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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Esbozó una sonrisa radiante y continuó su camino. Mientras Azhar no le hiciera una pregunta directa sobre la palabra «agente», sabía que no tendría que explicarle cómo había terminado unida a su nombre. Deseaba soslayar esa explicación, indefinidamente si estaba en su mano, porque dar explicaciones a Azhar conllevaba el riesgo de herirle. Y por motivos sobre los cuales ni siquiera se atrevía a especular, herir a Azhar le resultaba impensable.

En la escalera de Scotland Yard, Barbara se esforzó por apartar a sus vecinos de su mente. Al fin y al cabo, eso es lo que eran al final del día: un hombre y una niña a los que había conocido por casualidad.

Consultó su reloj: las diez y media. Gruñó. La idea de estar mirando seis u ocho horas más la pantalla de un ordenador era muy poco estimulante. Tenía que haber un modo mucho más económico de desentrañar la historia profesional del inspector Maiden. Barajó varias posibilidades y decidió probar la más factible.

Mientras examinaba los archivos, se había topado con el mismo nombre una y otra vez: IJD Dennis Hextell, con quien Maiden había trabajado en la policía secreta. Si podía localizar a Hextell, pensó, tal vez le proporcionaría una pista más consistente de la que obtendría después de leer veinte años de archivos. Esa era la clave, decidió: Hextell. Fue en su busca.

Resultó más fácil de lo previsto. Una llamada telefónica al SO10 le informó de que Hextell trabajaba todavía en el departamento, aunque ahora, como superintendente jefe de detectives, dirigía las operaciones en lugar de ejecutarlas en la calle.

Barbara le encontró sentado a una mesita de la cafetería de la cuarta planta. Se presentó y preguntó si podía acompañarle. El SJD levantó la vista de unas fotografías. Barbara vio que su rostro no estaba tanto arrugado como estragado, y la gravedad había hecho mella en sus músculos. Los años no le habían tratado nada bien.

El superintendente jefe juntó sus fotografías y no contestó.

– Estoy trabajando en el caso Maiden de Derbyshire, señor. La hija de Andy Maiden. Usted formó equipo con él, ¿verdad?

Obtuvo una respuesta:

– Siéntese.

Podía aguantar a las personas de pocas palabras. Barbara obedeció. Había ido a buscar una Coca-Cola y un donut a la barra, y los dejó sobre la mesa delante de ella.

– Eso le hará cisco los dientes -indicó Hextell.

– Soy una víctima de mis adicciones.

El hombre gruñó.

– ¿Es su avión? -preguntó Barbara, señalando una foto. Plasmaba un biplano amarillo de los de la Primera Guerra Mundial, cuando los aviadores utilizaban cascos de cuero y bufandas blancas.

– Uno de ellos. Es el que utilizo para las acrobacias aéreas.

– ¿Es piloto de acrobacia?

– Vuelo.

– Ah, claro. Ha de ser maravilloso. -Barbara se preguntó si los años de policía secreta eran los causantes de su locuacidad. Se lanzó a explicarle el motivo por el que había ido a verle: ¿algún caso, alguna operación le parecía de una importancia relevante en la historia de su colaboración con Andy Maiden?-. Pensamos en la venganza como posible móvil del asesinato de la chica, alguien a quien usted y Maiden pusieron fuera de la circulación, alguien que deseara desquitarse. Maiden está intentando recordar algún nombre en Derbyshire, y yo he estado examinando los archivos toda la mañana en el ordenador, pero no he encontrado nada que me inspirara.

Hextell empezó a separar las fotos. Al parecer, se atenía a un sistema, pero Barbara no pudo averiguar cuál era, porque todas las fotos eran del mismo avión, aunque desde ángulos diferentes: el fuselaje aquí, las aletas allí, el extremo del ala, el motor y la cola. Cuando las hubo arreglado a su entera satisfacción, sacó una lupa de la chaqueta y empezó a estudiar las fotografías de una en una.

– Podría ser cualquiera. Nos codeamos con bazofia de primera. Camellos, yonquis, macarras, traficantes de armas, lo que usted quiera. Cualquiera de ellos habría atravesado el país a pie para liquidarnos.

