Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El Peso De La Culpa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 159
Перейти на страницу:

– ¿Cilla Thompson? -llamó, al tiempo que extraía la placa del bolso-. ¿Podríamos hablar un momento?

Cilla encajó el pincel entre los dientes y pulsó un botón del CD silenciando los tambores.

– Cyn Cole me lo ha contado -dijo, y continuó manchando el lienzo con pintura.

Barbara echó un vistazo al cuadro. Era una boca abierta, de la cual surgía una mujer de aspecto maternal con una tetera decorada con serpientes. Encantador, pensó. No cabía duda de que el genio de Cilla estaba llenando un hueco en el mundo del arte.

– ¿La hermana de Terry le dijo que había sido asesinado?

– Su madre la llamó en cuanto identificó el cadáver. Cyn me telefoneó. Pensé que algo estaba pasando cuando llamó anoche. No tenía la voz de siempre, ya sabe a qué me refiero, pero jamás se me habría ocurrido… Quiero decir, ¿quién habría querido cargarse a Terry? Era un gilipollas inofensivo. Un poco demente, considerando su obra, pero inofensivo.

Lo dijo sin inmutarse, como si estuviera rodeada de lienzos pintados por Rubens en lugar de enormes bocas que vomitaban de todo, desde capas de aceite hasta atascos en la autopista. Por lo que Barbara pudo ver, la obra de sus colegas no era mucho mejor. Los demás artistas eran escultores, como Terry. Uno de ellos utilizaba cubos de basura aplastados, el otro se decantaba por carritos de supermercado oxidados.

– Sí, vale -dijo Barbara-. Pero supongamos que todo es cuestión de gustos.

Cilla puso los ojos en blanco.

– No para alguien educado en el arte.

– ¿Terry no lo estaba?

– Terry era un farsante. No estaba educado en nada, excepto en mentir. Y era un experto en eso.

– Su madre dijo que estaba trabajando en un gran proyecto. ¿Puede hablarme de eso?

– Para Paul McCartney, no me cabe la menor duda -fue la seca respuesta de Cilla-. Según el día de la semana en que conseguía hablar con él, Terry estaba trabajando en un proyecto que le reportaría millones, a punto de demandar a Pete Townsend [6] por no contar al mundo que era su hijo bastardo, me refiero a Terry, por supuesto, dispuesto a vender a la prensa amarilla documentos secretos que habían caído en sus manos por casualidad, o comiendo con el director de la Real Academia. O inaugurando una galería de diseño donde vendería sus esculturas a veinte mil la pieza.

– ¿Quiere decir que no existía tal proyecto?

– Es lo más seguro. -Cilla retrocedió unos pasos para estudiar el lienzo. Aplicó un poco de rojo al labio inferior de la boca, seguido de un toque blanco-. Bien -añadió, tal vez en referencia al efecto que había logrado.

– No parece muy afectada por la muerte de Terry -observó Barbara-. Teniendo en cuenta que acaba de enterarse, quiero decir.

Cilla captó la crítica implícita. Cogió otro pincel y lo mojó en el púrpura de su paleta.

– Terry y yo compartíamos un piso -dijo-. Compartíamos este estudio. A veces comíamos juntos o íbamos al pub. Pero no éramos una pareja. Dos personas que compartían gastos para no tener que trabajar donde vivían.

Considerando el tamaño de las esculturas de Terry y la naturaleza de las pinturas de Cilla, el acuerdo no carecía de lógica. Pero también recordó a Barbara el comentario de la señora Baden.

– ¿Qué pensaba su novio de este acuerdo?

– Ya veo que ha estado hablando con Cara de Pasa. Ha estado esperando que Dan se las tuviera con alguien desde el momento en que le vio. Es eso de juzgar a un tío por su apariencia. -¿Y?

– ¿Y qué?

– ¿Se las tuvo con alguien? Con Terry, por ejemplo. No es una situación normal que tu novia viva con otro tío.

– Como ya he dicho, no es, no era que viviéramos juntos. No nos veíamos casi nunca. Ni siquiera salíamos con el mismo grupo de gente. Terry tenía sus amigos y yo los míos.

– ¿Conocía a sus amigos?

