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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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El primer piso se abría a la derecha del vestíbulo. Cuando Barbara llamó con los nudillos, tuvo que repetir todo el procedimiento desde el principio. Esta vez, levantó la placa a la altura de la mirilla. Cuando el ocupante la hubo estudiado a su plena satisfacción, retiró dos cerrojos y una cadena de seguridad, y la puerta se abrió. Era una anciana.

– Temo que cualquier precaución es poca en nuestros días -dijo la mujer a modo de disculpa.

Se presentó como la esposa de Geoffrey Baden y procedió a informar a Barbara sobre los detalles de su vida sin necesidad de que hiciera preguntas. Viuda desde hacía veinte años, no tenía hijos, solo sus pájaros, los cuales eran pinzones, cuya enorme jaula ocupaba un lado de la sala de estar, y su música, cuya fuente parecía un piano que cubría el otro lado. Era un antiguo piano vertical, y sobre él descansaban varias docenas de fotos enmarcadas del difunto Geoffrey, mientras el atril albergaba suficientes partituras para sugerir que la señora Baden dedicaba a Mozart sus tardes libres.

La anciana padecía temblores. Afectaban a sus manos y su cabeza, que no dejaron de agitarse durante toda su entrevista con Barbara.

– Temo que aquí no hay sitio para sentarse -dijo con jovialidad cuando acabó de contar su vida-. Acompáñeme a la cocina. Tengo tarta de limón, si le apetece un trozo.

Le encantaría comer un trozo, dijo Barbara, pero la verdad era que estaba buscando a Cilla Thompson. ¿Sabía la señora Baden dónde podía encontrarla?

– Supongo que está trabajando en el estudio -contestó la anciana-. Los dos son artistas. Cilla y Terry. Unos jóvenes adorables, si no se hace caso de su apariencia, cosa que yo hago. Los tiempos cambian, ¿no es así? Hay que cambiar con ellos.

Parecía un alma tan bondadosa y amable, que Barbara prefirió no hablarle de la muerte de Terry de sopetón.

– Debe de conocerlos muy bien -dijo.

– Cilla es bastante tímida. Terry es un primor, y siempre aparece con un regalo o una sorpresa. Me llama su abuela adoptiva. A veces me ayuda con pequeñas reparaciones en el piso. Y siempre pasa a preguntar si necesito algo de la tienda cuando sale de compras. Vecinos así no abundan en nuestros días, ¿no cree?

– Yo también he sido afortunada -dijo Barbara, a quien la anciana caía muy bien-. Tengo unos vecinos maravillosos.

– Entonces cuéntese entre los afortunados, querida. ¿Me permite decirle que sus ojos son de un color muy bonito? Ese precioso azul no se ve muy a menudo. Supongo que tiene antepasados escandinavos en su familia.

La señora Baden enchufó el calentador de agua y sacó una lata de té de un estante de la alacena. Echó unas cucharadas en una tetera de porcelana desteñida y llevó dos tazas a la mesa de la cocina. Sus temblores eran tan desmesurados que Barbara no la imaginó sujetando un calentador con agua hirviendo, de modo que cuando el aparato se apagó unos minutos después, fue a preparar el té. La señora Baden le dio las gracias.

– No paro de oír que los jóvenes de hoy son unos salvajes, pero mi experiencia es muy diferente. -Utilizó una cuchara de madera para remover las hojas de té en el agua, y luego levantó la vista-. Espero que Terry no se haya metido en ningún lío -dijo en voz baja, como resignada desde hacía tiempo a la aparición de la policía, a pesar de sus palabras.

– Lamento mucho decírselo, señora Baden, pero Terry ha muerto. Fue asesinado en Derbyshire hace unas noches. Por eso me gustaría hablar con Cilla.

La señora Baden formó con la boca la palabra «muerto», perpleja. Una expresión de estupefacción se dibujó en su rostro cuando todas las implicaciones de la palabra atravesaron sus defensas.

– Oh, Dios mío -dijo-. Ese joven adorable… Pero no pensará que Cilla, o el desgraciado de su novio, estén relacionados con ello.

Barbara archivó «el desgraciado de su novio» para futuras referencias. No, dijo a la señora Baden, quería hablar con Cilla para que la dejara entrar en el piso. Necesitaba echar un vistazo para ver si encontraba alguna pista sobre el móvil del asesinato de Terry Cole.

