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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Barbara se preguntó por qué llamaba Winston. Tal vez para actuar de intermediario entre ella y Lynley, y transmitirle información con el fin de que el inspector mantuviera el mínimo contacto posible con ella, como parecía pertinente en aquel momento.

– Aún no he conseguido nada sobre las detenciones de Maiden -dijo Barbara-. Nada que parezca útil, al menos. -Contó lo que Hextell le había confiado sobre los problemas nerviosos de Maiden-. Por si al inspector le sirve de algo -añadió.

– Le pasaré la información -dijo Nkata-. Si puedes escaquearte un rato, hay que investigar Battersea. Nos ahorraría un poco de tiempo.

– ¿Battersea?

– El piso de Terry Cole. Y también su estudio. Uno de nosotros ha de ir allí y hablar con su compañera de piso. Esa Cilla Thompson, ¿recuerdas?

– Sí, pero pensaba… -¿Qué había pensado? Que Nkata retendría la mayor información posible y le dejaría el trabajo sucio a ella. Pero Nkata seguía asombrándola a causa de su generosidad-. Puedo escaquearme. Recuerdo la dirección.

Él rió.

– ¿Por qué será que no me sorprende?

Lynley y Hanken habían dedicado la primera parte de la mañana a esperar a Winston Nkata, que vendría acompañado de la madre de Terry Cole para identificar el segundo cadáver encontrado en el páramo. Ninguno de los dos albergaba muchas dudas acerca de que sería pura formalidad, angustiosa y dolorosa, pero aun así formalidad. Como nadie había reclamado la moto, ni tampoco se habían presentado denuncias de haber sido robada, parecía claro que el joven asesinado y el propietario de la moto eran la misma persona.

Nkata llegó a las diez, y tuvieron la respuesta un cuarto de hora más tarde: la señora Cole confirmó que el chico era su Terry, después de lo cual se desmayó. Llamaron a un médico, que le administró sedantes.

– Quiero sus efectos personales -sollozó Sal Cole, y comprendieron que se refería a las ropas de su hijo-. Quiero sus efectos personales para nuestro Darryl. Quiero conservarlos.

Desde luego, le dijeron, en cuanto los forenses hubieran terminado sus análisis, en cuanto los tejanos, la camiseta, las Doc Martens y los calcetines ya no fueran necesarios para condenar al culpable. Hasta ese momento le darían recibos de cada prenda y también de la moto. No le dijeron que igual pasarían años antes de que le entregaran las ropas ensangrentadas. Por su parte, la mujer no preguntó cuándo le serían entregadas. Se limitó a estrujar el sobre que contenía los recibos y a secarse los ojos con el dorso de la muñeca. Winston Nkata la acompañó desde la súbita pesadilla hasta la inminente y prolongada pesadilla.

Lynley y Hanken se retiraron al despacho de este en silencio. Antes de la llegada de Nkata, Hanken se había dedicado a revisar las notas del caso, y había echado otro vistazo al informe redactado por el primer agente que había hablado con los Maiden sobre la desaparición de su hija.

– Recibió varias llamadas telefónicas la mañana que salió de excursión -dijo a Lynley-. Dos de una mujer, una de un hombre, pero nadie dijo su nombre a Nan Maiden antes de que fuera a buscar a su hija para que se pusiera al teléfono.

– ¿El hombre pudo ser Terence Cole? -preguntó Lynley.

Otra suposición que se sumaba a las demás, pensó Hanken.

Fue a su escritorio. En el centro alguien había dejado un fajo de papeles mientras estaban con la señora Cole. Era documentación relativa al caso, explicó Hanken. Gracias a los servicios de una taquígrafa excelente, la doctora Sue Miles había cumplido su palabra: ya contaban con el informe de la autopsia.

