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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– ¿Cómo van? -preguntó Samantha a su primo.

Cada cachorro llevaba un collar de identificación, y Julian indicó el animal del collar amarillo.

– Yo diría que es nuestro líder. Ha capeado bien la tensión, y ha engordado casi una libra. Buena presión cuando mama, de modo que posee la capacidad de aprendizaje que nos interesa. Los demás cumplen los requisitos de peso, alimentación y sueño. Es una camada decente. Cass se ha portado bien. -La perra reconoció su nombre y ladeó la cabeza. Julian sonrió-. Buena perra, Cassie.

Se reunió con los demás fuera del compartimiento.

Lynley y Hanken se presentaron y mostraron sus placas. Julian las examinó, lo cual les concedió tiempo para examinarle a su vez. Era un hombre grande, corpulento sin ser gordo. Su frente exhibía el tipo de pecas irregulares propias de la vida al aire libre, así como precursoras del cáncer de piel, y una mancha adicional de pecas sobre la mejilla le daba el aspecto de un bandido de pelo color jengibre. Sin embargo, combinadas con la palidez anormal de su piel, las pecas intensificaban una apariencia enfermiza.

Después de haber inspeccionado las identificaciones de los detectives, sacó un pañuelo azul del bolsillo del pantalón y se secó la cara, aunque no parecía sudar.

– Haré lo que pueda por ayudarles -dijo-. Estaba con Andy y Nan cuando recibieron la noticia. Tenía una cita con Nicola aquella noche. Cuando no apareció en el hostal, telefoneamos a la policía.

– Julian salió a buscarla solo -añadió Samantha-. La policía se negó a intervenir.

Aquella crítica oblicua no pareció agradar a Hanken. Dirigió una mirada severa a la joven y preguntó si podían conversar en un sitio donde la perra no les gruñera. Se estaba refiriendo al animal, por supuesto, pero Samantha no pasó por alto el doble sentido. Miró a Hanken con los ojos entornados y apretó los labios.

Julian les guió hasta los compartimientos de los cachorrillos, en otra sección del edificio, donde los cachorros mayores se dedicaban a jugar. Los compartimientos habían sido diseñados con inteligencia para mantenerles estimulados y entretenidos, con cajas de cartón para destrozar, complicados laberintos de diversos niveles para vagabundear, juguetes y golosinas escondidas. El perro, les informó Julian Britton, era un animal inteligente. Esperar que un animal inteligente desarrollara sus aptitudes en un compartimiento de cemento desprovisto de distracciones no solo era estúpido, sino también cruel. Hablaría con los detectives mientras trabajaba, anunció. Confiaba en que no les importaría.

Caramba con el apenado novio, pensó Lynley.

– Ningún problema -dijo Hanken.

Julian pareció adivinar los pensamientos de Lynley.

– En este momento el trabajo es un consuelo -dijo-. Espero que lo comprenda.

– ¿Necesitas ayuda, Julie? -preguntó Samantha.

– Gracias. Puedes darles galletas, Samantha. Voy a montar de nuevo el laberinto.

Entró en el compartimiento, con movimientos seguros y decididos. Samantha fue a buscar la comida.

Aquella intrusión humana en sus dominios deleitó a los cachorros. Dejaron de jugar y rodearon a Julian, ansiosos de una nueva distracción. Les habló en murmullos, palmeó sus cabezas y tiró cuatro pelotas y varios huesos de goma al fondo del compartimiento. Cuando los perros se lanzaron tras ellos, se puso a trabajar en el laberinto, que desmontó gracias a una serie de ranuras en la madera.

– Nos han dado a entender que usted y Nicola Maiden se habían prometido en matrimonio -dijo Hanken-. También nos han dicho que sucedió hace poco.

– Nuestro más sentido pésame -añadió Lynley-. Ya imagino que no tendrá ganas de hablar de ello, pero tal vez pueda decirnos algo que ayude a nuestra investigación.

Julian dedicó su atención a los lados del laberinto, que encajó con cuidado mientras hablaba.

– Engañé a Andy y Nan. En aquel momento fue más fácil que dar explicaciones. No paraban de preguntar si nos habíamos peleado. Todo el mundo lo preguntó cuando ella no apareció.