– Fue una de dos personas asesinadas -dijo Barbara-. La otra era una mujer, se llamaba Nicola Maiden, y puede que fuera ella la causante de ambas muertes. En cualquier caso, estamos intentando establecer si Terry y la mujer se conocían.

– Por supuesto -dijo la señora Baden -. Lo entiendo muy bien. Tiene que hacer su trabajo, por desagradable que sea. -Explicó a Barbara que Cilla estaría en la arcada del ferrocarril orientada hacia Portslade Road. Era allí de donde ella, Terry y dos artistas más sacaban los recursos para sufragar un estudio. No pudo dar a Barbara la dirección exacta, pero no creía que le costara localizar el estudio-. Siempre puede preguntar en las demás arcadas. Supongo que los propietarios sabrán de quién está hablando. En cuanto al piso… -La anciana utilizó unas tenacillas de plata para echar un terrón de azúcar al té. Tuvo que repetir la operación tres veces, debido a los temblores, pero sonrió con satisfacción cuando lo consiguió-. Tengo una llave, por supuesto.

Fantástico, pensó Barbara, y mentalmente se frotó las manos.

– La casa es mía. -La anciana continuó explicando que, cuando el señor Baden falleció, había remozado la casa a modo de inversión que le proporcionaría ingresos en sus años de vejez-. Tengo alquilados tres pisos y vivo en el mío. -Añadió que siempre insistía en tener una llave de cada piso. La perspectiva de una visita sorpresa de la casera siempre mantenía a raya a los inquilinos-. Sin embargo -concluyó, hundiendo el barco de Barbara con una sonrisa afable-, no puedo dejarle entrar.

– ¿No puede?

– Temo que sin el permiso de Cilla sería una violación de la confianza depositada en mí. Espero que lo comprenda.

Maldita sea, pensó Barbara. Preguntó cuándo solía volver Cilla.

Oh, nunca a la misma hora, dijo la señora Baden. Lo más prudente sería ir a Portslade Road y concertar una cita con Cilla mientras estaba pintando. Y a propósito, ¿le apetecía a la agente tomar un trozo de tarta antes de irse? Le gustaba mucho cocinar y dar a probar sus exquisiteces.

Compensaría el donut de chocolate a las mil maravillas, decidió Barbara. Y como se le negaba el acceso inmediato al piso de Terry, pensó que lo mejor era continuar con su meta dietética de ingerir solo grasa y azúcar durante veinticuatro horas.

Una sonrisa iluminó el rostro de la señora Baden cuando Barbara aceptó, y cortó un trozo de tarta más indicado para un guerrero vikingo. Cuando Barbara se lanzó sobre él, la anciana se entregó al tipo de agradable cháchara en el que tanto destacaba su generación. Incluyó alguna referencia ocasional a Terry Cole.

A juzgar por sus palabras, Barbara dedujo que Terry era un soñador, nada práctico en opinión de la señora Baden, sobre su futuro éxito como artista. Quería abrir una galería, dijo la anciana. Pero, querida, la idea de que alguien quisiera comprar sus piezas o las de sus colegas… Aunque claro, ¿qué sabía una vieja de arte moderno?

– Su madre aseguró que estaba trabajando en un gran proyecto -comentó Barbara-. ¿Le habló a usted de él?

– Hablaba de un gran proyecto, querida, ya lo creo que sí…

– Pero ¿no existía?

– No he dicho eso -se apresuró a señalar la señora Cole -. Creo que en su mente sí existía.

– En su mente. ¿Está diciendo que se forjaba fantasías?

– Tal vez era… demasiado entusiasta. – La señora Baden pinchó con su tenedor unas cuantas migas, con aire pensativo. Sus siguientes palabras fueron vacilantes-. Es de muy mal gusto criticar a los muertos…

Barbara quiso tranquilizarla.

– Usted le apreciaba. Es evidente. Y espero que quiera colaborar.

– Era un chico estupendo. Siempre se esforzaba por ayudar a las personas que apreciaba. No creo que encuentre a nadie que le diga lo contrario. Pero…

– ¿Pero…? – la animó Barbara.

– Pero a veces, cuando un joven desea algo con desesperación, toma atajos, ¿verdad? Intenta encontrar una ruta más corta y directa para llegar a su destino.

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