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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– ¿Caballeros? -preguntó el abogado.

Hanken y Lynley rehusaron el ofrecimiento, y la señora Snodgrass volvió a su mesa. Upman sonrió a los detectives cuando tomaron asiento. Él siguió de pie. Lynley reparó en el detalle. En el delicado juego de poder y confrontación, el abogado se había apuntado el primer tanto. Y había realizado la maniobra con notable delicadeza.

– ¿Qué sintió cuando Nicola encontró empleo en Derbyshire? -preguntó a Upman.

El abogado le miró con afabilidad.

– Creo que nada en absoluto.

– ¿Está casado?

– Nunca lo he estado. Mi profesión suele disuadir del matrimonio. Me dedico a los divorcios, lo cual contribuye a destruir los ideales románticos al cabo de poco tiempo.

– ¿Tal vez por eso Nicola rechazó la propuesta de matrimonio de Julian Britton? -preguntó Lynley.

Upman aparentó sorpresa.

– No sabía nada al respecto.

– ¿Ella no se lo dijo?

– Trabajaba para mí, inspector, pero yo no era su confesor.

– ¿Era algo más de ella? -intervino Hanken, molesto por el tono de la última respuesta de Upman-. Aparte de patrón, claro está.

Upman cogió de su escritorio un violín del tamaño de una mano que, al parecer, hacía las veces de pisapapeles. Pasó los dedos por sus cuerdas y las pulsó, como si las estuviera afinando.

– Supongo que me está preguntando si manteníamos una relación personal.

– Cuando un hombre y una mujer trabajan juntos en un lugar pequeño a diario -aclaró Hanken-, esas cosas pasan.

– A mí no me pasan.

– ¿De lo cual debo deducir que no estaba liado con la Maiden?

– Exacto. -Upman dejó el violín en su sitio y cogió un bote de lápices. Empezó a sacar los que tenían la punta gastada y los alineó al lado de su muslo, que continuaba apoyado contra el escritorio-. A Andy Maiden le hubiera gustado que Nicola y yo hubiéramos mantenido relaciones. Lo insinuó en más de una ocasión, y siempre que iba al hostal a cenar y Nicola estaba en casa, intentaba juntarnos. Me di cuenta de sus intenciones, pero no le seguí la corriente.

– ¿Por qué no? -preguntó Hanken-. ¿No le gustaba la chica?

– No era mi tipo.

– ¿De qué tipo era ella? -preguntó Lynley.

– No lo sé. Oiga, ¿qué más da? Estoy… Bien, estoy un poco liado con alguien.

– ¿Un poco?

– Tenemos un acuerdo. O sea, salimos. Yo me encargué de su divorcio hace dos años y… De todos modos, ¿qué importa?

Parecía turbado. Lynley se preguntó por qué. Por lo visto, Hanken también se dio cuenta, y empezó a profundizar.

– No obstante, usted la consideraba atractiva.

– Por supuesto. No soy ciego. Era atractiva.

– ¿Y su divorciada conocía su existencia?

– No es mi divorciada. No es nada mío. Salimos juntos, nada más. Y Joyce no tenía por qué saber nada…

– ¿Joyce? -preguntó Lynley.

– Su divorciada -aclaró Hanken.

– Y Joyce no tenía que saber nada -insistió Upman- porque no había nada entre nosotros, entre Nicola y yo. Considerar atractiva a una mujer y entramparse en algo que no puede ir a ningún sitio son dos cosas muy diferentes.

– ¿Por qué no podía ir a ningún sitio? -preguntó Lynley.

– Porque cada uno tenía su propia relación. Por lo tanto, aunque hubiera pensado en probar suerte, cosa que no hice, por cierto, habría sido frustrante.

– Pero rechazó la propuesta de Julian -intervino Hanken-. Eso sugiere que no estaba tan enrollada con él como usted suponía, que tal vez se había fijado en otro.

– En ese caso no era yo. Y en cuanto al pobre Britton, apuesto a que le rechazó porque sus ingresos no le convenían. Yo diría que le había echado el ojo a alguien de Londres con una cuenta corriente sustanciosa.

– ¿Qué le dio esa impresión? -preguntó Lynley.

Upman reflexionó, pero parecía aliviado de haber desviado la atención hacia otro posible amante de la joven.

