El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Ahí estará Julian, él se encarga de criar a los perros, pero será mejor que miremos dentro antes. Por aquí.
«Por aquí» les condujo a un patio, uno de los dos, le informó Hanken. Según éste, el rectángulo irregular en que se encontraban era un añadido relativamente moderno a las antiguas cuatro alas del edificio, que abarcaba la fachada oeste de la casa. Relativamente moderno, en la historia de Broughton Manor, por supuesto, significaba que el patio no contaba con trescientos años de antigüedad, y por eso se llamaba el patio nuevo. La mayor parte del patio antiguo databa del siglo xv, con una parte central del siglo xiv que constituía el linde de ambos patios.
Una ojeada indiferente al patio bastaba para revelar la decadencia que Julian Britton intentaba contrarrestar. No obstante, se detectaban indicios de habitabilidad mezclados con los de decrepitud. Un tendedero improvisado del que colgaban incongruentes sábanas rosa se había instalado en una esquina, y se extendía en diagonal entre dos alas de la casa, sujeto a dos ventanas carentes de cristales por mediación de sus bastidores de hierro oxidados. Bolsas de basura de plástico esperaban a ser evacuadas junto a herramientas anticuadas que no parecían haber sido utilizadas desde hacía un siglo. Un reluciente bastón de aluminio yacía cerca de un antiguo reloj de repisa desechado. El presente y el pasado se citaban en cada rincón del patio, como si algo nuevo intentara alzarse entre las ruinas de lo antiguo.
– Hola. ¿Puedo ayudarles? -Era una voz de mujer, que les llamaba desde arriba. Miraron hacia las ventanas, y la mujer rió-. No. Aquí arriba.
Estaba en el tejado, con una curiosa herramienta en la mano. Parecía una mezcla de pala, rastrillo y escoba. La manejaba con sorprendente destreza, hundiéndola en la chimenea más cercana y revolviéndola como si estuviera haciendo mantequilla. Considerando su tarea, tenía la cara muy limpia, pero tanto los brazos como las piernas, desnudos, se veían manchados de hollín.
– Creo que nadie se ha ocupado de limpiarlas desde la guerra -dijo la mujer con voz risueña, en referencia a las chimeneas-. Tampoco tenemos calefacción central; ya pueden imaginar cómo es este lugar en invierno. Bajaré enseguida.
Nubes de polvo y hollín se alzaban de la chimenea mientras trabajaba con la cabeza vuelta para no quedar tiznada. Lynley apenas fue capaz de imaginar el resultado de sus esfuerzos en el hogar de abajo.
– Ya está -dijo la joven. Apoyó la herramienta contra la siguiente chimenea y se dirigió a una escalera apoyada contra el edificio, al otro lado de la hilera de sábanas rosa. Bajó con agilidad y atravesó el patio. Se presentó como Samantha McCallin.
– Me gustaría estrecharles la mano, pero estoy hecha un estropicio. Lo siento.
En un entorno tan proclive a las reflexiones históricas, Lynley vio a la joven tal como la habrían considerado en el pasado: sencilla pero robusta, de estirpe campesina, un espécimen perfecto para parir hijos y trabajar la tierra. En términos modernos, era alta y bien formada, con el físico de una nadadora. Llevaba ropas prácticas, adecuadas a su actividad. Tejanos viejos cortados a la altura del muslo, botas y una camiseta. Una cantimplora colgaba de su cinturón.
Llevaba el cabello castaño oscuro recogido sobre la cabeza en un moño, y mientras lo soltaba les observó con franqueza. Cayó en una sola trenza gruesa hasta su cintura.
– Soy la prima de Julian. Y ustedes, supongo, son policías. E imagino que esta visita es por lo de Nicola Maiden. ¿Correcto?
Su expresión les informó de que no solía equivocarse.
– Nos gustaría hablar con Julian -dijo Hanken.
– Espero que no le crean implicado en esa muerte. -Cogió la cantimplora y bebió un vaso-. Julian adoraba a Nicola. Era el caballero andante de su dama y todas esas monsergas. Ningún peligro era excesivo para él. Cuando ella llamaba, ya se había metido en su armadura antes de que pudieras decir «Ivanhoe». He empleado una metáfora, por supuesto.
