Diosa Por Elección
- Автор: Каст Филис Кристина
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
Mi voz sonó extraña. No salió de mis labios, sino que resonó desde las ramas superiores del árbol. La fuerza verde se multiplicó por diez.
Después, pensé en la descripción que había hecho Clint de mi aura y la visualicé. Era plateada, brillante, como una luna llena… La mezclé con el calor verde de los árboles y la lancé hacia la noche, en busca de su imagen gemela.
De repente, las luces de una ciudad iluminaron el cielo, y la sonda de poder bajó directamente y atravesó los cristales de un altísimo rascacielos. Llegó a una habitación lujosa, iluminada por docenas de candelabros dorados. Yo saqué más poder de los árboles y me quedé sin aliento al ver una figura femenina elegantemente reclinada sobre un diván. Junto a ella había un hombre de pelo gris que me resultaba familiar. Sin embargo, no le presté atención a él. Me atrajo la mujer. Estaba de espaldas a mi sonda de poder; su pelo rojizo y rizado caía por sus hombros en un desorden conocido para mí. La sonda se acercó a ella, y el aura plateada de la mujer comenzó a brillar.
Rhiannon soltó un silbido entre dientes y se puso en pie con un movimiento ágil. Llevaba un vestido de seda dorado que se le ceñía seductoramente al cuerpo, y que dejaba muy poco a la imaginación.
Era yo. Por un instante me falló la concentración, y noté que mi sonda de poder vacilaba.
El hombre que estaba a su lado comenzó a hablar, pero ella le escupió una sola palabra:
– ¡Silencio!
Después, se concentró en la sonda, que latía sólo para sus ojos.
– ¿Eres tú, usurpadora? ¿Qué significa esta intrusión?
Mi voz. Tenía mi voz. De nuevo, mi concentración se debilitó.
Y ella se echó a reír.
– ¿Es demasiado difícil para ti? Sí, debe de ser inquietante ver lo mucho que se puede hacer con conocimiento y poder, y no ser capaz de hacerlo por una misma.
Extendió los brazos para abarcar la opulencia de aquella habitación. Su voz era provocativa. Era como yo cuando me comportaba de manera sarcástica.
Era como yo, sólo que consentida, egoísta, e inmoral.
Sonreí y sentí de nuevo el poder. Sabía perfectamente lo que tenía que decirle.
– En realidad, sólo quería ser amable y darte las gracias por el regalo que me dejaste -mi voz flotó a su alrededor como si fuera una presencia tangible en la habitación. El hombre pestañeó de asombro.
– No te he dejado nada de utilidad en ninguno de los dos mundos, idiota.
– ¿De veras? He encontrado muchos usos para Clint. Casi tantos como los que él ha encontrado para mí.
– ¡Mentira! -chilló ella.
– Ven a comprobarlo por ti misma. Es evidente que me ha elegido a mí…
Tiré de la sonda para recuperar el poder, pero dejé que el sonido de mi risa permaneciera en la habitación como el humo.
Y, de repente, estaba de vuelta. Me percaté de que tenía los pies helados. Miré a mi alrededor y vi que Clint me observaba con expresión de curiosidad.
– ¡Bingo! -exclamé, y le di unas palmaditas al tronco del árbol-. Gracias, pequeño. Y gracias, hermanos.
«¡Siempre serviremos a Epona!», me respondieron.
Me puse los guantes y tomé a Clint de la mano.
– Volvamos a la habitación antes de que alguien nos vea aquí hablando con los árboles y llame a los loqueros -dije.
Clint se rió. Cuando llegamos a la habitación, comenzó a hacerme preguntas.
– ¿Qué le has dicho para que se enfadara tanto?
– ¿Te importaría que te lo contara todo después de darme una ducha? De repente, estoy helada -le dije. Me había puesto a temblar, y tenía la sensación de que mis labios estaban azules.
Las preguntas de Clint se convirtieron inmediatamente en cuidados hacia mí.
– Te dije que no te agotaras -me dijo, empujándome hacia el baño-. Voy a llamar para que suban más mantas.