– Llevaba un busca que se disparaba de vez en cuando -dijo por fin-, y en una ocasión me preguntó si podía llamar a Londres para dar el teléfono de aquí a alguien. Y ya lo creo que llamaba. Una y otra vez.

– ¿Por qué llegó a la conclusión de que ese alguien tenía dinero? -preguntó Lynley-. Incluso alguien que vaya corto de ingresos puede permitirse unas cuantas llamadas de larga distancia.

– Lo sé, pero Nicola tenía gustos caros. No podía haber comprado la ropa que se ponía cada día con el dinero que yo le pagaba, créame. Le apuesto veinte libras a que, si examina sus ropas, descubrirá que procedían de Knightsbridge, donde algún capullo está pagando montones de facturas de una cuenta que ella utilizaba a su antojo. Y ese capullo no soy yo.

Muy hábil, pensó Lynley. Upman había ensamblado todas las piezas con una destreza de la que su profesión se habría enorgullecido. Pero había algo calculado en la presentación de los hechos que puso en guardia a Lynley. Era como si hubiera sabido de antemano lo que iban a preguntarle y hubiera preparado sus respuestas, como cualquier buen abogado. A juzgar por su expresión de leve desagrado, Hanken había llegado a la misma conclusión sobre el abogado.

– ¿Estamos hablando de una relación que mantenía? -preguntó Hanken-. ¿Se trata de un hombre casado que se esfuerza en tener contenta a su amante?

– No tengo ni idea. Solo puedo decir que mantenía relaciones con alguien, y creo que ese alguien vive en Londres.

– ¿Cuándo fue la última vez que la vio viva?

– El viernes por la noche. Fuimos a cenar.

– Pero usted no mantenía relaciones con ella -comentó Hanken.

– La llevé a cenar como despedida, lo cual es habitual entre patrones y empleados en nuestra sociedad, si no me equivoco. ¿Por qué? ¿Eso me hace sospechoso? Si hubiera querido matarla, por el motivo que quieran imaginar, ¿para qué hubiera esperado desde el viernes hasta el martes por la noche para hacerlo?

Hanken saltó como un ave de presa.

– Ah. Por lo visto, sabe cuándo murió.

Upman no se inmutó.

– Hablé con alguien del hostal, inspector.

– Eso dijo. -Hanken se puso en pie-. Gracias por su ayuda. Si puede darnos el nombre del restaurante del viernes por la noche, nos marcharemos.

– El Chequers Inn -dijo Upman-. En Calver. Pero ¿para qué lo necesita? ¿Estoy bajo sospecha? Porque en ese caso insisto en…

– En este punto de la investigación no hacen falta escenitas -dijo Hanken.

Tampoco hacía falta, pensó Lynley, poner al abogado más a la defensiva.

– Toda persona que haya conocido a la víctima de un asesinato es sospechoso al principio, señor Upman -intervino Lynley-. El inspector Hanken y yo nos encontramos en la fase de eliminar posibilidades. Incluso como abogado, imagino que usted animaría a un cliente a cooperar si quisiera que se le borrase de la lista.

La explicación no fue del agrado de Upman, pero tampoco insistió.

Lynley y Hanken salieron a la calle.

– Menuda serpiente -dijo Hanken mientras caminaban hacia el coche-. Qué escurridizo montón de mierda. ¿Te has tragado su historia?

– ¿Qué parte?

– Toda. Me da igual.

– Como abogado, por supuesto, todo lo que dijo fue sospechoso.

Hanken sonrió con reticencia.

– Pero nos proporcionó una información útil. Me gustaría hablar con los Maiden otra vez y ver si puedo sonsacarles algo que corrobore las sospechas de Upman, en el sentido de que Nicola estaba saliendo con alguien de Londres. Si aparece otro amante, hay otro móvil.

– Para Britton -admitió Hanken. Señaló la oficina de Upman-. ¿Qué opinas de él? ¿Piensas incluirle en la lista de sospechosos?

– Le investigaremos, por supuesto.

Hanken asintió.

– Creo que empiezas a caerme bien -dijo.

Cilla Thompson estaba en el estudio cuando Barbara Havers lo localizó, a tres arcos de distancia del callejón sin salida de Portslade Road. Tenía dos grandes puertas y estaba enfrascada en lo que parecía una furia creativa, atacando un lienzo con pintura mientras sonaba algo similar a tambores africanos de un CD cubierto de polvo. El volumen estaba alto. Barbara notó las vibraciones en la piel y el esternón.

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