– Pero ¿no le viene ningún nombre a la mente?

– He sobrevivido gracias a olvidar los nombres. Andy era el que no podía.

– ¿Sobrevivir?

– Olvidar.

Hextell separó una fotografía del resto. Plasmaba el avión de frente, con el fuselaje cortado por el ángulo. Aplicó la lupa a cada milímetro del aparato, como un joyero que examinara un diamante.

– ¿Por eso lo dejó? Me han dicho que le concedieron la jubilación anticipada.

Hextell levantó la vista.

– ¿A quién están investigando en realidad?

Barbara se apresuró a tranquilizarle.

– Solo intento ponerme en la piel de ese hombre. Si puede decirme algo que nos ayude… -«Sería fantástico», anunció su ademán, y dedicó su entusiasmo al resto del donut.

El hombre dejó la lupa sobre la mesa y enlazó las manos.

– A Andy le diagnosticaron la incapacidad permanente absoluta. Estaba perdiendo los nervios.

– ¿Problemas mentales?

Hextell resopló.

– No he hablado de problemas mentales, tía. Nervios. Nervios de verdad. Primero el sentido del olfato. Después, el sabor, y a continuación el tacto. Lo llevaba bien, pero luego le afectó a la vista. Y ahí acabó todo. Tuvo que largarse.

– Puta mierda. ¿Se quedó ciego?

– No cabe duda de que así habría sido, pero en cuanto se jubiló lo recuperó todo. El tacto, la visión, todo.

– ¿Qué le pasó?

Hextell la miró fijamente antes de contestar. Luego, levantó los dedos índice y medio y se dio unos golpecitos en la cabeza.

– No podía aguantar el rollo. Es el trabajo de policía secreta. Yo perdí cuatro matrimonios. Él perdió los nervios. Hay cosas que no pueden sustituirse.

– ¿No tenía problemas con su mujer?

– Ya se lo he dicho. Era el rollo. Algunos llevan bien lo de adoptar identidades supuestas. Pero no era así en el caso de Andy. Las mentiras que tenía que decir… Guardar silencio sobre un caso hasta que había terminado era demasiado para él.

– ¿De modo que no hubo un caso, un caso muy importante, que le costara más que los otros?

– Lo ignoro -concluyó Hextell-. Como ya he dicho, los he olvidado. Si lo hubo, no me acuerdo.

Con esa clase de memoria, Hextell habría sido un regalo envenenado para los fiscales de la corona en sus días de gloria, pero Barbara intuyó que a él le daba igual que los fiscales le consideraran útil o no. Engulló el resto del donut con un sorbo de Coca-Cola.

– Gracias por su tiempo -dijo, y añadió en un gesto de cordialidad-: Parece divertido. -Y señaló el biplano.

Hextell levantó la foto, sosteniéndola con el índice y el pulgar para no mancharla.

– Tan solo otra manera de morir -dijo.

Puta mierda, pensó Barbara. Lo que llega a hacer la gente para sacarse el trabajo de la cabeza.

Sin haber avanzado nada hacia el nombre que buscaba, pero más informada sobre los peligros que prometía una larga carrera en la policía, volvió al ordenador. Acababa de entrar de nuevo en el historial de Andy Maiden cuando una llamada telefónica la interrumpió.

– Se trata de Cole. -La voz de Winston Nkata llegó por una línea saturada de estática-. La madre echó un vistazo al cadáver y dijo «Sí, es mi Terry», salió de la habitación como si fuese a ir a la tienda de la esquina y cayó al suelo. Pensamos que había sufrido un infarto, pero acaban de examinarla. Tuvieron que sedarla en cuanto recobró el conocimiento. Está conmocionada.

– Joder -dijo Barbara.

– Estaba colgada de ese tío. Me recuerda a mi madre.

– Ya. -Barbara no pudo evitar pensar en su madre. «Colgada» no era la palabra precisa para describir un comportamiento materno-. Lo siento y todo eso. ¿La acompañarás a casa?

– Llegaremos hacia media tarde, supongo. Hemos parado a tomar café. Está en el lavabo. -Ah.

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