En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
Una mujer estaba sentada en mitad de aquel ambiente espectacular, de espaldas a ellos ante un torno de hilar. Al oír su entrada, no reaccionó hasta que el hombre habló.
– Mi señora Béatrice, os he traído a vuestro hijo.
Entonces la mujer se volvió hacia ellos, con una expresión aterradoramente inexpresiva, pero al ver al niño su rostro se iluminó de alegría. Era una mujer hermosa, de rasgos delicados y cincelados como los de una estatua romana, y piel pálida y suave. Su cabello dorado estaba recogido en trenzas y ensortijado en las orejas, y sus ojos eran de un verde profundo. Llevaba una camisa de lana color crema bajo un vestido de seda lavanda.
Se levantó sin decir palabra, se arrodilló y abrió los brazos. El niño se debatió contra el pecho de su padre, con el deseo de correr hacia ella, pero su padre le contuvo y el criado se interpuso entre la mujer y su hijo.
– Ya conoces la norma, Luc -dijo su padre-. Has de estar a mi lado en todo momento. ¿Comprendido?
– Lo prometo, papá -contestó el niño con voz aguda.
Su padre le depositó en el suelo, pero apoyó una manaza en su hombro, como dispuesto a retenerle.
Mamá ladeó la cabeza, de una forma siniestra y sinuosa, y miró a su marido con ojos entornados iluminados por algo salvaje, depredador. Luc pensó que brillaban como los ojos de un gato en la oscuridad.
Al mismo tiempo, papá habló con forzada alegría.
– Luc, ¿por qué no cantas lo que el tío Edouard te enseñó esta semana?
La señora Béatrice bajó los brazos poco a poco, con tal desdicha en sus hermosas facciones que Luc quiso llorar. Al instante cantó la canción indicada, una melodía triste de las Cruzadas, de un pobre peregrino que se adentra en una tierra hostil, tal vez para no regresar jamás.
Chanterai por mon coraige
Que je vuil reconforter
Ne quier morir n'afoler
Quant de la terre sauvage
Ne voi mais nul retorner.
Mientras cantaba con excelente voz, vio que su expresión se hacía más melancólica y agitada. Por fin, para su horror, mamá empezó a llorar y se precipitó hacia él.
Al punto, papá levantó al niño, lejos del alcance de la mujer.
– Ya basta. Tu madre necesita descansar.
Y salió a toda prisa de la habitación, mientras el criado impedía que mamá la siguiera. En cuanto el sirviente escapó, cerró la puerta con el pestillo, pero Luc oyó que la mujer gritaba su nombre con voz plañidera:
– ¡Luc, mi Luc…!
No pronunció ni una palabra más, pero mientras su padre atravesaba con él la cámara de la dama de compañía y salía al pasillo, su voz se convirtió en un aullido feroz.
– ¡Luc…!
Y Luc lloró porque no entendía por qué la vida no podía ser más amable y sencilla, por qué su madre vivía separada de ellos, por qué no podía correr hacia ella cuando le sonreía y abría los brazos. Lloró y hundió la cara en el cuello de su padre, mientras salían a una antesala (con el hogar encendido para calentar el pasillo) que comunicaba la cámara del señor con la de la señora. Su desdicha se acrecentó cuando comprendió que su padre estaba preocupado por algo más que su atormentada esposa. La aflicción flotaba en el aire como humo, y el niño, más sensible que cualquier adulto, leía ojos y caras, manos y cuerpos, oía todas las palabras no verbalizadas.
Aunque nadie hablaba a Luc de ello, sabía que los adultos se estaban preparando para un acontecimiento inminente. Su padre llevaba su mejor manto, sujeto con un broche de oro y rubíes, sobre una blusa de seda azafrán. Luc lucía también sus mejores galas: una blusa y pantalones que ya eran demasiado cortos, y unas zapatillas de caballero de punta curvada hacia dentro, demasiado grandes.
