El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Barbara se aferró a la última palabra.
– ¿Está hablando de la galería que quería abrir?
– ¿La galería? No. Estoy hablando de prestigio -contestó la señora Baden -. Él quería ser alguien, querida. Más que dinero y lujos, deseaba la sensación de tener un lugar en el mundo. Pero eso hay que ganárselo, ¿verdad? -Dejó el tenedor junto al plato y enlazó las manos sobre el regazo-. Me parece terrible decir esas cosas de él. Fue muy bueno conmigo. Me regaló tres pinzones nuevos por mi cumpleaños. Y esta misma semana, partituras nuevas para piano… También flores el día de la Madre. Un chico muy considerado y generoso. Siempre dispuesto a ayudar. Contaba con él cuando necesitaba a alguien que apretara un tornillo o cambiara una bombilla…
– Ya -dijo Barbara.
– Lo que quiero decirle es que tenía esa otra faceta, la ansiedad. Yo supongo que la habría superado cuando hubiera aprendido más de la vida, ¿no cree?
– Sin duda -dijo Barbara.
A menos que, por supuesto, su ansia de prestigio estuviera directamente relacionada con su muerte en el páramo.
Tras marchar de Broughton Manor, Lynley y Hanken se detuvieron en Bakewell para una comida rápida en un pub cercano al centro del pueblo. Mientras comían patatas rellenas (Hanken) y estofado de cordero (Lynley), analizaron los datos de que disponían. Hanken había traído un plano del distrito de los Picos, que utilizó para subrayar su principal deducción.
– Buscamos a un asesino que conoce la zona -dijo, e indicó el plano con su tenedor-. Y no me digas que un presidiario recién salido de Dartmoor siguió un cursillo acelerado de montañismo para matar a la hija de Andy Maiden con el fin de vengarse de él. Eso no cuela.
Lynley estudió el plano. Numerosos senderos serpenteaban a través del distrito, sembrado de puntos de interés. Parecía un paraíso para el excursionista o el campista, pero tan vasto que el caminante descuidado o poco preparado podía perderse con facilidad. También observó que Broughton Manor poseía suficiente importancia histórica para ser indicado como punto de interés, al sur de Bakewell, y que el terreno de la mansión desembocaba en un bosque que, a su vez, daba paso a un páramo. Una serie de senderos atravesaban tanto el bosque como el páramo.
– La familia de Julian Britton lleva aquí cientos de años -dijo Lynley-. Supongo que conoce la zona.
– Igual que Andy Maiden -replicó Hanken-. Y tiene pinta de haberse recorrido el terreno de cabo a rabo. No me extrañaría averiguar que su hija heredó de él la propensión a ir de excursión. Y él encontró ese coche. Toda la noche peinando el jodido Pico Blanco, y consiguió encontrar el puto coche.
– ¿Dónde estaba, exactamente?
Hanken utilizó su tenedor de nuevo. Entre la aldea de Sparrowpit y Winnat's Pass corría una carretera que formaba la frontera noroeste de Calder Moor. A escasa distancia de la pista que conducía en dirección sudeste a Perryfoot, había encontrado el coche detrás de un muro de piedra.
– De acuerdo. Ya veo que encontrar el coche fue un golpe de suerte…
Hanken resopló.
– Exacto.
– Pero los golpes de suerte abundan, y él conocía los lugares favoritos de su hija.
– Ya lo creo. Los conocía lo suficiente para seguirla, abrirle la cabeza y volver a casa sin que nadie se enterara.
– ¿Con qué motivo, Peter? No puedes acusar a ese hombre solo porque ocultó información a su mujer. Eso tampoco cuela. Y si es el asesino, ¿quién es su cómplice?
– Volvamos a esos presidiarios de sus años en el SO10 -dijo Hanken-. ¿Qué recluso recién salido de Newgate se negaría a ganar unas libras, sobre todo si era Maiden quien hacía la oferta y le acompañaba en persona al lugar? -Pinchó un bocado de patatas y gambas y se lo metió en la boca-. Pudo suceder así.
– No, a menos que Andy Maiden sufriera una transformación de su personalidad cuando se mudó aquí. Era uno de los mejores, Peter.