Asentí, cerré la puerta del baño y me desnudé. Al mirarme en el espejo, me quedé espantada. Tenía muy mala cara, los ojos enrojecidos y unas profundas ojeras. Además, había adelgazado mucho. ¡Se me notaban las costillas! Lo único que me había aumentado de todo el cuerpo eran los pechos y el vientre, donde tenía un pequeño abultamiento. Me lo acaricié con suavidad.
– ¿En qué estás pensando ahí dentro, pequeñina? -susurré.
De repente, Clint llamó con tanta fuerza a la puerta del baño que me sobresalté del susto.
– ¿Shannon? ¿Estás bien? No oigo correr el agua.
– Eso es porque todavía no he empezado a ducharme -respondí.
Intenté que mi voz sonara dulce, al recordar el chillido tan desagradable de Rhiannon, pero creo que terminé con un gruñido. Aunque Clint no debió de darse cuenta.
– He conseguido mantas extra y he pedido té. Además los he convencido para que nos subieran un par de albornoces muy bonitos. Aquí tienes.
Yo abrí unos ojos como platos al ver que giraba el pomo de la puerta. Tuve el tiempo justo para tomar la toalla grande y sujetarla delante de mí cuando Clint asomó la cabeza por la puerta.
– ¡Demonios! ¡Podías haber llamado!
Él se quedó sorprendido ante mi desnudez. De verdad, los hombres son muy espesos.
– Aquí tienes -me dijo, y me tendió un albornoz blanco y grueso. Después cerró la puerta como si yo fuera el diablo.
¿Acaso tenía tan mal aspecto?
Eso parecía.
Después de darme una ducha caliente y larga, me lavé los dientes y salí envuelta en el albornoz, con el pelo recogido en una toalla, como si llevara un turbante.
Clint estaba viendo el canal del tiempo, y dio un respingo cuando yo aparecí, envuelta en vapor.
– Espero que te quede agua caliente -dije, ignorando su forma tan nerviosa de comportarse.
Emitió un gruñido suave y entró en el baño.
Yo puse los ojos en blanco y agité la cabeza mirando la puerta. Hombres.
Me tendí en la cama y me tapé con las mantas. Después cambié de canal hasta que encontré una película de John Wayne. Estaba viéndola con deleite cuando Clint salió del baño. Lo miré; el albornoz subrayaba la anchura de sus hombros. Tenía el pelo mojado y adorablemente revuelto. Sin embargo, él no me estaba mirando a mí. Su atención estaba fija en la televisión. Típico masculino.
– ¿Una película de John Wayne?
– Sí.
– Creo que ésta no la he visto.
– ¿En serio? Es una de mis favoritas -respondí, dando unos golpecitos en el colchón, a mi lado-. Ha empezado hace poco, así que te pondré al corriente -añadí. Después, vacilé-: Te gusta John Wayne, ¿verdad?
– Por tu tono de voz, deduzco que sólo hay una respuesta para esa pregunta.
– Sólo una respuesta correcta, sí.
– Mi niña, John Wayne es un icono americano -dijo él, con la mano sobre el corazón y una actitud de reverencia.
– Respuesta correcta, coronel Freeman. Siéntate.
Le expliqué rápidamente el argumento. Me alegraba de que él ya no se comportara con tanta timidez, y además, siempre me siento bien cuando veo una de las películas de John Wayne, mi héroe, aunque aquélla fuera una de las pocas en las que muere.
Sin embargo, no conseguí mantener los ojos abiertos durante mucho tiempo. Al cabo de un rato, oí la voz grave de Clint:
– Duérmete, Shannon. Te compraré la película para que puedas verla más adelante.
Yo sonreí. Tuve ganas de reírme y de recordarle que en Partholon no hay DVDs, pero me quedé dormida y me sumí en la calidez de la inconsciencia.
Capítulo 11
Hugh Jackman y yo estábamos tumbados en un prado de lavanda. Yo tenía la cabeza en el regazo de Lobezno, y él me estaba peinando suavemente los rizos con las cuchillas metálicas de sus manos, mientras me explicaba por qué nunca le interesaban las mujeres de menos de treinta y cinco años. Yo estaba riéndome, cuando abrí los ojos y me vi flotando sobre Oklahoma. Estaba rodeada por gruesos copos que caían al suelo niveo. Entonces, comencé a moverme.