Una larga travesía a través de habitaciones invadidas de amargura, y después a las escaleras de fuera. Al cabo de un rato, el pequeño Luc se encontró en una vasta sala de techos altos, a una mesa colocada sobre una plataforma que dominaba dos docenas más de mesas llenas de comensales, señores y damas, cien caballeros vestidos con limpios sobrevestes blancos bordados con un halcón y rosas. A la cabecera de la gran mesa se sentaba su padre, de cabello castaño rojizo, con feroces cejas de un rojo tan oscuro que casi parecía negro. Luc estaba sentado a tres sillas de distancia, a la derecha de su padre.
La silla era demasiado grande para él, apenas podía llegar a la gruesa rebanada de pan que servía de plato y a la copa de plata llena de hipocrás, el mejor vino especiado de la casa. Tomó un sorbo y sonrió. Una familiar sensación de alegría se agitó en su interior al olfatear la comida que empezaba a llegar: anguilas y pescado guisados, carnero asado, liebres a la parrilla con vinagre y cebollas, guisantes al azafrán y un guiso de puerros con jamón, crema y migas. A su lado, Nana cortaba la carne con su cuchillo y lo dejaba sobre el pan de Luc.
– Recuerda que debes comer trocitos pequeños -susurró sobre el sonido de las arpistas-, y masticar con la boca cerrada. Y esta vez, haz el favor de recordar que debes utilizar la cuchara para coger los guisantes y puerros.
Al oír su voz, extraña y familiar al mismo tiempo, levantó la vista. Era una matrona de cabello gris sujeto con trenzas y rizado, contenido dentro de una toca con un largo velo blanco, sujeto con firmeza por debajo de la mandíbula para alzar una doble papada. Su manto era un impresionante brocado de púrpura oscuro sobre lila. «Al infierno el negro -solía decir Nana-. Vestí de viuda durante toda mi juventud. Ahora que solo soy una vieja, haré lo que me dé la gana.» A veces su carácter era duro, pero su corazón era blando como su regordete cuerpo de generoso busto. Y Luc, que compartía su cama y pasaba con ella más tiempo que con sus padres, estaba satisfecho de ser el objeto de su mayor afecto.
– Nana -musitó al ver a su abuela, pero otra voz de la mesa ahogó la suya:
– Hemos de dar ejemplo -dijo el arzobispo. Sus ojos estaban inyectados en sangre; su cara, fofa y redonda-. Hemos de recordar a la gente del Languedoc que la Iglesia ya no tolera ninguna forma de herejía. Y creo que necesitan que se les refresque la memoria. Con tantas enfermedades y las malas cosechas de los últimos tiempos, exigen una razón, alguien a quien culpar. ¿Quién puede negar que tal vez Dios nos está castigando?
»La herejía es como una mala hierba. Se esparce deprisa, con las raíces escondidas. Se pensaba que De Monfort había matado a todos los cátaros y que el rey Felipe el Justo hizo lo propio con todos los templarios. Pero en verdad acechan entre nosotros…
Detrás de Luc, habló una voz en tono casi burlón.
– ¿Los templarios? Pensaba que habían muerto todos o huido a Escocia.
– ¡Tío Edouard! -gritó Luc, y antes de que Nana pudiera agarrarle por la blusa, giró en su silla, casi la volcó y se lanzó en brazos de su tío.
– ¡Uf! ¡Edouard Luc! Creo que este es el último año que podré levantarte -dijo Edouard.
Si la madre de Luc fuera un hombre, sería idéntica a su gemelo Edouard, con los mismos asombrosos ojos color malaquita y hermosas facciones, pero con una mandíbula más cuadrada, cejas más pobladas y cabello dorado veteado de rojo, el color del cobre batido. Edouard devolvió a su sobrino a la silla, y después se giró hacia su cuñado, que se había levantado.
– Seigneur De la Rose -dijo Edouard e hizo una reverencia. Cuando el padre de Luc avanzó sonriente hacia él, añadió-: Paul, ¿cómo estás, hermano?
– Bien -contestó Paul, cuando ambos se abrazaron con afecto.
Luego Edouard retrocedió y buscó una respuesta en los ojos de su cuñado, claramente negativa, porque los ojos de Paul eran evasivos. Un oscuro destello de decepción cruzó la cara de Edouard. Se sentó.