– No te dejes encandilar. Puede que te haya hecho venir por una muy buena razón.
– Eso me ofendería mucho.
– Me gustaría -sonrió Hanken-. Tengo debilidad por ver a un señorito perder los papeles. Te lo advierto, no pienses demasiado bien de ese tío. Es peligroso.
– Tan peligroso como pensar demasiado mal de él. En cualquier caso, los extremos se tocan.
– Touché -dijo Hanken.
– Julian tiene un motivo, Peter.
– ¿Una decepción amorosa?
– Tal vez algo más fuerte. Tal vez una pasión básica. Celos, por ejemplo. ¿Quién es ese Upman?
– Te lo presentaré.
Terminaron la comida y volvieron al coche. Se dirigieron hacia el noroeste. Ascendieron y atravesaron la frontera de Taddington Moor.
Al llegar a Buxton enfilaron High Street y encontraron aparcamiento detrás del ayuntamiento. Era un impresionante edificio del siglo xix que dominaba Las Pendientes, una serie de senderos ascendentes protegidos por la sombra de los árboles, donde los que iban a Buxton a tomar las aguas se ejercitaban por las tardes.
El despacho del abogado estaba en la misma High Street. Situado sobre una agencia de bienes raíces y una galería de arte que exhibía acuarelas de los Picos, se accedía a él mediante una sola puerta, con los nombres Upman, Smith & Sinclair impresos en el cristal opaco.
En cuanto Hanken envió su tarjeta al despacho de Upman, transportada por una anciana secretaria, vestida con el dos piezas de tweed típico de las secretarias, el hombre salió a recibirles y les invitó a entrar en sus dominios. Se había enterado de la muerte de Nicola Maiden, les dijo con semblante grave. Había telefoneado al hostal para preguntar dónde debía enviar la nómina de Nicola, y una de las empleadas le había dado la noticia. La semana pasada había sido la última que había trabajado en su oficina.
El abogado parecía complacido de colaborar con la policía. Calificó la muerte de Nicola de «lamentable tragedia para todos los concernidos. Se abría ante ella un gran futuro en el campo de la abogacía, y me sentía más que satisfecho con su trabajo de este verano».
Lynley estudió al hombre, mientras Hanken espigaba datos sobre la relación del abogado con la joven muerta. Upman parecía un presentador de noticias de la BBC: imagen perfecta, insufriblemente pulcro. Su cabello castaño estaba encaneciendo en las sienes, lo cual le confería un aspecto de honradez que sin duda le ayudaba en la profesión. Su voz, profunda y sonora, intensificaba esta sensación general de integridad. Debía de tener unos cuarenta años, pero sus modales desenvueltos y su aire cordial sugerían juventud.
Respondió a las preguntas de Hanken sin el menor indicio de que le resultaran incómodas. Conocía a Nicola Maiden desde que ella y su familia se habían mudado al distrito de los Picos, hacía nueve años. Cuando sus padres habían adquirido el antiguo Padley Gorge Lodge, ahora Maiden Hall, se habían puesto en contacto con el socio de Upman que se encargaba de compras de bienes raíces. Will Upman había conocido a los Maiden y a su hija por mediación de él.
– Nos han dado a entender que el señor Maiden dio los pasos necesarios para que Nicola trabajara para usted este verano -dijo Hanken.
Upman lo confirmó.
– No era ningún secreto que Andy esperaba que Nicola ejerciera en Derbyshire cuando hubiera terminado sus estudios -añadió. Apoyado en su escritorio mientras hablaba, no había invitado a sentarse a los detectives. Al parecer, cayó en la cuenta, porque se apresuró a decir-: He olvidado mis buenos modales. Les ruego me disculpen. Siéntense, por favor. ¿Puedo ofrecerles un café? ¿Té? Señorita Snodgrass -añadió en dirección a la puerta abierta.
La secretaria volvió a aparecer en el umbral. Se había calado unas gafas de montura grande, que le daban la apariencia de un insecto tímido.
– ¿Sí, señor Upman? -Esperó a recibir instrucciones.