El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– ¿Nicola estaba liada con otro? ¿Por eso le rechazó?
Julian no contestó. Lynley y Hanken intercambiaron una mirada.
– Ah, ya entiendo por dónde va -dijo Samantha-. Piensa que Julie llegó a casa el lunes por la noche, la telefoneó al día siguiente para concertar una cita, descubrió dónde iba a estar aquella noche, cosa que por supuesto no admitirá, y la asesinó. Bien, déjeme que le diga algo: es absurdo.
– Tal vez, pero una respuesta a la pregunta sería de gran ayuda -observó Lynley.
– No -respondió Julian.
– ¿No estaba liada con alguien? ¿O a usted no se lo habría dicho?
– Nicola era sincera. Si hubiera mantenido relaciones sentimentales con otro me lo habría dicho.
– ¿No habría intentado ocultarlo, para no herir sus sentimientos?
Julian rió con tristeza.
– Dorar la píldora a los demás no era su estilo, créame.
Pese a sus sospechas sobre otras personas, la respuesta de Julian impulsó a Hanken a preguntar:
– ¿Dónde estuvo el martes por la noche, señor Britton?
– Con Cass.
– ¿Con la perra?
– Estaba pariendo, inspector. No se puede dejar sola a una perra cuando está pariendo.
– ¿Usted también estuvo aquí, señorita McCallin? -preguntó Lynley-. ¿Colaboró en el parto?
La joven se mordió el labio inferior.
– Sucedió por la noche. Julian no me despertó. Vi a los cachorros por la mañana.
– Entiendo.
– ¡No, no entiende nada! -exclamó Samantha-. Piensa que Julie está implicado. Ha venido para obligarle con engaños a decir algo que le implicará. Así trabajan ustedes.
– Trabajamos para descubrir la verdad.
– Ah, claro. Dígaselo a los Cuatro de Bridgewater. Aunque ahora solo quedan tres, ¿verdad? Porque uno de esos pobres desgraciados murió en la cárcel. Llama a un abogado, Julian. No digas ni una palabra más.
Julian Britton acompañado de su abogado era justo lo que no necesitaban en ese momento.
– Usted guarda registros de los perros, señor Britton. ¿Tomó nota de la hora del parto?
– No nacen todos a la vez, inspector -dijo Samantha.
– Cass empezó a parir alrededor de las nueve. Dio a luz a eso de la medianoche. Eran seis cachorros, aunque uno nació muerto, y por eso tardó varias horas. Si quiere las horas exactas, están consignadas en los registros. Samantha puede ir a buscar el libro.
La joven lo hizo. Cuando volvió, Julian le dijo:
– Gracias. Casi he terminado aquí. Me has ayudado mucho. Yo me encargaré del resto.
Era evidente que la estaba despidiendo. Dio la impresión de que ella le comunicaba algo con la mirada. Fuera lo que fuese, Julian no pudo o no quiso recibir el mensaje. Samantha dirigió una leve mirada ominosa a Lynley y Hanken antes de salir. Los ladridos de los perros que había fuera se incrementaron hasta que ella abrió y cerró la puerta a su espalda.
– Tiene buenas intenciones -dijo Julian-. No sé qué haría sin ella. Intentar poner en pie de nuevo la mansión es un trabajo muy duro. A veces me pregunto por qué lo emprendí.
– ¿Por qué lo hizo? -preguntó Lynley.
– Aquí han vivido los Britton desde hace cuatrocientos años. Sueño con prolongarlos durante unos siglos más.
– ¿Nicola Maiden era parte de ese sueño?
– En mi mente sí. En la suya, no. Tenía sus propios sueños, planes, o lo que fueran. Pero eso es normal, ¿verdad?
– ¿Le habló de ellos?
– Solo me dijo que no compartía los míos. Sabía que yo no podía ofrecerle lo que deseaba. No en este momento, y tal vez nunca. Pensó que lo más prudente era continuar nuestra relación como siempre.
– ¿Qué clase de relación era?
– Éramos amantes, si eso es lo que está preguntando.
– ¿En el sentido habitual? -preguntó Hanken.
