlas todas de los estantes.
Mi hija está cansada y apoya la cabeza sobre mi hombro. Le pongo el chupete. Me doy cuenta entonces de que en el escritorio hay un pequeño tiesto con tierra y un tallo verde que apenas asoma por el borde. No pregunto de qué especie es.
– Si me concedes un poco de tiempo, digamos que vuelves por la tarde, te tendré preparadas unas cuantas películas. Me centraré en las mujeres directoras, que ciertamente no carecen de un cierto grado de sarcasmo.
Luego cambia de tema y me dice que en el monasterio están todos de acuerdo en que el jardín se ha convertido en algo incomparable. Aunque no llegue a llamarlo directamente milagro, los cambios han sido muchísimo más espectaculares de lo que nadie había imaginado, y por lo que ha podido ver él personalmente tras consultar unos viejos manuscritos con el hermano Zacarías, el jardín se ha convertido de nuevo en el que describen los libros antiguos; su belleza se compara con la belleza de nuestra madre celestial.
– Con los macizos de rosales rodeando el estanque en las ocho direcciones de la estrella de los vientos, el jardín se acerca a la perfección -dice, dejando la pluma sobre el escritorio.
– Sí ^-"respondo. Mi hija se me ha dormido encima del hombro. Le acaricio suavemente la mejilla.
No es de extrañar que los monjes ya no quieran pasarse el rato en la biblioteca cuando semejante belleza se les ofrece al alcance de la mano, al otro lado de la ventana -añade mientras se reclina en el respaldo de su sillón y contempla a la niña dormida.
»La gente ha empezado a hacer pequeños donativos al monasterio y hemos reunido un fondo, aunque ciertamente no es nada comparado con la riqueza de otros tiempos -me dice con una sonrisa-. Hasta el momento lo hemos utilizado principalmente en la restauración de manuscritos, pero hemos llegado al acuerdo de que es justo usar parte de lo reunido para pagarte una gratificación y para el mantenimiento de la rosaleda. También hemos estado pensando en hacer más accesible el jardín, a fin de que puedan disfrutar de él más de los trece hombres que aquí vivimos, incluso lo vamos a abrir a los turistas.
Cuando me pongo en pie con la niña dormida en brazos, el cura señala con la cabeza el tiesto y el frágil tallo verde, y dice:
– No, no es tu especie, espero que se trate de una azucena, si leí bien la bolsa de las semillas.
El padre Tomás nos acompaña a la calle, probablemente supone que no regresaré por la tarde. Llevo a la niña en brazos. Cuando se despide de mí con un apretón de manos, pregunta de repente:
– ¿Cómo se llamaba esa rosa tuya, la que trajiste al jardín?
– Rosa de ocho pétalos.
– Eso, rosa de ocho pétalos, es verdad, eso creía recordar. La próxima vez que pases por la iglesia tendrías que echar un vistazo a la rosa de la vidriera al lado del altar, también tiene ocho pétalos unidos en la corola.
Auður Ava Ólafsdóttir