En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
– Lamento comprobar que su estado es tan lamentable como el de mi pobre escriba -dijo con tristeza-. De todos modos, nadie más ha caído enfermo, loado sea Dios. -Calló mientras ambos miraban a Charles, tumbado contra las almohadas con rostro ceniciento e inmóvil-. Es duro verles sufrir tanto. Hemos de rezar, hermano. Hemos de rezar con el corazón.
Apoyó una mano en el hombro de Michel.
– Al menos, no está peor que anoche -dijo Michel, aunque el aspecto de Charles no había mejorado. Era imposible adivinar si estaba reuniendo fuerzas o agonizando, porque continuaba inmóvil como una piedra e igual de gris. Solo el lento movimiento de su pecho al respirar le distinguía de un cadáver.
Al cabo de una pausa, Thomas se volvió hacia él.
– La abadesa. ¿Ha ido bien hoy?
Michel bajó la vista. En verdad, había sido desastroso. Su historia le había intrigado y fascinado, sobre todo el relato de su iniciación. Solo después de abandonar su celda comprendió que, según las prescripciones de la Iglesia, había sido un ritual satánico, y ella había confesado sin ambages que su destino era realizar magia sexual con su «señor».
No obstante, se había conmovido cuando ella narró la muerte de su abuela. Conocía demasiado bien el sufrimiento de la anciana, fuera o no hereje, y estaba claro que Sybille, o sea, la abadesa, la había querido de corazón y aún sentía un gran dolor.
El carcelero llegó para anunciarle que había anochecido y que el padre Thomas se había marchado mucho rato antes. Michel había resumido con rapidez a la abadesa la esencia de su herejía, y la había urgido a arrepentirse y aceptar a Cristo. Ella le había contestado con silencio.
Silencio y aquella mirada magnética.
Luego había insistido en que al día siguiente hablaría de su «Amado». Michel se había negado de nuevo, indicando que la investigación giraba en torno a ella, y a nadie más, y que solo quedaba tiempo para oír su historia.
Ella se había refugiado en el silencio una vez más.
Incluso ahora experimentaba la misma extraña mezcla de fascinación e irritación, al recordar con qué inocencia se había referido al «viejo caballero» en su visión. Tal vez sus orígenes fueran campesinos, pero era de Tolosa, donde todo el mundo conocía a los caballeros templarios. Le había llamado «Jacques». Seguramente habría oído hablar del jefe de la orden martirizado, Jacques de Molay.
Lo cual sugería que la orden todavía existía, y que la abadesa se había puesto en contacto con ella, pues los templarios habían practicado la magia más depravada y abominable. O al menos eso había proclamado el rey Felipe el Justo un siglo antes, y por consiguiente la orden había sido disuelta, y De Molay (y muchos otros que no habían logrado escapar a tiempo del país) ejecutado en la hoguera.
Y cuando había incluido en su historia al anciano caudillo de corona dorada… Oso. Artos. Arturo… También había un grupo de caballeros en esa leyenda.
Locura en el mejor de los casos, blasfemia en el peor. De todos modos, no podía por menos que encontrar intrigante la historia…
Con repentina desazón, censuró esa línea de pensamiento. Al menos, su historia plasmaba a una mujer de noble carácter y buen corazón, por no hablar de una determinación que le había permitido pasar de sierva a poderosa abadesa. Le recordaba mucho al mal aconsejado Saulo, un alma bienintencionada que dedicó la primera parte de su vida a perseguir cristianos con gran celo.
¿Quién podía afirmar que no se convertiría y llegaría a ser otro san Pablo, una gran fuerza del bien dentro de la Iglesia?
– No puedo decir cómo fue -dijo a Thomas, eligiendo las palabras con cautela-. Lo que la abadesa me dice no es tanto una confesión como una fantasía, pero ha admitido que no es cristiana. -No mencionó que su intención era utilizar esa admisión para demostrar que no era relapsae.
El padre Thomas palmeó el brazo de Michel con gesto tranquilizador.
– Continuad vuestra buena obra, Michel. Si ella considera que puede confiar en vos, a la larga revelará lo que asegurará su condena. Sabía que hacía bien al depositar mi confianza en vos. -Hizo una pausa-. Rigaud también me dijo que el cardenal Chrétien viene hacia aquí.
