Rosa candida
- Автор: Ólafsdóttir Auður Ava
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:
– Perdona lo de antes, lo de que me echara a reír -dice-. No me reía de ti, sino por lo feliz que me sentía.
Aparto rápidamente la tetera y apago el gas, luego me dirijo tras ella al dormitorio. Soy aún más rápido que antes, porque no llevo cinturón ni me he abrochado un solo botón, esta vez lo hago sin vacilación. Ni siquiera estoy seguro de que las cortinas de terciopelo estén cerradas como Dios manda, hay una raja en el cielo vespertino y unas nubes asombrosamente sonrosadas forman una línea horizontal que atraviesa el cielo.
Capítulo 67
Al terminar, tengo la sensación de que no ha terminado, de ninguna manera, aún no existe una clara separación entre el cuerpo de ella y mi propio cuerpo; durante unos minutos más, nuestra respiración está acompasada. Los siguientes diez minutos siento que nunca he podido estar más cercano al cuerpo de ninguna otra persona, siento que no es posible aproximarse tanto a una mujer, que ella esté dentro de mí y yo dentro de ella. La quiero locamente y no me importa lo más mínimo que tengamos una hija juntos: ella es nueva y distinta. El invernadero ha desaparecido en las brumas del tiempo, creería incluso que unos vándalos lo han destrozado y que ahora no es más que una ruina. Va tirando, papá anda con evasivas cuando le pregunto qué tal se está consiguiendo librar de los tomates. La acaricio por todas partes, también para convencerme de que sigue estando aquí, conmigo. Después me levanto a por un vaso de agua en el fregadero de la cocina. El cielo está extrañamente encendido y la luna nada por las nubes, veo que el anciano de enfrente no puede dormir y está en la ventana, mirando. Cuando vuelvo a la cama, la acaricio por la espalda, hacia la cintura, y se da la vuelta sin despertar. Es muy suave. Entonces le acaricio la cintura, varias veces, la cintura está sólo unos pocos centímetros por encima de la sábana. Luego exploro otros lugares, avanzo tanteando con mis manos como un ciego que intenta encontrar el camino, tiene los muslos pegajosos. Hago todo lo que se me ocurre que puedo hacer sin despertarla. La sábana está hecha un guiñapo en el suelo, y allí la dejo. Entonces me doy cuenta de que dos ojos me observan en la oscuridad, como dos soles. Flora Sol se ha puesto en pie, sujetándose a la barandilla, extrañada de verme en la cama.
– Acuéstate y duérmete, es de noche -le digo sin darle la menor opción de charla, ni se me ocurre cambiarle el pañal.
No parezco demasiado convincente, son ya las siete y por la ventana entra un rayo de luz del día, pero me apetece estar tranquilo con Anna, no quiero que la niña nos moleste. Tengo los ojos medio cerrados para demostrarle que no quiero hablar ni jugar, pero no sé si está ofendida por mi negativa a hacerle caso. Se deja caer otra vez en la cuna, ayudada por la fuerza de la gravedad, y apoya obediente la cabeza en la almohada. Veo los tres botones automáticos en fila vertical sobre su bodi de felpa, y el edredón está arrugado a sus pies, de modo que me pongo en cuclillas para echarle el edredón por encima y mirarle fugazmente los ojos. Se ha puesto de lado, con la cara hacia la pared, y tiene abrazado su conejito. El labio inferior le tiembla un poco, todo parece indicar que está a punto de echarse a llorar.
– Mañana hacemos el puzle -le digo-. Buenas noches -añado, indicándole así que nuestra charla ha concluido, y me paso a la otra cama y pongo el brazo encima de la mujer acostada a mi lado.
Diez minutos más tarde, mi hija está otra vez de pie en la cuna, mirándome en la oscuridad.
– Pa-pa-pa-pa -dice deprisa pero en voz baja.
Me siento.
– ¿Quieres que hagamos gachas de avena? -pregunto.
Me levanto y me pongo los pantalones. Me inclino sobre la cuna y mi hija se quita de la boca la oreja empapada del conejito y me sonríe. Me tiemblan las manos cuando la levanto y me doy cuenta de que estoy pletòrico de sentimientos nuevos y difusos.