Les dedicó una sonrisa. Fue su única equivocación. Insegura, reveló la angustia agazapada bajo su comportamiento desenvuelto.
– ¿Dónde está? -preguntó Lynley.
– Con los perros. Vengan. Les acompañaré.
Su esfuerzo no era necesario. Habrían podido llegar sin problemas guiándose por los ladridos, pero la determinación de la joven de supervisar su entrevista con Julian era lo bastante intrigante como para seguirle la corriente. Y el hecho de que estaba decidida a supervisar la entrevista lo demostraban sus largas y seguras zancadas a través del patio.
Siguieron a Samantha por el sendero plagado de malas hierbas. Sobre él colgaban las ramas sin podar de los limeros, lo cual insinuaba una idea de cómo había sido en otro tiempo el camino que conducía a los establos, con su techumbre de hojas.
Los establos habían sido reconvertidos en perreras, para criar a los lebreles de Julian Britton. Había numerosos perros en una serie de compartimientos de forma curiosa, y todos se pusieron a ladrar cuando Hanken y Lynley se acercaron con Samantha McCallin.
– A callar -gritó Samantha-. Tú, Cass, ¿por qué no estás con los cachorros?
En respuesta, el perro al que había hablado, que se paseaba nerviosamente, corrió hasta el edificio y desapareció por una puerta del tamaño de un perro practicada en la pared de piedra caliza.
– Así es mejor -comentó Samantha-. Parió hace unas noches -explicó-. Siempre protege a los cachorros. Supongo que Julie estará con ellos. Es ahí dentro.
Las perreras, explicó mientras abría la puerta, consistían en compartimientos exteriores e interiores, dos salas de parto y una docena de casetas para los cachorros.
En contraste con la mansión, las perreras se veían limpias y modernas. Fuera, habían barrido los compartimientos y los cuencos de agua brillaban. Dentro, los detectives comprobaron que habían encalado las paredes, las luces eran brillantes, el suelo de piedra relucía y sonaba música. Brahms. Las gruesas paredes del edificio aislaban del alboroto que los perros montaban en el exterior. Como también intensificaban la humedad y el frío, habían instalado calefacción central.
Lynley miró a Hanken mientras Samantha les guiaba hacia una puerta cerrada. Era evidente que Hanken estaba pensando lo mismo: los perros vivían mejor que los humanos.
Julian Britton estaba en una habitación identificada como sala de cachorros i. Samantha llamó dos veces, con suavidad, y anunció:
– La policía quiere hablar contigo. ¿Podemos entrar?
– Sin hacer ruido -dijo una voz masculina-. Cass está nerviosa.
– La vimos fuera. -Se volvió hacia Hanken y Lynley-. No sean bruscos, por favor. Con la perra.
Cass gruñó cuando entraron en la habitación. Estaba en un compartimiento en forma de L que daba al compartimiento exterior por mediación de una puerta practicada en la pared. Al fondo, una caja contenía su nueva carnada de cachorrillos. Cuatro lámparas caloríficas la iluminaban. La caja estaba aislada, forrada con piel de oveja y alfombrada con una gruesa capa de periódicos.
Julian Britton sostenía un cachorrillo en la mano izquierda, con el índice derecho en la diminuta boca del animal. El animal chupaba ávidamente, con los ojos cerrados. Al cabo de un momento, Julian devolvió el perro a su cuna y apuntó algo en una libreta de anillas.
– Tranquila, Cass -calmó a la perra. El animal siguió vigilante, y se limitó a sustituir los ladridos por tenues gruñidos.
– Todas las madres deberían preocuparse igual por sus crías.
Era imposible saber a quién se refería Samantha: a la perra o a Julian Britton.
Mientras Cass se acomodaba en la cuna de periódicos, Julian la observó. No dijo nada hasta que el cachorro al que estaba examinando se arrimó a una de las tetas. Después murmuró algo a los perros, mientras el resto de la carnada se disponía a mamar.