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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Al llegar a Maiden Hall, descubrió que en la cocina se estaban llevando a cabo los preparativos para la cena. La cocina daba al aparcamiento donde Lynley había dejado el Ford de la policía. Estaban abasteciendo de licores el bar y disponiendo el comedor para la noche. Un ambiente de actividad predominaba en el hostal, lo cual demostraba que, en la medida de lo posible, la vida continuaba como siempre en Maiden Hall.

La misma mujer que había recibido a los inspectores la tarde anterior salió al encuentro de Lynley en la zona de recepción. Cuando preguntó por Andy Maiden, la sirvienta murmuró:

– Pobre hombre.

Se alejó en busca del ex agente. Mientras esperaba, Lynley se acercó a la puerta del comedor, justo al otro lado del salón. Otra mujer, de edad y aspecto similares a la primera, estaba colocando velas blancas con sus portavelas en las mesas. A su lado, en el suelo, había un cesto de crisantemos amarillos.

La ventana de servicio entre el comedor y la cocina estaba abierta, y desde esta última estancia se oía a alguien hablar en francés, con gran rapidez y apasionamiento. Y después, en un inglés con fuerte acento:

– ¡No, no y no! Cuando pido escalonias, quiero decir escalonias. Estas cebollas son para freír.

Siguió una respuesta en voz baja que Lynley no pudo escuchar, y después un torrente de francés, del cual solo pudo captar: Je t'emmerde.

– ¿Tommy?

Lynley giró en redondo y vio que Andy Maiden había entrado en el salón con un bloc en la mano. Maiden parecía desolado. Estaba demacrado y sin afeitar, y llevaba la misma ropa de la noche anterior.

– Vivía pensando en la jubilación -dijo con voz hueca-. Soportaba el trabajo sin decir ni palabra porque apuntaba a un objetivo. Eso era lo que me decía. Y a ellas. A Nan y a Nicola. Unos cuantos años más, me decía. Entonces tendremos suficiente. -Dio la impresión de que hacía acopio de fuerzas para arrastrarse hasta Lynley-. Y mira adonde hemos ido a parar. Mi hija ha muerto y yo he encontrado los nombres de quince bastardos que matarían a su madre por un penique. ¿Por qué demonios pensé que cumplirían su condena, desaparecerían y no volverían a molestarme?

Lynley echó un vistazo al bloc, y comprendió qué era.

– ¿Es la lista que te pedimos?

– Lo he leído toda la noche. Tres veces. Hasta cuatro. Y esta es mi conclusión. ¿Quieres saberla? -Sí.

– Yo la maté. Yo fui el culpable.

¿Cuántas veces había escuchado la misma necesidad de atribuirse la culpa?, se preguntó Lynley. ¿Cien? ¿Mil? Siempre pasaba igual. Y si existía una respuesta capaz de atenuar la culpa de los que quedaban en pie después de que la violencia golpeara a un ser querido, aún no la había descubierto.

– Andy -empezó.

Maiden le interrumpió.

– Recuerdas cómo era, ¿verdad? Mantenía la sociedad a salvo del «elemento criminal», me decía. Y era bueno en eso. Buenísimo. Pero nunca me di cuenta de que, mientras me concentraba en nuestra jodida sociedad, mi hija… mi Nick… -Su voz se quebró-. Lo siento.

– No te disculpes, Andy. No pasa nada. De veras.

– Sí que pasa. -Maiden abrió el bloc y arrancó la última página. La entregó a Lynley-. Encuéntrale.

– Lo haremos.

Lynley era consciente de que sus palabras no mitigarían el dolor de Maiden, del mismo modo que tampoco lo conseguiría una detención. No obstante, explicó que había encargado a un agente que investigara los archivos del SO10 en Londres, pero que hasta el momento no había recibido ninguna noticia. Cualquier cosa que Maiden pudiera proporcionarle (un nombre, un delito, una investigación) podría ahorrar tiempo al agente delante del ordenador y liberarle para perseguir a posibles sospechosos. La policía se sentiría en deuda con Maiden.

Maiden asintió como atontado.

– ¿En qué más puedo colaborar? ¿Puedes darme algo, Tommy? ¿Algo más que hacer? Porque de lo contrario… -Se mesó el pelo, todavía espeso y rizado, aunque completamente cano-. Soy un caso de manual. Busco una ocupación para no sufrir.