– Dejaremos dormir a mamá.
– Ma-ma mi-mi.
Mientras preparo las gachas de avena intento hacerme una idea clara de la nueva situación que se ha presentado y de cómo debo comportarme cuando Anna se levante y salga del dormitorio. ¿Qué haré con esta nueva intimidad? Es la primera vez que no me marcho después de acostarme con una chica. Hasta ahora, siempre me iba antes de que la chica empezara a desayunar, aunque eso no quiere decir que me fuera sin despedirme. Claro, que tampoco me podría haber ido ahora: éste es mi piso, lo tengo alquilado, y Anna tampoco podría irse, pues por el momento vivimos bajo el mismo techo.
Abro de par en par la ventana de la cocina. La rosaleda está cubierta por una espesa niebla y fuera reina un total silencio. El anciano no está todavía en la ventana, seguramente se habrá tomado un somnífero.
Capítulo 68
Hay leche y huevos y tomo prestadas dos tazas de harina de mi vecina de arriba, que por lo que puedo oír lleva un buen rato levantada, así que podría hacer tortitas para Anna con las recetas de mamá. En una de las películas del padre Tomás se ve gente sentada a una mesa comiendo tortitas con grosellas negras y sirope, me parece una combinación muy apetitosa.
Sólo llevo puestos los pantalones, así que me pongo una camiseta, luego cojo a Flora Sol en pijama, subo la escalera y llamo a la puerta. La anciana está encantada de vernos y nos invita a entrar, pero le digo que ando mal de tiempo. Y ella me dice que su amiga está mucho mejor del asma desde que vio a la niña, y que también va mejor de la depresión que tenía además del asma. Pero la cosa es que tiene una prima que llegará de visita el próximo fin de semana, vive en un pueblo cercano, a tres horas de tren, ha sufrido todo lo imaginable y más, y ahora resulta que tiene cáncer. La cuestión es si puede llevar a su prima a ver a la niña.
– Volverá a su pueblo en el tren de la mañana del día siguiente -dice al ver que estoy un poco inquieto en el umbral de la puerta.
Cuando mi amante sale del dormitorio, con las mejillas coloradas, estoy dando la vuelta a la cuarta tortita. Lleva en brazos el libro abierto, con la mano encima para no perder la página. Tiene aspecto de que no hubiera sucedido nada y me sonríe y le da un beso a su hija que está haciendo el puzle en la mesa, luego se sienta y abre el libro. Somos hermanos otra vez. Dos individuos a quienes la casualidad les hizo compartir un bebé con unos ricitos angelicales, amarillos, en la freute.
– ¡Qué estupendo! -dice al ver las tortitas con sirope, me doy cuenta de que tiene la barbilla arañada por los pelos de mi barba.
No sé cuánto debo acercarme a ella, nuevamente nos separa la tabla de la mesa. Ni siquiera estoy seguro de que se dé cuenta de que la estoy mirando, de que estoy observándola con nuevos ojos. No comprendo cómo pudo haber una época en que me parecía una chica de aspecto corriente. Yo mismo, hace año y medio, soy un misterio insondable, como un desconocido.
– ¿Qué? -me dice con una sonrisa. Casi parece tímida.
– Nada -digo yo.
Estoy admirando el milagro que puede aproximar tanto a dos personas sin relación familiar alguna. Luego pregunta:
– ¿Te han operado hace poco? Hace diecinueve meses no tenías cicatrices.
Nuestra hija mira a su padre y luego a su madre, y vuelve a empezar. ¿Se estará dando cuenta de que hay una situación nueva en el hogar, de que nuestra relación ya no gira solamente en torno a ella?
– Sí, me hicieron una operación de apendicitis hace dos meses. Mi cuerpo no es el mismo de antes.
La niña me mira mientras intento hacerme dueño de la situación. De pronto me resulta difícil hacerme con esta nueva cercanía, me siento alterado, así que me levanto para buscar el jersey. No puedo permitir que Anna me vea en este estado, que vea lo sensible que me he vuelto cuando ella está presente. Ella también se pone en pie.