– ¿De veras?
Michel frunció el ceño. Se trataba de algo inusitado. Técnicamente, como jefe de la Inquisición, Chrétien podía tomar el control de cualquier procedimiento, y era el cardenal que había presidido la detención de la madre Marie. No obstante, la costumbre dictaba que el obispo local debía responsabilizarse del asunto: Rigaud, que afirmaba seguir los dictados de Chrétien.
Thomas asintió con semblante sombrío.
– Llegará pasado mañana. Está… muy preocupado por la enfermedad del padre Charles y desea que el caso de la madre Marie Françoise se lleve con la mayor corrección. Las ejecuciones han de tener lugar el día posterior a su llegada.
– ¿Las ejecuciones? -repitió Michel, anonadado-. Thomas, no creeréis la afirmación de Rigaud en el sentido de que mi padre ya ha decidido la suerte de la abadesa. Yo estaba en el estrado antes de las ejecuciones. Vi lo que hizo al prisionero. ¿Cómo puede decir alguien que fue obra de Dios o del diablo?
Una expresión de desagrado se dibujó en las facciones de Thomas.
– Sois mucho más idiota de lo que pensaba. ¿Cómo es posible que Chrétien os haya educado y sigáis siendo tan ingenuo en lo concerniente a las maquinaciones políticas de la Iglesia? -Hizo una pausa-. Recuerda que el mismísimo Papa fue amenazado, y eso…
– Eso aún hay que demostrarlo -replicó Michel, pero antes de que pudiera terminar la frase Thomas alzó la voz y ahogó las últimas palabras del monje.
– Haréis lo que se ha ordenado y la declararéis culpable.
Siguió un largo y tenso silencio, al final del cual Michel bajó la vista, con su habitual y reticente humildad.
– Procuraré trabajar con la mayor presteza -dijo. Y rezaré para que no haya ejecuciones…, pensó.
Cuando cayó la noche, se presentó el padre André, y debido a su insistencia Michel se vio obligado a quedarse en el cuarto de invitados contiguo al del padre Charles, más cómodo que las celdas de los monjes. La falta de sueño de la noche anterior y las tensiones del día habían eliminado toda resistencia a la comodidad. Cuando Michel se tumbó sobre el suave colchón de plumas y la mullida almohada, cayó dormido al instante. Y mientras dormía, soñó…
Su mejilla estaba apoyada contra un hombro firme, cubierto de lana y que olía a moho, y tenía la cara vuelta hacia un cuello bronceado y nervudo al que aferraba con manos pequeñas, manos infantiles. Aspiró un olor curiosamente familiar a sudor, cabello recalentado por el sol y caballos. Brazos fuertes le llevaron en volandas por un espacioso pasillo de piedra, con las paredes cubiertas de tapices ribeteados de oro.
Les precedía un sirviente armado con una espada que colgaba de su cinto. De repente, el sirviente se detuvo ante una puerta alta y arqueada de madera, chapada de hierro negro, y levantó un pesado pestillo de madera. Cuando la puerta se abrió, entró e indicó al hombre que sostenía al niño que entrara.
Dentro aguardaba una dama de compañía arrodillada, con la cabeza tan gacha, cubierta con una toca de seda, que no se le podía ver la cara. La habitación estaba amueblada con enormes sillas y una gran mesa, varios candelabros de plata, almohadones de terciopelo escarlata y más tapices.
Dos arcadas conducían a otras estancias, pero los hombres no estaban interesados en ellas. El que sostenía al niño se rezagó, mientras el sirviente desenvainaba la espada y abría con cautela una puerta pequeña que acaso daba acceso a un gabinete. Entró con paso vacilante e indicó a los demás que le siguieran.
Cosa sorprendente, la habitación era más grande que la anterior, de paredes encaladas, revestidas de madera y pintadas en delicados tonos rosa. Una pared entera estaba cubierta con madejas de hilo grueso, en tonos escarlata, azafrán, añil y verde bosque. En una esquina se alzaba un enorme telar, con un tapiz a medio terminar: mujeres que cogían naranjas de un árbol. El olor, aparte de un tenue aroma vegetal procedente de los tintes, era maravilloso. El suelo de piedra estaba sembrado de lavanda, poleo, romero y los pétalos caídos de jarrones con rosas rojas y blancas.