La pintura púrpura acabó en el pelo de la mujer que sostenía la tetera. La aplicó en una gruesa línea con la palma de la mano, que después se secó en el mono. El efecto era desconcertante. Parecía que mamá tuviera agujeros en la cabeza. Cilla mojó el pincel en gris y atacó la nariz de mamá. Barbara se movió a un lado para no ver el resultado.

– No los traía por aquí -continuó Cilla-. Casi siempre hablaba por teléfono, sobre todo con mujeres. Ellas le telefoneaban. No era al revés.

– ¿Tenía novia? Una chica en especial, me refiero.

– No se dedicaba a las tías. Al menos, que yo sepa.

– ¿Marica?

– Asexual. No hacía nada. Excepto masturbarse. Y ni siquiera eso lo tengo claro.

– ¿Su mundo era su arte?

Cilla suspiró.

– Se podría decir así. -Retrocedió y examinó el lienzo-. Sí -dijo, y se volvió hacia Barbara-. Voilà. Esto sí que habla de algo concreto, ¿verdad?

La nariz de mamá excretaba una sustancia repugnante. Barbara decidió que Cilla nunca había sido más sincera con respecto a su pintura. Murmuró unas palabras de asentimiento. Cilla llevó su obra maestra a un saliente, sobre el cual descansaban varias pinturas. De entre ellas seleccionó un lienzo inacabado que plasmaba un labio inferior atravesado por un gancho, y lo llevó hasta el caballete para continuar su trabajo.

– ¿Puedo deducir que Terry no vendía mucho? -preguntó Barbara.

– No vendía una mierda -dijo Cilla, risueña-. Pero es que nunca se entregaba del todo. Y si no te entregas a tu arte, tu arte no te devolverá nada. Yo me vierto en mis lienzos, y mis lienzos me recompensan.

– Satisfacción artística -dijo Barbara con solemnidad.

– Eh, yo vendo. Un auténtico caballero me compró un cuadro no hace ni dos días. Entró, echó un vistazo, dijo que debía poseer un Cilla Thompson cuanto antes y sacó el talonario.

Fantástico, pensó Barbara. Menuda imaginación tenía la tía.

– Entonces, si nunca vendía una escultura, ¿de dónde sacaba la pasta para pagar todo? El piso, este estudio… -Por no mencionar las herramientas de jardinería que parecía haber comprado al por mayor, pensó.

– Decía que el dinero se lo sacaba a su padre. Tenía un montón, ¿sabe usted?

– ¿Se lo sacaba? -Un dato interesante-. ¿Estaba chantajeando a alguien?

– Claro -dijo Cilla-. A su padre. A Pete Townsend, como ya le he dicho. Mientras el viejo Pete fuera soltando la pasta, Terry no iría a los diarios lloriqueando «Papá está forrado y yo en la ruina». Ja. Como si Terry Cole albergara alguna esperanza de convencer a los demás de que no era lo que todo el mundo sabía: un farsante con ganas de vivir del cuento.

No se alejaba mucho de la descripción que la señora Baden había ofrecido de Terry Cole, aunque expresada con menos afecto y compasión. Pero si Terry Cole había sido un farsante, ¿cuál había sido el objetivo? ¿Y quién había sido su víctima?

Tenía que haber pruebas de algo en alguna parte. Y daba la impresión de que solo un lugar albergaba dichas pruebas. Necesitaba echar un vistazo al piso, explicó Barbara. ¿Cilla querría colaborar?

Sí, dijo Cilla. Estaría en casa a las cinco, si Barbara quería pasarse. Pero tenía que meterse en la cabeza que ella no había intervenido en los manejos de Terry Cole.

– Soy una artista. Siempre y en todo momento -proclamó la joven. Concentró su atención en el labio perforado.

– Ya me he dado cuenta – la tranquilizó Barbara.

En la comisaría de Buxton, Lynley y Hanken se separaron en cuanto el inspector de Buxton consiguió un coche para su colega de Scotland Yard. Hanken pensaba ir a Calver, decidido a comprobar si había tenido lugar la supuesta cena de Will Upman con Nicola Maiden. Por su parte, Lynley se dirigió a Padley Gorge.

вернуться

[6] Líder de los Who, grupo pop de los años sesenta. (N. del T.)

1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 159
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)