– ¿Qué quiere decir?
– La chica estaba afeitada. Eso sugiere… cierta peculiaridad sexual de su relación.
Un feo rubor invadió la cara de Julian.
– Ella era rara. Se depilaba a la cera. También se hizo piercings en el cuerpo. En la lengua, el ombligo, los pezones y la nariz. Ella era así.
No parecía la mujer apropiada para casarse con un terrateniente empobrecido, pensó Lynley. Se preguntó por qué Julian Britton lo había creído posible.
No obstante, Britton pareció leerle el pensamiento.
– Todo eso no significa nada -dijo-. Ella era como era. Las mujeres de ahora son así. Las mujeres de su edad, al menos. Como usted es de Londres, supongo que ya lo sabe.
Era verdad que se veía de todo en las calles de Londres. Solo un investigador miope juzgaría a las mujeres de menos de treinta años, o incluso de más, sobre la base de que se depilaban a la cera o se perforaban el cuerpo. De todos modos, los comentarios de Julian intrigaron a Lynley. Contenían tal vehemencia que valía la pena sondear.
– Es lo único que puedo decirles-dijo.
Julian abrió el libro de registros que su prima le había traído. Buscó una sección señalizada por un marcador azul y pasó varias páginas hasta encontrar lo que buscaba. Dio la vuelta al libro para que Lynley y Hanken pudieran verlo. La página llevaba el nombre de Cass en grandes mayúsculas, y documentaba las horas del alumbramiento de cada cachorro, así como las horas en que el parto había empezado y terminado.
Le dieron las gracias por la información y se marcharon. Lynley fue el primero en hablar cuando estuvieron fuera.
– Esas horas estaban escritas a lápiz, Peter, todas.
– He tomado nota. -Hanken indicó con un gesto la mansión-. Menudo equipo forman, ¿verdad? «Julie» y su prima.
Lynley le dio la razón. Y se preguntó a qué jugaba ese equipo.
8
Barbara Havers experimentó un gran alivio cuando pudo abandonar el claustrofóbico cuartel general de la Met. En cuanto Winston Nkata le pidió que fuera a la dirección de Terry Cole en Battersea, no perdió el tiempo y corrió hacia su coche. Tomó la ruta más directa posible, en dirección al río, y luego siguió el Embankment hasta el Albert Bridge. En la orilla sur del Támesis consultó su pringoso plano de la ciudad, hasta que encontró la calle en cuestión, emparedada entre las dos Bridge Roads: Battersea y Albert.
El piso de Terry Cole estaba en un edificio de ladrillo remozado, con ventanas saledizas, situado entre otros similares de Anhalt Road. Una hilera de timbres indicaba que había cuatro pisos en el edificio, y Barbara llamó al señalado con los apellidos Cole/Thompson. Mientras esperaba echó un vistazo al barrio. Casas adosadas, algunas en mejor estado que otras, con jardines delanteros. Algunos estaban bien cuidados, otros no, y más de uno parecía utilizarse como vertedero indiscriminado, desde ollas herrumbradas hasta televisores sin pantalla.
Nadie contestó en el piso. Barbara frunció el entrecejo y bajó los peldaños. Resopló, pues no anhelaba la perspectiva de sacrificarse más horas ante los ordenadores del Yard, y pasó revista a sus opciones mientras examinaba la casa. Entrar por la fuerza no le serviría de mucho, y estaba pensando en ir al pub más cercano para tomar un plato de salchichas con puré de patatas, cuando observó que una cortina se movía en la ventana del piso de la planta baja. Decidió probar con los vecinos.
En el primer piso constaba el apellido Baden. Barbara pulsó el timbre. Casi al instante, una voz temblorosa respondió, como si la persona se hubiera estado preparando para una visita de la ley. En cuanto Barbara se identificó, al tiempo que alzaba su placa para que pudiera ser observada por la ventana del piso, el pestillo de la puerta fue liberado. La abrió y se encontró en un vestíbulo del tamaño aproximado de un tablero de ajedrez. También la decoración era propia de un tablero de ajedrez: losas rojas y negras, manchadas por innumerables pisadas.