– ¿Les engañó? Entonces ¿no se habían prometido?

Julian desvió la mirada hacia la dirección que Samantha había tomado para ir en busca de las galletas para perros.

– No -dijo en voz baja-. Yo se lo pedí. Ella me rechazó.

– ¿Los sentimientos no eran mutuos? -preguntó Hanken.

– Supongo que no, si se negó a casarse conmigo.

Samantha regresó, arrastrando un saco de arpillera, con los bolsillos abultados de galletas para los cachorros.

– Espera, Julie -dijo cuando entró en el compartimiento-. Déjame ayudarte.

– No hace falta.

– No seas tonto. Soy más fuerte que tú.

Julian parecía incómodo.

– ¿Cuándo tuvo lugar esa proposición de matrimonio exactamente? -preguntó Lynley.

Samantha se volvió un instante hacia su primo. Giró de nuevo con igual celeridad y empezó a esconder galletas en el compartimiento.

– El lunes por la noche -contestó Julian-. La noche antes de… de que Nicola fuera de acampada al páramo. -Reanudó con brusquedad su trabajo. No miró a los detectives-. Sé lo que parece. No soy tan idiota para no saberlo. Yo me declaro, ella me rechaza y luego muere. Sí, sé exactamente lo que parece. Pero yo no la maté. -Con la cabeza gacha, abrió los ojos de par en par, como si de esa manera pudiera contener las lágrimas-. Yo la quería -dijo-. La quise durante años.

Samantha se quedó petrificada al fondo del compartimiento, mientras los cachorros brincaban a su alrededor. Dio la impresión de que deseaba socorrer a su primo, pero no se movió.

– ¿Sabía usted dónde estaba esa noche? -preguntó Hanken-. ¿La noche en que murió?

– Aquella mañana, la mañana que se fue, la llamé por teléfono y nos citamos el miércoles por la noche. Pero no me dijo nada más.

– ¿No le dijo que se iba de excursión?

– Ni siquiera me dijo que se iba.

– Recibió otras llamadas antes de marcharse -dijo Lynley-. Una mujer telefoneó. Tal vez dos mujeres. También telefoneó un hombre. Nadie dijo su nombre a la madre de Nicola. ¿Tiene idea de quién querría hablar con ella?

– Ninguna en absoluto. -Julian no manifestó la menor reacción al saber que había llamado un hombre-. Podría haber sido cualquiera.

– Era muy popular -dijo Samantha desde el fondo del compartimiento-. Siempre estaba rodeada de gente aquí, de modo que debía de tener docenas de amigos de la universidad. Supongo que no paraba de recibir llamadas cuando no estaba en la facultad.

– ¿La facultad? -preguntó Hanken.

Nicola acababa de terminar un cursillo de convalidación en la facultad de derecho, explicó Julian.

– En Londres -añadió, cuando preguntaron dónde estudiaba-. Durante el verano vino a trabajar para un tipo llamado Will Upman. Tiene un bufete de abogados en Buxton. Su padre se lo consiguió porque Upman es cliente habitual del hostal. Y porque, supongo, confiaba en que ella trabajara para Upman en Derbyshire cuando terminara el cursillo.

– ¿Eso era importante para sus padres? -preguntó Hanken.

– Era importante para todo el mundo -contestó Julian.

Lynley se preguntó si «todo el mundo» incluía a la prima de Julian. La miró. Estaba muy ocupada escondiendo galletas para que los cachorros las buscaran. Formuló la siguiente pregunta obvia. ¿Cómo se había separado Julian de Nicola la noche en que le propuso matrimonio? ¿Irritado? ¿Amargado? ¿Desconcertado? ¿Esperanzado? Era muy duro, dijo Lynley, pedir a una mujer que se casara contigo y ser rechazado. Sería comprensible que dicho rechazo condujera a un estallido pasional inesperado.

Samantha se levantó.

– ¿Es su inteligente manera de preguntar si la mató?

– Samantha -le advirtió Julian-. Estaba decepcionado, por supuesto. Estaba triste. ¿Quién no?

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