– Es la reacción natural. Siempre levantamos defensas contra una conmoción, hasta que estamos preparados para hacerle frente. Es propio del ser humano.

– Esto. Aún digo «esto». Porque si digo la palabra, la realidad se impondrá y no podré soportarlo.

– Nadie espera que lo hagas en este momento. Tú y tu mujer necesitáis tiempo para superarlo. O para negarlo. O para derrumbaros por completo. Te comprendo, créeme.

– ¿Sí?

– Creo que ya lo sabes. -No era fácil formular la siguiente petición-. Necesito examinar las pertenencias de tu hija, Andy. ¿Querrías estar presente?

Maiden frunció el entrecejo.

– Sus cosas están en su habitación. Pero si estás buscando una relación con el SO10, ¿en qué puede ayudarte la habitación de Nicola?

– En nada, tal vez -dijo Lynley-. Pero esta mañana hemos hablado con Julian Britton y Will Upman. Hay varios detalles que nos gustaría explorar más a fondo.

– ¡Joder! -exclamó Maiden-. ¿No estarás pensando que uno de ellos…?

Desvió la vista hacia la ventana, como si meditara sobre los horrores que implicaba la referencia a Britton y Upman.

– Es demasiado pronto para otra cosa que conjeturas, Andy -se apresuró a decir Lynley.

Maiden se volvió y le observó. Por fin, pareció aceptar su respuesta. Condujo a Lynley hasta el segundo piso de la casa, hasta la habitación de su hija, y se quedó en el umbral mientras Lynley registraba las pertenencias de Nicola Maiden.

Casi todo coincidía con lo que cabía esperar encontrar en la habitación de una mujer de veinticinco años, y casi todo apoyaba las afirmaciones de Julian Britton y Will Upman. Un joyero de madera contenía pruebas de los piercings que Julian había descrito: los aros de oro de diversos tamaños y sin pareja debían corresponder a los que la joven había llevado en el ombligo, el labio y el pezón; tornillos desparejados hablaban del agujero de su lengua; diminutos tornillos rubí y esmeralda con punta habrían adornado su nariz.

El ropero contenía prendas de marca. Las etiquetas eran un compendio de la alta costura. Upman había dicho que Nicola no había podido comprar su ropa con el sueldo recibido durante el verano, y las prendas verificaban su afirmación. También había otros indicios de que alguien debía de complacer los caprichos de Nicola Maiden.

La habitación estaba llena de objetos que solo podían obtenerse con elevados ingresos, o gracias a un galán ansioso por demostrar su devoción a base de regalos. Una guitarra eléctrica ocupaba parte del ropero, a cuyo lado había un reproductor de CD, un sintonizador y un par de altavoces por los que Nicola Maiden tendría que haber pagado más de la nómina de un mes. Cerca, una torre giratoria para CD albergaba unos doscientos o trescientos discos. Un teléfono móvil descansaba sobre un televisor en color situado en un rincón. En un estante que corría bajo el televisor había alineados ocho bolsos de piel. Todo en la habitación hablaba de exceso. Todo proclamaba también que, al menos en un aspecto, el patrón de Nicola Maiden había dicho la verdad. O eso, o la chica ganaba dinero de alguna forma que había causado su muerte: drogas, chantaje, mercado negro, malversación de fondos. No obstante, pensar en Upman recordó a Lynley otra cosa que había dicho el abogado.

Se acercó a la cómoda y empezó a abrir los cajones, repletos de ropa interior y camisones de seda, bufandas de cachemira y medias de marca por estrenar. Encontró un cajón dedicado en exclusiva al senderismo, con pantalones cortos caqui, jerséis doblados, una pequeña mochila, planos catastrales y una petaca de plata con las iniciales de la joven grabadas.

Los dos cajones de abajo contenían los únicos objetos que no parecían comprados en Knightsbridge, pero estaban tan llenos como los demás. Había sitio para jerséis de lana de todos los estilos y colores, todos con una idéntica etiqueta cosida en la línea del cuello: «Hechos con las manos amorosas de Nancy Maiden.» Lynley acarició una etiqueta con aire pensativo.

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