Descubrieron que la doctora Miles eran tan minuciosa como excéntrica. Solo sus hallazgos sobre el examen externo de los cadáveres ocupaba casi diez páginas. Además de una descripción detallada de cada herida, contusión, erosión y magulladura descubierta en cada uno de los cuerpos, la doctora había documentado cada minuto relacionado con las muertes ocurridas en el páramo. Había tomado nota de todo, desde el brezo enredado en el pelo de Nicola Maiden hasta una espina clavada en el tobillo de Terry Cole. Los detectives fueron informados de la existencia de fragmentos microscópicos de piedra hundidos en la carne, evidencias de deyecciones de pájaros en la piel, fragmentos de madera en las heridas, y los daños infligidos por aves e insectos a los cadáveres. Sin embargo, lo que los detectives no obtuvieron al final de su lectura fue lo que no habían obtenido al principio de la misma: una idea clara del número de asesinos que estaban buscando. Pero sí descubrieron un detalle intrigante: aparte de las cejas y el pelo de la cabeza, Nicola Maiden iba afeitada por completo.

Un dato interesante que inspiró el siguiente paso de la investigación.

Tal vez había llegado el momento, dijo Lynley, de hablar con Julian Britton, el apenado prometido de la víctima. Pusieron manos a la obra.

El hogar de los Britton, Broughton Manor, se encontraba a mitad de un saliente de piedra caliza, a solo tres kilómetros al sudeste del pueblo de Bakewell. Encarado hacia el oeste, dominaba el río Wye, que en este punto del valle describía una plácida curva a través de un prado erizado de robles, donde pastaba un rebaño de ovejas. Desde lejos, el edificio no parecía una mansión -que sin duda otrora había sido el centro de una finca floreciente-, sino una fortificación impresionante. De piedra teñida de gris a causa de los líquenes, el caserón comprendía torres, almenas y murallas que se alzaban hasta una altura de casi cuatro metros, antes de dar paso a una serie de estrechas ventanas. El aspecto de la mansión sugería longevidad y fortaleza, combinadas con la voluntad y la capacidad de sobrevivir a todo, desde las vicisitudes del clima hasta los caprichos de la familia que la poseía.

De cerca, sin embargo, Broughton Manor contaba una historia muy diferente. Faltaban los cristales de algunas ventanas. Al parecer, parte de su techumbre de roble se había hundido. Un bosque de hojarasca se apretujaba contra las ventanas supervivientes del ala sudoeste, y los muros bajos que delimitaban una serie de jardines inclinados hacia el río estaban derrumbados o presentaban importantes brechas, lo cual permitía el acceso de ovejas descarriadas a lo que debía haber sido una hilera descendente de parterres coloridos.

– Era la atracción turística del condado -dijo Hanken a Lynley cuando cruzaron el puente de piedra que salvaba el río y desembocaba en el camino de acceso a la casa-. Dejando aparte Chatsworth, por supuesto. No estoy hablando de palacios. Pero en cuanto Jeremy Britton le puso las manos encima, consiguió arruinarlo en menos de diez años. El hijo mayor, me refiero a nuestro Julian, ha intentado devolver la vida a este lugar. Quiere transformarlo en una granja, en un hotel, en un centro de conferencias, o en un parque. Incluso lo alquila para fiestas y torneos, lo cual habrá provocado que los huesos de sus antepasados se revuelvan en sus tumbas. De todos modos, ha de ir siempre un paso por delante de su padre, que dilapidará en bebida los beneficios si le dejan.

– ¿Julian necesita fondos?

– Por decirlo de una manera suave.

– Pero ¿no hay más hijos? -preguntó Lynley-. ¿No es Julian el mayor?

Hanken pasó frente a una enorme puerta tachonada de clavos, cuyo roble oscuro había virado a un pardo grisáceo debido a la edad, el descuido y el mal tiempo, y rodeó el edificio hasta la parte posterior, donde una cancela lo bastante grande para permitir el paso de un carruaje albergaba una puerta de tamaño humano. Estaba abierta, y al otro lado se veía un patio entre cuyas piedras brotaban malas hierbas como pensamientos inesperados. Apagó el motor.

– Julian tiene un hermano que reside en la universidad. Y una hermana casada que vive en Nueva Zelanda. Es el hijo mayor, me refiero a Julian, y no entiendo por qué no sigue el mismo camino de los demás. Su padre es una auténtica pesadilla, pero ya lo comprobarás por ti mismo si llegas a conocerle.

Hanken abrió la puerta y le precedió hasta la casa. Oyeron unos nerviosos aullidos que debían de proceder de los establos, los cuales se alzaban al final de un sendero de grava invadido de malas hierbas que se desviaba hacia el norte desde una curva del camino cercano.

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